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Cuando el curso estaba a punto de acabar

Esta es la última semana de cole para los niños, además este viernes muchos tendrán la ansiada fiesta de fin de curso, en las que se suelen programar pequeños torneos de fútbol, actuaciones de baile, música y muchas chucherías y refrescos, todo para celebrar por todo lo alto que terminan esos largos nueve meses de colegio y que llega la mejor época del año, las vacaciones de verano. Recuerdo estos días con mucho cariño. Y quién no, claro. Yo ya comenzaba a entusiasmarme semanas antes de que llegara la fiesta de fin de curso. Era llegar el mes de mayo y sentir los ecos del verano en mi interior. El simple hecho de despertarme por las mañana para ir al cole y ver cómo el sol ya brillaba radiante antes de que me quitara las legañas de los ojos ya me hacía emocionarme. Ya me sentía distinto. Como simple también era le hecho de salir a la calle en mangas cortas. Después de tantos meses de abrigo y jerséis, me encantaba percibir esa sensación de salir a la calle en camisetas de manga corta. Yo, tanto la primaria como la secundaria, la hice en colegios privados donde teníamos que ir uniformados. En ambos colegios habían uniformes de invierno y de verano. La diferencia radicaba en que en invierno íbamos con camisa y corbata y en verano con polito. Esto, lo de dejar la camisa y la corbata por el polito de verano, para un chiquillo, era algo muy significativo, al menos para mí. Como decía, para mí el entusiasmo ya comenzaba con la llegada del mes de abril, pero era meternos en mayo y yo ya me sentía más feliz. Me siento como nuevo con la llegada de la primavera, aunque de esto ya he hablado varias veces en Anhelarium. Recuerdo perfectamente como todos comenzábamos a contagiarnos de esa energía y alegría de ver el curso llegar a su final. Las actividades en el cole eran distintas. Algunos profesores tenían la costumbre de ponernos películas en las últimas semanas del curso. Lo más importante del temario estaba dado y a pocos días de acabarlo, apagábamos las luces de la clase y nos ponían la película de turno. Y en esa sala de cine improvisada que era nuestra clase, podíamos estar comiendo todo tipo de chucherías y bebiendo refrescos.  Todo ello partía la monotonía de tantos meses. Agradecíamos enormemente el gesto que tenían los profesores. De las excursiones no me puedo olvidar tampoco, claro. Por estas fechas hacíamos varias visitas. El problema del colegio donde hice la primaria era que cada año las excursiones eran siempre las mismas. Ahí digamos que no se esmeraban tanto. El museo del Puerto de Santa María lo teníamos ya muy visto, si nos entusiasmaba ir al museo de la ciudad de excursión no era por ir al museo precisamente, era por hacer algo que nos quitara de estar en el colegio. Hasta las pelotas me quedé de ver todos los años el famoso cuerno de mamut que tenía más pegamento y plástico que marfil el pobre. Otra de las excursiones que hacíamos era ir al polideportivo a pasar una larga jornada de deporte. Todos los años igual. No le dedicaban mucho tiempo a eso de programar excursiones, la verdad. Pero igualmente nos motivaba dejar los uniformes y las clases para ir a jugar al fútbol o baloncesto. Bueno, yo no, yo ni jugaba al fútbol ni al baloncesto ni nada. Esa jornada deportiva la aprovechábamos a nuestra manera, porque yo, con dos o tres amigotes más, empleábamos dicha salida para hacer merendolas. ¡Ay esas merendolas! Eran merendolas ya las hiciéramos a las tres de la tarde que a las doce de la mañana. Y la merendola consistía en traer en nuestras mochilas copiosas provisiones de chuches, paquetes de patatas y refrescos y claro, algún que otro bocadillo. No todo iba a ser ensuciarnos el estómago. Así eran nuestras jornadas deportivas. Comiendo, riendo y hablando de películas de terror o videojuegos allí sentados a la sombra en las gradas del polideportivo de nuestra ciudad. No habían ganas de sudar, eso ya se lo dejábamos a los demás. Por estas fechas, semana arriba semana abajo, otra de las absurdas visitas que organizaba mi colegio donde hice la primeria era visitar las bodegas. El Puerto de Santa María se caracteriza por ser la ciudad del vino. Grandes y reputadas son las numerosas bodegas de esta ciudad. Pero más de lo mismo. La elaboración del vino y las bodegas nos daba absolutamente igual. A nosotros lo que nos importaba era el momento merendola. Los bodegas podían salir ardiendo. Pero había una actividad que acaparaba toda nuestra atención, había un ritual que se hacía cada año y que nos mantenía exaltados desde el día antes de celebrarse. Esa era la guerra de globos de agua. Días antes de aquella mañana donde acabábamos todos calados hasta los huesos ya hacíamos acopio de bolsas de globos. Comprábamos cientos. Recuerdo que era el profe de religión, “El Piru”, como así lo llamaban profesores y alumnos (y no sé por qué, la verdad) quien organizaba todos los años la guerra de globos de agua. Era un tipo raro, más feo que un taladro, pero que resultaba simpático, siempre con su sonrisa imborrable y por todos querido, sobre todo por organizar en la hora de su clase de religión la famosa guerra pasada por agua. Cambiar las mermadas clases de religión por eso, creedme, era algo de agradecer.

Era llegar el mes de mayo y sentir los ecos del verano en mi interior

No había ninguna norma, bueno supongo que la de no darnos de hostias. Era una guerra de globos de agua, no una pelea entre ultras de fútbol. Pero me refiero a que no se hacían bandos o equipos, ni se apuntaba quién era al que menos agua le había caído para darle algún tipo de premio o reconocimiento. No, simplemente nos bombardeábamos todos hasta que no quedara un solo globo utilizable. Cuando ya nadie tenía más globos que arrojar al compañero que fuera, ahí acababa la guerra. Algunos compañeros tenían la brillante idea de traer otra muda de ropa para cambiarse en los vestuarios del gimnasio, pero la mayoría, sobre todo este subnormal que os escribe, nunca pensó en ello. Pero no era el único. Éramos muchos los que nos quedábamos con los cojones bien remojados ahí plantados esperando que el solo nos secara. Menos mal que hacía buen tiempo, de hacerse en enero más de uno pillaba seguro un resfriamiento. Lo pasábamos bien, muy bien. Otra de las cosas que típicas de estas fechas era que el horario escolar se veía reducido. Tal y como comenzaba el mes de junio ya dejábamos de salir a la hora habitual, que eran las cuatro y media e la tarde para salir a la una. Eso era algo maravilloso y lo agradecíamos una barbaridad. Una vez en casa, las cosas también cambiaban. Era habitual dejar el uniforme del colegio para ponerme el bañador y jugar en el jardín o la piscina hasta que quedara poco para que cayera la noche. Algunas tardes bajábamos a la playa y veíamos el atardecer al son de las olas. Sonreía ilusionado por saber que tenía todo un verano por delante. Era un niño más que saboreaba la llegada de este tiempo como si de un helado se tratara. Deseo que todos los niños que ahora están deseando pillar las vacaciones tengan el verano que desean. Que rían y jueguen, tanto o más como lo hacía yo.


Cadizfornia. Nostalgia y otras cosas

Yo era un niño en 1994. Acababa de hacer la primera comunión. Cuando me he referido a la década de los 90, en muchas ocasiones he manifestado lo mucho que me hubiera gustado vivirla pero con la edad de ahora. Quizás tenga nostalgia de una vida que nunca viví. La colorida década de los 90, aquellos maravillosos años en los que cada día parecía surgir algo nuevo. Los 80 y 90 fueron años de cambio, en el que el mundo, al unísono, parecía ir al mismo compás. La sociedad era un barco que iba a toda máquina. No me detendré más en esto, pues no es el objeto de esta nueva entrada que os traigo a continuación. Pero me complace saber que pude vivirla, que los 90 fueron el decorado que formara la puesta en escena de mi infancia. Qué grandes recuerdos, qué momentos. Todos, como si fueran ayer. Algunos dicen que la nostalgia es síntoma de insatisfacción con la vida que uno lleva en la actualidad. Yo no podría estar más en desacuerdo. No tiene nada que ver en mi opinión. 

Este video me viene que ni pintado para lo que quiero contar en este nuevo post. Hace bastante le di su hueco en Anhelarium en una de mis innumerables entradas sobre AOR, pero hoy lo traigo a colación no exclusivamente por el aspecto musical. Pero eso no quita para que lo presente brevemente, pues lo merece. La canción que suena en este vídeo pertenece a Alex De La Nuez, un cantautor madrileño que en 1994 triunfaba en las emisoras de radio gracias a esta versión del tema Give It Up del grupo Steve Miller Band. Para mi gusto, la versión del madrileño supera al tema original por su enérgica melodía y pegadizo estribillo. Pero la canción viene acompañada de unas escenas muy veraniegas que forman parte de varios spots publicitarios de la marca de refrescos KAS. Esta marca de refrescos era originaria de Vitoria (País Vasco, España), pero a finales de 1992, Pepsi se haría con la marca con la intención de comercializarla por todo el mundo. De ahí que en el vídeo, que servía a su vez como videoclip para dicha canción, podamos observar escenas al más puro estilo de vida californiano. Y ahí es donde quiero llegar.

Tanto la canción como el video me han acompañado a lo largo de mi vida. Me remolcan hacia una época muy añorada, a unos días que mantengo muy vivos en el recuerdo. La canción, como tantas otras, puso música a una etapa muy importante de mi vida, haciéndola aún más inmortal en mi memoria. Y el vídeo, refleja a la perfección el estilo de vida de aquellos años. El video parece un pequeño reportaje sobre esos años y lo que llegaron a ser. Y no porque en esos días todo fuera sol, playa y chicas guapas, para nada, sino por las vibraciones que transmite, la manera en que está hecho. No pecaré de exagerado si digo que todo lo que salía en esos años (televisión, música…) llevaba impregnado una gran carga de color y buena energía. El video es sólo una muestra más de cómo era esa época, cómo se vivía y de qué manera se transmitía. Poco se encuentra algo así hoy día.

Pero sí encontraba similitudes entre ese vídeo y mis días de aquella añorada época. Como ocurre en la actualidad. Es por eso que me marcó tanto, y es por eso mismo que se me dispara la nostalgia cuando veo este u otro vídeo de esos años. No olvidemos que es un vídeo de puro marketing y que a comienzos de la década de los 90 era el boom de las series americanas en España, sobre todo esas series de instituto como Salvados por la campana, Sensación de vivir o más tarde California Dreams. Todas ellas marcaron nuestra infancia y a mí particular y especialmente. En estas series se reverberaba la forma y el estilo de vida californiana, haciendo que me sintiera muy identificado. Yo no me crié en California, y El Puerto de Santa María dista mucho de ciudades como Los Angeles o Beverly Hills. Pero he tenido la gran suerte de nacer en La Costa de la Luz, la provincia de Cádiz destaca por su turismo y sus playas poco tienen que envidiarles a las del oeste de Estados Unidos. Me crié en una casa en la playa, y la playa se transformó en el escenario de mi vida. Mi colegio estaba también frente a la playa, tanto que en invierno nuestro patio de recreo se inundaba y se cortaban las clases por unos días. Estamos en alerta roja, decían los profesores. Además, cerca de casa aún sigue estando uno de mis sitios favoritos, el Diner 24h, decorado al estilo americano de los años 50, donde ponen las mejores pizzas de la ciudad. Justo en frente, una de las mayores y más conocidas tiendas de Harley Davidson de la provincia. Y al lado, los mejores helados, los de la Baskin Robbins. Para más seña, en mi ciudad siempre ha habido mucha presencia norteamericana por la base militar que hay cercana. No, no vivía en California, pero lo parecía.

Es por eso que desde pequeño me he sentido identificado con ese estilo de vida californiana. Un estilo de vida que siempre he sabido valorar, y ahora mucho más desde que vivo en Madrid. No solo por mi infancia, pues durante mi adolescencia y toda mi vida, he estado rodeado de esa calidad de vida que ofrece el lugar de donde vengo. Como aquella tarde que cambiamos las clases por el surf, la playa ha vertebrado el estilo de vida que he llevado durante muchos años. La playa era mi jardín cuando apenas aprendí a caminar, ha sido y es el lugar preferido de reunión con amigos y familiares. La playa ha sido el marco en el que han tenido lugar muchas de las más importantes escenas de mi vida.

Para los que somos de allí, es nuestra California particular, nuestra Cadizfornia, como a muchos nos gusta llamarla. Pero a todo este rollo californiano súmale los encantos que tiene Cádiz y sus ciudades, la identidad de mi tierra, su gente, sus rincones, sus paisajes. Todo lo yankee entonces queda en una anécdota. Cádiz, tierra trimilenaria, bañada en sal y en siglos de historia. Sinceramente, no hay lugar mejor.

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Playa de Vistahermosa. El Puerto de Santa Maria, Cádiz.


25 años después

Verano de 1988 y verano de 2013. 25 años después, mi hermanita y yo fuimos al mismo lugar para rendir nuestro particular homenaje a esta dulce foto de nuestra infancia, de aquella tarde en la que perdí mi zapatito. La que ha sido y es mi hermana, mi amiga y mi madre, es y será por siempre, la niña de mis ojos. Te quiero, Desirèe 😉

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AOR + Verano = la combinación perfecta

Que el AOR anda bien ligado al verano de eso no hay duda. ¿Cuántas letras nos hablan de sol, playa, amigos y amores de verano? Muchísimas. Esta es para mí la música que más energía y buen feeling logra transmitirme. Por eso esta entrada quiero que sea un breve homenaje a algunos de esos temas AOR que tan idóneos resultan para poner banda sonora a un buen verano. Para mí es la música que más le va a esta estación del año. Una música estimulante que sólo invita al ánimo y al buen rollo. Muchos de estos temas los asocio a veranos distintos, me gusta impregnar cada canción de momentos o recuerdos agradables para que al escucharlos me empapen aún más de buenas vibraciones. Así, sin enrollarme más, estos son sólo algunos de los temas más veraniegos del mejor AOR que puedas escuchar. ¡Sube el volumen y disfruta!

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Aquellas charlas hasta las tantas

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¡Gracias por aficionarme a los gin tonics, Fafy!

Para mí son las noches más mágicas, aquellas en las que siento la agradable compañía de los míos, la cercanía, el afecto, la atención y la simpatía que me transmiten. Y si algo deseo con todas mis fuerzas, es poder devolverles por mucho tiempo todo aquello que me dan. El verano acaba una vez más, y de nuevo me hace vivir momentos para el recuerdo, momentos que se han convertido en una rutina que necesito y anhelo cuando no la tengo, momentos dulces que uno no espera y otros de los que aprendo, porque de listo no tengo un pelo, pero de tonto tampoco. Son muchas las cosas que me brinda el verano, algunas se pueden contar y otras no deberían contarse jamás. Pero de todas esas cosas, me quedo con aquellas charlas hasta las tantas. Porque no necesito nada más, y pocas cosas me hacen sentir tan a gusto y satisfecho. Como si el tiempo no existiera y no importara nada más, como si todo se detuviera y como si nada fuera con nosotros. Hablamos y reímos sin más. El estar ahí es todo lo que necesitamos. Esas son las ocasiones en las que siento con más fuerza esa conexión celeste que me une con los seres que más quiero, aunque estemos hablando de lo más trivial del mundo o lo más ideológico.

Antes de que caiga la noche y asome esa parte de mi alma crápula y noctámbula, el sol ya es testigo de esa comunión que con tan pocas personas tengo ni quiero tener, porque me basta y me sobra con la gente que a mi lado están. Y a ese lado tengo a mi alma gemela, que a lo mejor no lo es tanto, pero como si lo fuera, porque en él encuentro el vínculo que necesité durante mucho tiempo, la risa y la sensibilidad que anhelaba y la viga que necesito en cualquier desequilibrio. Son en esos momentos de pausa indefinida, en aquellas charlas hasta las tantas, cuando más siento que los cimientos que soportan nuestra amistad son más fuertes que el viento.

Gracias, Rafa, por otro verano inmortal en mi memoria y por la amistad que nunca tuve.


Crónica del último día de olas

Sabía que serían las últimas del verano, las miraba atónito, las contemplaba con admiración y asombro, como si las hubiera visto por primera vez. Esa era una mañana especial, y tanto que lo era. Esa misma mañana me despedía de mi playa, hasta no sabía cuándo. Era casi mediodía, y se notaba que estábamos bien entrados en septiembre. La playa se presentaba sin esa multitud de veraneantes y volvía a recobrar esa estampa majestuosa que cada verano se enturbia por la burda presencia de forasteros y turistas que la colapsan y la ensucian. Las olas eran enormes. Como gigantes que aporrean sus tambores, esas olas partían en la dorada orilla y su estruendo anunciaba el fin del verano. Volvía a ser el fin, la melancolía comenzaba a brotar por mis venas y emborrachaba mi mente de no sé cuántos recuerdos. Porque mi vida entera está allí, estaba allí. La sentía como nunca. Montaba a lomos de esas olas que todo amante del surf anhela y dejaba que me llevaran, sin pretender nada más, ni giros, ni técnica alguna, sólo quería surcarlas, que mi cuerpo y mi mente se ensimismaran ante tal esplendor, y sentirme por un instante formar parte de ellas. No sé cuánto tiempo pasó, cuánto estuve dentro del agua, sólo salí cuando me sentí exhausto. Me senté en la suave y cálida arena, y contemplaba con delicadeza la belleza que me rodeaba. Mis lágrimas se mezclaban con el agua salada en la que me había bañado. Soy feliz, me decía, y daba gracias por vivir aquello.

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Le hice esta foto a mi tabla mientras esperaba el autobús. Cargar con ella y meterla dentro me ha hecho vivir alguna que otra anécdota muy graciosa.


Y por fin, llegó el verano

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Porque el verano es mucho más que sol y playa, es esa extraña sensación de libertad. Es la sensación que sólo sientes en esas largas noches de verano. Son esas charlas hasta las tantas. Es el disfrutar aún más de la gente que te rodea. Porque es verano, porque el verano está para disfrutar y es sinónimo de alegría. Es percibir ese olor a dama de noche cuando paseas de madrugada. Es quedarte dormido con las ventanas abiertas de par en par, notando la agradable brisa marinera y ese olor tan característico a césped recién cortado. Es tumbarte en la arena después de haberte bañado a media noche y ponerte a contar estrellas, o fingir que conoces todas las constelaciones y realmente no saber ni señalar una sola de ellas. Es reírte aún con más ganas. Porque el verano es ganas de hacer muchas cosas. El verano es vivir momentos para el recuerdo. De vivir algo inolvidable con los tuyos. Es tiempo de reforzar la amistad y la familia, de consolidar un amor o desear encontrarlo. Porque no hay nada más bonito que un amor de verano, aunque acabe cuando llegue septiembre. Y no hay nada como un beso con sabor a salitre. Ya se sabe, la sal de la vida.

El verano es para vivir intensamente. Ser consciente del momento presente, como si no hubiera un mañana. Es no mirar el reloj mientras paseas y jugar como niños, porque es el momento idóneo para volver a conectar con el niño que fuiste y que aún sigue en tu interior. Es tiempo de brindar por nosotros, y por los que no están. Y de volver a brindar, por nosotros otra vez y por no dejar de vivir momentos así. Es contemplar el amanecer o atardecer y dar las gracias al sol, si es que nunca antes se las habías dado, por iluminar tú vida todos los días. El verano es entusiasmo, ilusión, es pasión, es calor y mucho color, es empeño y emoción. Y por supuesto, fogosidad, mucha fogosidad, pues en verano, hasta lo apolíneo se vuelve más dionisíaco. Es momento de esparcimiento, felicidad y satisfacción.

¡Feliz verano a todos, amigos míos! ¡Salud y suerte!


Vuelta a los inicios

 

 

Mi primer contacto con esto del surfing fue hace ya muchos años, a finales de los años 90, cuando entre los más jóvenes se pusieron de moda los boogies y como ya os explicaba en la entrada de blog que dediqué al bodyboard, raro era no ver mínimo a una docena de niños en la playa cogiendo olas con sus tablas de corcho. Fue el deporte que más me cautivó en esos años de mi niñez, largas eran las horas que pasaba con mi primo y otros chavales la surcar esas pequeñas olas que tanto nos hacía divertir. Nos daban las tantas de la tarde…

Pasaron los años y sin motivo alguno, dejé de lado esta práctica. Mi adolescencia me volvió medio idiota y, entre una cosa y la otra, entre los nuevos amigos, la primera novia, y esa inmadurez que no te hace valorar las cosas como se merecen, dejé mi tabla arrinconada en un rincón de mi armario y ahí se quedó, prácticamente olvidada, siendo injusto con un deporte que tan buenos momentos me hizo pasar.

Quedando la adolescencia atrás, la idea de meterme de lleno con el surf se iba fraguando poco a poco en mi cabeza hasta que por fin di el paso, y con total decisión me adentré en este fascinante mundo del surf. Y así fue como hace unos años me compré mi primera tabla de surf y me entregué en cuerpo y alma, con toda seguridad e ilusión, a surcar las olas y de qué manera. Ahora que el surf es una parte importantísima en mi vida, no pienso en otra cosa que en mejorar y disfrutar de ello lo más que pueda, vivir todo lo bueno que pueda ofrecerme este grandioso deporte.

Y sin duda, con más ilusión aún, y después de tantos años, decido volver a surcar las olas como en aquellos días. Regreso con todo el ánimo y anhelo a la modalidad con la que me inicié en el surf, al Bodyboarding.

Un abrazo, ¡y buenas olas a todos!


El día que surqué mi primera ola

Playa de Santa Catalina, Las Redes. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Me dejé caer en la arena, estaba agotado. Desceñí el neopreno, aunque sólo me lo quité por la parte de arriba, dejando mi torso al descubierto, en ese momento no tenía fuerzas ni ganas de cambiarme, sólo quería sentir ese instante, recrearme en él. Entre jadeos, ahí sentado, sonreía mientras miraba aquellas traviesas olas, esas que me llevaron al límite. Me desesperé, sabía que aquello no era coser y cantar, pero tampoco que pudiera resultar tan arduo. El esfuerzo era tremendo, mis brazos los tenía engarrotados de tanto remar hacia ellas, ¡tenía que hacerme con alguna! Era una y otra vez, una y otra vez. El cansancio hizo mella, demasiado, pero mi testarudez era mucho mayor, aquella pasión que sentía lograba superarlo.  Ya habían pasado varios días y del mar nunca salía victorioso, siempre acababa fatigado y con cierto sentimiento de frustración, así que ese tenía que ser el día, lo intuía, tenía que serlo, necesitaba una tregua. Cada ola me volcaba, pero todas me envalentonaban, me incitaban a seguir y engallado siempre regresaba adentro, porque en algún momento yo sería quién las dominara.

Sentado en aquella fina y suave arena, mi cara bañada por la luz de aquel hermoso día, mostraba la mayor de mis sonrisas, la mayor de las alegrías. Toda mi conciencia se impregnaba de aquel momento. Nunca lo olvidaría. Estaba agotado y débil, pero satisfecho y feliz, pues del mar salí triunfador. Aún recuerdo perfectamente lo que sentí al surcar mi primera ola, aquella visión desde su cresta, esa ligereza, la vivacidad de aquél instante, era mi primera ola y jamás la última. Aún me veo ahí sentado en esa dorada tierra, con el alma gozosa, complacido, deleitándome en casa suspiro. Era un mes de marzo, y aquel viernes a mediodía surqué mi primera ola, sintiéndome así un verdadero surfista.


Los mejores días de mi vida

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Playa de Santa Catalina, Vistahermosa. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Reímos, amigo mío, las ventanillas de tu viejo coche rojo están bajadas y el viento nos da en la cara. La música está a todo volumen. Cruzamos miradas de auténtica complicidad y nos seguimos riendo. Disfrutamos el instante, cualquiera que sea ese instante. Nos regocijamos en esa rara libertad que uno siente en esos días de verano, donde sentimos que todo lo malo ha quedado atrás, donde el pasado no existe, esa libertad que nos hace ansiar el vivir lo mejor posible ese mismo instante, nuestro presente, este nuestro verano. Pisa el acelerador amigo, sube el volumen y vayamos dónde queramos.

Me despertaba aquellas mañanas de aquellos largos veranos con el aroma a jardín recién cortado. Ese aroma es siempre embriagador. Y ese jardín. ¿Qué te puedo yo decir de ese jardín, si ha sido el escenario de mi infancia? De él te puedo decir todo y nada en pocas palabras. Hoy día, ese jardín ya no existe, ya no me revuelco en su hierba, pero ese olor, esas radiantes y soleadas mañanas, esos momentos, quedan siempre en mi memoria y ésta las rescata cuando me despierto en las mañanas de verano  con media sonrisa en mi rostro, como aquél niño.

Vuelvo a disfrutar de un divertido baño en la playa con mi querida hermana. Volvemos a tomarnos de la mano como cuando éramos niños y juntos nos dejamos embestir por las olas juguetonas. Cuando éramos niños, ¿y cuándo hemos dejado de serlo, hermanita? Si te miro y aún veo a esa niña sonriente de cabellos rizados recogiendo conchitas en la orilla…

Nos pasábamos las noches en vela, dando largos paseos o mirando tumbados las estrellas y contando divertidas anécdotas e historias de terror. Ahora las noches las pasamos igual, con la mente un tanto nublada, cual crápulas, pero seguimos contando historias, algunas divertidas y otras no tanto, porque hay tiempo para el desahogo, las confesiones, la risa y los llantos. Cualquier sitio nos sirve para charlar hasta las tantas, lo único que queremos es estar juntos el mayor tiempo posible. Nuestra compañía lo es todo.

Cruzo miradas que hablan de amores imposibles, saboreo noctámbulo los pequeños placeres de la vida, respiro, por cada mirada va un suspiro, y cada roce sacude mis sentidos. Miro, siento, contemplo, recuerdo con nostalgia y miro al frente con ilusión. Los días me abrazan con cariño, me hacen ser de nuevo aquel niño de divertidos hoyuelos, las tardes me calman, me muestro contemplativo y las noches, ¡ay madre!, las noches me sonríen con picardía, y como está mandando y es de buen trasnochador, me cuido bien de los pecados, y me cuido bien de ti, y de ti, y de ti. Aquí mando yo, en esta noche mando yo, y no manda más nadie.

No sé qué tienen estos días, que hasta las claras del día son distintas, diferentes. No sé qué decirte, amigo, pronto volverá a ser verano, son los mejores días de mi vida.


La playa, mi entorno

Playa de Santa Catalina (El Buzo, Vistahermosa) El Puerto de Santa María (Cádiz) Playa de Santa Catalina, Vistahermosa (El Buzo). El Puerto de Santa María (Cádiz)

Es el escenario favorito de mi alma, donde baila y se siente libre, donde, risueña y juguetona, enardece todos mis sentidos. Es donde mi corazón se sosiega y mi mente siente la calma que en ocasiones tanto anhela. Es el lugar donde mi alma, bañada de luz y calor, encuentra paz.

He tenido la inmensa fortuna de criarme en un sitio así. Ha sido y es el lugar al cual estoy ligado de por vida. Aprendí a andar sobre la dorada orilla de una playa resplandeciente, una playa sempiterna, testigo del paso de mis años, del devenir de mi vida. Puedo acordarme de momentos de todos y cada uno de los años de mi vida que ahí he pasado. Recuerdo al niño ilusionado que corría a atrapar las olas, que coleccionaba conchitas o cantos rodados de colores, sus piedras preciosas, como él aún las sigue llamando. No olvido esos castillitos de arena, construidos cada vez con más esmero para que éstos aguantasen los embates de un rompeolas caprichoso. Y los baños, esos baños que quería siempre hacer eternos con su adorada hermana, agarrados siempre de la mano y bajo la atenta mirada de una madre que los cuida.

Ese niño se iba haciendo mayor, y sobre la cálida y suave arena seguía dándole vida a momentos que quedarían siempre en el recuerdo. Como esos besos inocentes, mágicos, salados, besos sinceros dados con pasión y con la luna como testigo. Es el lugar donde soñar despierto.

Una maravilla de la naturaleza, donde sentimos ser partes de un todo, de un mundo por recorrer siguiendo el horizonte, de un universo poderoso e infinito, un lugar bello cargado de pureza, donde sentirnos más cerca de Dios y de nosotros mismos.

Es la playa, es mi entorno.


El bodyboard

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Fuente: kccsecurity.com/author/mobieagle/

Corcheros antes que surferos

Los que ya tenemos unos años, concretamente los que nacimos en la década de los ochenta y además nos hemos criado en una zona costera, hemos tenido contacto, algunos más y algunos menos, con el bodyboard, o en términos más coloquiales, con el boogie. Y esto lo digo porque, ¿quién en la década de los noventa no probó surcar las olas con uno de estos boogies? Aunque sus orígenes se remontan un siglo atrás, el bodyboard tuvo una gran repercusión internacional en las décadas de los ochenta y noventa, sobre todo en esta última. Era raro ir a la playa y no ver a una gran cantidad de chavales de entre los 9-17 años surcando olas con un boogie o corcho, como también se le denomina. A día de hoy en verano verás a algunos, pero nada comparado como hace veinte años, y esto, para los que somos amantes de los deportes acuáticos y sobre todo nostálgicos, tenemos buena cuenta de ello.

No exagero si digo que al llegar la primavera, todo adolescente, generalmente chicos más que chicas, ya pensaban en meterse a coger olas con el boogie, y los que no, pronto caían en la moda de tener uno. Y es que sí amigos, como muchas otras, durante los años noventa el boogie fue una auténtica moda, todo un furor entre los más jóvenes. En absoluto digo esto con un tono peyorativo, ¡para nada, todo lo contrario! Precisamente muchos de los surferos de mi generación lo son gracias a esa moda por tener un boogie. Muchos hemos sido corcheros antes que surferos.

Publico esta entrada porque desde que me metí en el mundo del surf he dejado bastante de lado el bodyboard. Pero ahora, como buen nostálgico, me apetece comprarme un buen boogie y retomar este deporte que, en mi humilde opinión, es más entretenido y divertido que el surf, aunque sobre esto haré hincapié un poco más adelante.

Este verano, al igual que hace casi veinte años, toca comprar un boogie. Ahora ya uno tiene una edad y una experiencia, pero recuerdo con mucho cariño aquella mañana en la que mi madre nos regalaba a mi primo Leandro y a mí unas tablas de bodyboard. Los dos íbamos con las mismas, exactamente iguales. Dos corchos muy estrafalarios, uno de los varios modelos que se vendían en los supermercados Hipercor en aquellos días, con unos colores muy llamativos en la parte de arriba y amarillo por abajo. Esos eran los boogies que elegimos.

La dichosa capa deslizante

Con los días, mientras pasábamos largas horas hablando de bodyboard entre nosotros y con más chavales, aprendimos que los mejores boogies eran los que llevaban capa deslizante, ¡y los nuestros no llevaban! Nuestra inexperiencia nos hizo elegir unos que no tenían esa capa deslizante en la parte inferior del corcho y que sí poseían los boogies más chulos y que sólo los más guays de la playa llevaban. Al recordarlo me río de cómo mi primo Leandro y yo nos mirábamos con cierta resignación al ver que todos los chavales nos decían -¡cómo si ya no lo supiéramos!- que nuestros boogies no eran de capa deslizante, haciéndonos sentir como unos novatos pringaos. Aunque tampoco es que fuera un trauma, porque una vez que nos metíamos en el agua, pronto nos olvidábamos de si nuestras tablas tenían o no capa deslizante, porque surfeábamos igual de bien que todos esos chulitos que tenían esos boogies tan pro. Es cierto que con capa deslizante es mucho mejor tener un boogie, pero mi experiencia os dice que de verdad la diferencia no se nota lo más mínimo. Era más el hecho de vacilar con que se tenía un boogie de ese tipo que el hecho de tenerlo en sí. Cosas de niños…

Momentos para el recuerdo

Nos lo pasábamos genial, ahí con los demás cogiendo olas, alguna bastante puñetera, nos sentíamos los reyes del verano. Llegábamos a ser tantos ahí corcheando que éramos un espectáculo. Recuerdo que mucha gente se nos ponía a mirar, muchos eran padres que alucinaban con lo que hacían sus hijos, e incluso algunos nos llegaban a echar fotos. ¡Qué tiempos aquellos!

Nosotros personalmente solíamos pasar las tardes enteras con el boogie, ya que era por la tarde cuando mi primo y yo solíamos ir a la playa juntos. Jamás olvidaré esas puestas de sol y esas últimas olas que surcaba antes de secarnos e irnos a casa. Para mí, era lo mejor del verano. Bueno, eso, y las noches en el porche de casa, sobre todo si había pinchitos y patatas fritas para cenar.

Como todas las modas, el corcheo o el bodyboarding, decayó. Ya no he vuelto a ver abarrotada la orilla de la playa de niños con boogies cogiendo olas. Pero en la actualidad observo con añoranza a esos chavales que lo siguen practicando, porque me traen a la mente recuerdos tan maravillosos y por supuesto, inolvidables.

¿Más divertido el bodyboard que el surf?

Antes os comentaba que a mi parecer, el bodyboard es más divertido que el surf. Antes que nada deciros que soy un gran enamorado del surf y de todo lo que a este maravilloso deporte rodea, no estoy en ningún momento infravalorando al surf ni mucho menos. Pero, ¿por qué pienso así? Pues porque el bodyboard, a pesar de que también es un estilo en el que se pueden hacer bastantes piruetas y puede ser bastante técnico, es muchísimo más asequible que el surf. Por norma general, a una persona, y siempre partiendo de la base de que tiene una correcta complexión física y es apta para el deporte, se le hace más costoso aprender a hacer surf que a corchear. Uno se hace más pronto al bodyboard y, muy importante, este estilo no frustra como sí lo hace el surf. A paciencia siempre he dicho que no me gana nadie, y menos cuando algo me hace tanta ilusión como el surfing, pero tengo que reconocer que hubo un momento en el que el surf me frustraba por lo difícil que me parecía. Y amigos, no soy el único al que le ha pasado esto, creo que nos pasa a todos cuando nos acercamos a este deporte. Con el bodyboard no pasa en absoluto, pues a la primera zambullida ya disfrutas el estilo, ya disfrutas del oleaje, haces bodyboard desde el primer minuto.

“El océano es tan magnífico, tranquilo e impresionante. El resto del mundo desaparece para mí cuando estoy en una ola”
Paul Walker

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¡Os presento mi primera tabla! ¡Espero que os guste!

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Tipo de tabla y fisionomía

Tras un tiempo utilizando una tabla que muy amablemente Guille me había dejado, ¡por fin tengo mi primera tabla de Surf! ¿Qué os parece? No está mal ¿eh? ¿No tiene un cierto tono andalú con esos colores? Já! El tamaño de tabla es una 7 pies de tipo Evolutiva y de la marca Soul Captive, una tabla técnicamente ideal tanto para expertos como para principiantes. Antes de seguir con las caracteristicas hago un pequeño stop para dar las gracias a Diego González, creador de la marca Soul Captive y de origen uruguayo, el cual ha sido el shaper que ha fabricado esta preciosidad de tabla justo a mi medida. ¡Muchas gracias compañero! Como iba diciendo, estas tablas son más grandes y gruesas que las shortboards y tienen la punta ligeramente redondeada, algo que le da estabilidad y flotabilidad a la vez que también ofrece una maniobrabilidad excelente. Las evolutivas son tablas que hacen más cómoda la remada y por supuesto, permiten surfear las olas desde el primer día. El rocker, es decir, la corvatura de una tabla, en este caso no es demasiado prominente debido a que las tablas con mucho rocker están hechas para olas muy potentes y así girar bruscamente, y no es el caso. En cuanto al borde de la tabla, el canto, es redondeado y la popa de ésta es de tipo squash, la más estandar, una cola cuadrada pero algo más redondeada con lo que se consigue mayor estabilidad en la ola. Lo único que le falta a la tabla es añadirle el Grip para así conseguir un mayor agarre.

Go surfing!

Grandes momentos de surf, playa y olas me esperan con esta maravilla, o al menos, eso es lo que espero yo. A día de hoy, ya entrado en el mes de septiembre, la temporada de verano se da por finalizada y ya podemos ir con más tranquilidad a la playa sabiendo que no vamos a jorobar a ningún bañista. Ahora, y hasta el próximo mes de junio, la playa estará libre de veraneantes y domingueros, disponible y puesta a punto para aquellas personas que verdaderamente valoran estar en en un paraje así y no van sólo por el hecho de que es verano y hay que tostar la piel. Personas que necesitan estar en una playa para poder relajarse, entrar en armonía con ese lugar. Otros pocos sin embargo van con sus cañas de pescar y pasan largas horas contemplando el horizonte.

Pero no obstante, en esas fechas y, dentro del agua, podrás distinguir unas manchas negras que de vez en cuando se mueven astuta y rápidamente. Chicos y chicas enfundandos en esos trajes negros y que practican el que probablemente sea el mejor deporte de todos los tiempos. Si alguna vez los ves, si nos ves, míranos, porque seguro que te entran ganas de probar.

¡Ahora la playa es nuestra!


El mejor verano de mi vida

Antes que llegara Armando entraba en Casa Cayetano a comprar las dos litronas de rigor, y bien fresquitas. Aún era menor de edad, pero Cayetano conocía bien a mi padre, bueno, y a todos nosotros. Y es que en ese bar de gargajeros hacían muy buenos montaditos, así que mi hermana Dèsirèe, mi padre y yo, pasábamos algunas noches de verano sentados en la terraza de Casa Cayetano, que realmente no era una terraza y tampoco se llamaba Casa Cayetano. Lo que era la terraza era en verdad un aparcamiento perteneciente a la Avenida Andalucía, donde antiguamente vivíamos, así que Cayetano se apropió del aparcamiento que daba justo frente a la puerta del bar y puso un vado permanente allí mismo. De tal manera que, entre dos coches aparcados, te encontrabas con dos mesas predispuestas para el deleite de los clientes. Hay que reconocer, que el aparcamiento no era muy estrecho, para nada, sin ser muy grande, ciertamente se estaba a gusto. Y por último, el bar tenía por nombre BAR SAN MARCOS, pero como el dueño era Cayetano, conocido por muchos, y es algo típico de Andalucía llamar a los bares “Casa de (inserte aquí el nombre del dueño del bar)”, pues de ahí su nombre.

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