Otra batalla más

Ensangrentado, alzaba su espada una y otra vez, era incansable su furia. Esa no era su primera batalla y bien sabía la diosa Aireine que tampoco sería la última. Blandía su espada de tal manera que sus enemigos caían muertos al primer golpe.

– ¿Es que jamás sacias tu sed de sangre? – Rühsh jamás olvidaría esa pregunta, la que le hiciera antaño su padre adoptivo Zorth, antiguo rey de Airreon, al comprobar que tras La Batalla de Las Dos Coronas, justo al siguiente día de finalizar, Rühsh partía hacia las Colinas de Meidún, a luchar en una batalla que tan siquiera le concernía, ni a él ni a los de su pueblo. Mientras mataba, mientras aniquilaba a sus enemigos, no olvidaba la pregunta de su padre. Ya habían pasado dos lunas desde el inicio de la batalla por Sahíria, uno de los numerosos territorios  que el actual rey de Airreon, Rühsh, hijo de Zorth, pretendía tomar por la fuerza.

– ¡Aguantad! ¡No bajéis la guardia, ya son menos que hace unos tercios de luna! ¡Que no quede ni uno en pie! – Rugía Rühsh al batallón que le acompañaba. La principal característica de los airrenos es su incansable fuerza, una fuerza por encima de todas las de los demás, esa era la esencia verdadera de los airrenos, el carácter que los distinguía de todas las demás razas. Empapado en la sangre de sus enemigos, Rühsh observó por unos instantes el cielo negro que se alzaba sobre él. No había ni una sola estrella que adornara la noche, no como aquellos cielos estrellados, los cuales siempre, testigos, presenciaban las guerras de los airrenos. Rühsh sólo divisaba la pálida luna que con su cara más triste, observaba impasible la carnicería que se estaba llevando a cabo. Rühsh lo interpretaba como un mal augurio, pero nada podía cambiar lo acontecido, tenía que acabar lo que había empezado.

Algo se clavó en la pierna del último rey de Airreon, Rühsh comprobó que una flecha le había atravesado el muslo izquierdo. Sin vacilar, apretó los dientes y se desgarró de la carne aquella flecha hecha con la madera negra que propiciaban los singulares árboles de Sahíria. Rühsh vio al tirador, agazapado tras unos matojos, que intentaba con manos temblorosas colocar otra negra flecha en el gran arco que sujetaba. Sin que le diera tiempo a ello, Rühsh sin contemplación alguna, clavó hasta la empuñadura su larga y afilada espada en el corazón de aquél sahiriano. Tal fue la fuerza de la estocada que hasta le costó trabajo sacar la espada del destrozado pecho de su víctima. Le había roto todas las costillas y a poco no le había partido en dos. Fue entonces cuando el cuerpo despedazado del enemigo cayó despeñado hacia abajo. En la caída, el cuerpo sin vida quedó en una posición indigna para cualquier guerrero. El casco se había salido rodando por la serpenteante y empinada ladera dejando ver así el rostro del enemigo.

No era más que un niño, no tendría más de catorce años. Rühsh se giró, quería dejar de ver semejante imagen e instintivamente se dio la vuelta. Pero a pesar de lo que veía de frente, cantidad de cuerpos sin vida en los pastos, el silbar de las flechas y las sonoras estocadas de los guerreros de Airreon que debilitaban al enemigo, a pesar de ver cómo la batalla había acabado en victoria para éstos, Rühsh notaba su sangre arder, la imagen de ese niño muerto brotaba a cada paso, por cada movimiento y por cada suspiro. Sabía que lamentaba la muerte de ese chico y aunque lo sintiera, nada ni nadie le pararía.

Mientras se dirigía hacia el centro de la batalla, donde apenas unos pocos sahirianos quedaban en pie, iba atravesando y decapitando a todos aquellos que se le cruzaban de los cuales, algunos huían en un intento inútil de salvar la vida. El último que aún respiraba y se mantenía en pie, debía tener alrededor de unos cincuenta años, era de complexión fuerte, afilada barba y una larga melena roja, como así tenían el cabello los hijos de Sahiria. Portaba dos afiladas espadas ya bastante melladas por el largo combate.

– ¡No eres digno de ser quien eres! ¡Eres la vergüenza de tu raza! – proclamó aquél sahiriano.

– ¡No pretendo ser digno hijo de un hombre débil! – contestó Rühsh a la vez que se abalanzaba sobre aquél sahiriano propiciándole con fuerza una estocada desde arriba. El hombre de la larga melena roja, cruzó sus espadas frenando el ataque y propinándole una patada a Rühsh en el estómago al mismo tiempo que dirigía su espada hacia su cabeza. Dos airrenos se acercaron pero su rey les detuvo con la mirada, no permitiría que nadie le ayudara y menos en un combate a uno contra uno.

Rühsh volvió a atacar, pero todos sus movimientos tenían respuesta por parte de aquel duro enemigo. Jadeante, el rey de Airreon corrió hacia su oponente, alzó su espada para realizar otro ataque desde arriba y, cuando el de Sahiria se disponía a cruzar sus espadas, Rühsh, en un movimiento tan rápido que ni el propio sahiriano pudo percibir, blandió su pesada espada seccionándole así la pierna derecha a su enemigo, que cayó de bruces contra el suelo. Allí, tendido y con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, el sahiriano miraba fijamente al hombre que estaba a punto de quitarle la vida. Más guerreros de Airreon se acercaron a contemplar esa escena. El primer sol estaba a punto de asomar.

– ¡Jamás os libraréis de nuestras sombras! ¡Mis hijos serán testigos de tu muerte, airreno! – profirió el hombre de pelo rojo.

Fue entonces cuando Rühsh se acercó más a él y, mientras alzaba su espada a la altura del pecho de aquél hombre, mirando a sus guerreros allí presentes, exclamó a viva voz:

– ¡No! ¡Serán nuestros hijos los que sean testigos de cómo toda Sahiria es destruida! ¡Serán testigos de la extinción de todos los sahirianos! – Fue en ese entonces cuando Rühsh hundió su espada en el corazón de su enemigo y la sangre le salpicó en la cara. El último rey de Airreon levantó la mirada y la dirigió al primer sol que inocente de lo sucedido asomaba por el Norte.

– ¿Es que jamás sacias tu sed de sangre? – la pregunta de su padre le volvía una vez más a la cabeza.

Álvaro Rojas

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6 comentarios

  1. Te imagino ahí Álvaro, escribiendo este pedazo relato épico y sangriento, espadazos, pim pam, pim pam y, de fondo, esas melodías de AOR de voz melosa en plan: “teeeeeeik miiiiii to mayik of de momeeeen, nananaaaaaa güins of cheeeiiiiins”. Menudo contraste, jajajaja.

    20 julio, 2011 a las 19:14

  2. jajajajajajajajajaja :-D ¡Qué risa!

    Que no hombre que no, que también tengo mis momentos jeviatas, ¿has escuchado el último disco que reseñé aquí? Toma anda, a ver que me dices de este…

    http://anhelarium.com/2011/06/21/el-disco-debut-de-starbreaker-2005-heavy-metal-de-gran-calidad/

    ¡Un abrazo colega! ;-)

    20 julio, 2011 a las 19:25

  3. Genial el relato, extiende la historia… Esto no puede quedar en una sola batalla, debería ser el comienzo de alguna novela, o un breve capítulo de algo más grande :D

    Qué bueno lo del comentario de Full Norbert… JAJA :D Tremendo…

    De todas formas Wind Of Change es un mito indestructible de la historia de la música, aunque no “pegue” en esta ocasión.

    Saludos.

    21 julio, 2011 a las 4:03

  4. ¡Muchas gracias Rubén! Creo que podría haber quedado mucho mejor, pero ten en cuenta que esta pequeña historia la escribí en un arrebato a las cinco de la madrugada, ya no podía más con el sueño, y caí rendido. Me gustaría escribir un libro en un futuro no muy lejano, así que espero tener el tiempo necesario, porque ganas e ilusión, tengo muchas.

    21 julio, 2011 a las 12:23

  5. alberto

    que guapo alvaro, sigue esta historia killo no la dejes, kiero ver mas veces como ruhsh destripa a mas adolescdntes jajajaja

    16 agosto, 2011 a las 19:19

  6. ¡jajajajaja! Supongo que habrá alguna batallita más :-D

    17 agosto, 2011 a las 17:21

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