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Equinoccio de primavera

Los mejores momentos, los más vivos recuerdos, tienen como telón de fondo una bonita primavera.

Muy buena Semana Santa a todos, y feliz equinoccio de primavera. Ya se la echaba de menos. Os quiero.

Playa de La Muralla, El Puerto de Santa María (Cádiz)


Prima Vera

Albatros. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Albatros. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Me preguntaba el otro día camino a la Universidad, cual es el motivo de mi felicidad cuando llega este tiempo. El porqué de tanto optimismo. Bueno, es lógico pensar que a todo el mundo le agrada la llegada de la primavera, es sinónimo de buen tiempo, llega la luz y el color a nuestros días. A todo el mundo le complace que los días sean más largos, decir adiós al frío y salir a la calle con poca ropa. La llegada de la primavera es señal de que el curso está acabando y las vacaciones de verano están a la vuelta de la esquina. Pero en mi opinión es mucho más que eso. A ello añado la carga emotiva, los buenos recuerdos. Sin dudarlo, en mi vida, mis mejores momentos siempre han tenido lugar a partir de estas fechas. Pero añado más. Recuerdo cuando era pequeño y estaba en primaria. Rememoro con mucha ternura cuando, siempre a comienzos de la tercera evaluación, cuando ya le habíamos dado la bienvenida a la primavera –y más adelante os contaré cómo lo hacíamos–, el colegio siempre organizaba excursiones varias y todo tipo de actividades extraescolares. Como la mayoría de los colegios hacen, supongo. Las excursiones siempre eran las mismas, todos los años a los mismos sitios. Eso nos daba igual. Porque cuando estabas en clase y el profesor anunciaba la oportuna excursión, todos nos poníamos locos de contento. Y la noche antes de la misma, me acuerdo de esos nervios por saber que al día siguiente no teníamos clase, sino que teníamos todo un largo día por delante para disfrutar con los compañeros. Esos días eran los únicos en los que no me incordiaba madrugar, es más, me levantaba el primero.

Pero había algo que igualmente repetíamos cada año y eran las guerras de globos de agua. Esa era nuestra peculiar manera de dar la bienvenida a la primavera. Nuestro profesor, ese al que llamábamos El Piru, era el encargado de citarnos a todos a mediodía en el patio del colegio y de darnos a cada uno una considerable munición de globos que ya nos encargábamos nosotros de llenar en los grifos de cada una de las fuentes. Acabábamos empapados, pero con una risa imborrable en nuestros rostros de niño. Quizá sea ese el motivo por el que al llegar este tiempo me siento tan vivificado, tan ilusionado. Asocio la primavera a lo mejor de esta vida. ¡Ni que en invierno estuviera triste! ¡Para nada! Pero para mí es inevitable y es una de las sensaciones más gratificantes. Podría enumerar todos los recuerdos y cosas que asocio a este tiempo. Escribiría pues durante horas.

Los últimos exámenes, los partidos de futbol hasta bien entrada la tarde, las nuevas camisetas de manga corta, los primeros baños en nuestra piscina. Todo conformaba el preámbulo del buen verano que estaba por llegar. Son tantas y tantas las cosas que a la llegada de la primavera me marcaban de pequeño… Todo era entusiasmo para mí. Y lo sigue siendo. Nada ha cambiado. Sigo siendo aquel niño que al levantarse cada día, cuando no ve la noche oscura que dejó atrás al meterse en la cama y cerrar los ojos, sino que ve un radiante amanecer, se le enciende el espíritu. Son días de nostalgia y de rebosante energía. Un tiempo que me resulta balsámico, que me alienta a dar lo mejor de mí, pues lo mejor está por llegar.

Bienvenida seas, brillante primavera, una vez más.


Comienza mi etapa favorita del año

Como ya hiciera el año pasado por estas fechas, desde Anhelarium, quiero darle la bienvenida, y con los brazos bien abiertos, a la primavera, mi etapa favorita del año. Tal es así, que lo ideal para mí sería vivir en una eterna primavera, una primavera perpetua en la cual pueda disfrutar todos los días de esos espirituales amaneceres y nostálgicos  atardeceres que sólo el buen tiempo de la primavera y el verano nos puede regalar.  Pero aquí, como ya hiciera en el anterior artículo, tengo que puntualizar mi bipolarismo con respecto al verano. Me encanta el verano, la playa,  el no tener que estudiar y tener todo el tiempo del mundo para uno mismo, pero el calor, el abrasante calor que uno sufre en los meses de julio y agosto es cuanto menos, angustioso. Todo lo contrario en primavera. Ni frío ni calor, el tiempo perfecto. Puedes ir a la playa en cazadora vaquera, darte unos chapuzones y volvértela a poner, no pasa nada, sigues igual de bien. Además, yo nací en primavera, concretamente un veinte de mayo de hace ya, casi veinticinco años.

Pero para mí, la diferencia de temperatura no es lo más importante. Lo verdaderamente significativo para mí, es que tras pasar meses de frío, lluvia,  y grisáceos días, regresa una vez más el color, el buen tiempo, y con él, el ánimo, la luz, la alegría y las ganas de regar todos tus sentidos de valiosas sensaciones que sólo el buen contemplador (algo de lo que hablaré en breve en esta página) sabe distinguir y apreciar.

¡Bienvenida seas otro año más preciosa!