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Surf después del confinamiento

Y llegamos al 2 de mayo y ya todos pudimos volver a salir. Eso sí, respetando un horario establecido. Así que todos deseábamos que fueran las ocho de la tarde para poder salir a desinhibirnos tras semanas confinados en casa. Los paseos y los parques se llenaban de gente y, las distancias de seguridad, bueno, digamos que a veces se respetaba. En las ciudades costeras, sin duda, la playa era, comprensiblemente, el escenario deseado por todos para oxigenarse. Eso sí, el baño sólo estaba reservado para practicar deporte, por lo que sólo se veían en el agua a personas haciendo Surf. Y ahí que llegué yo, con la misma ilusión que un niño en Día de Reyes. Porque hacía mucho tiempo que no surfeaba y, si antes del confinamiento y toda esta crisis del coronavirus ya tenía previsto vérmelas de nuevo con mi tabla en el agua en primavera, tras pasar un mes y medio encerrado en casa, ya ni os cuento. El problema era el esperado, lo oxidado que me encuentro. Me costó bastante hacerme a mi tabla y no sólo por haberme llevado tanto tiempo sin hacer Surf, sino por lo desentrenado que me encuentro a nivel físico. Si a eso le sumamos el nulo ejercicio que he hecho últimamente y que durante el confinamiento no me he privado de nada, vamos, que he comido como un cerco vietnamita, el resultado no podía ser otro que el de encontrarme de lo más torpe y lento con mi tabla en el agua. Por suerte las olas se hacían de rogar, las series no fueron continuas, de ser así hubiera durado menos en el agua, me habría salido más rápido. Pero las olas daban tiempo a respirar y reponerse. Como sabrán, es evidente que tras escupirte una ola, tienes que remar hacia dentro para hacerte con otra, y la remada, más aún para un tipo tan en baja forma como yo, se hizo durísima. Tras salir del agua, y sobre todo al llegar a casa, me encontraba molido. Pero esta etapa post-Covid, como ocurre cada primeros de enero, donde todos comenzamos a hacernos propósitos de año nuevo, me he propuesto no desengancharme tanto del surfing. No fue una buena tarde de Surf, pero sí una muy buena tarde, porque todos volvíamos a salir, daba gusto ver a la gente disfrutar, a todos se nos notaba en el rostro el alivio y la alegría. Fuimos muchos aquella tarde en el agua, conmigo, éramos 41 los surfistas. Y a mí favor diré que no era, ni mucho menos, el más torpe. Ya nos encontramos en Fase 1 y ya hay una libertad de horarios para entrar y salir, hacer deporte o incluso ir a una terraza a tomar algo con los amigos. En unos días tengo pensado coger de nuevo mi tabla y lanzarme al agua. Por lo pronto ya estoy haciendo más ejercicio en casa para tonificarme más y estar en mejor forma. Ya os contaré.

Un abrazo a todos, mucho ánimo, ¡y buen surfing!


Insomnia, Festival de Cine Fantástico en El Puerto de Santa María

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Justo acabo de llegar de pasar un rato muy agradable en el que ha sido el primer día de INSOMNIA, un festival organizado recientemente dedicado al cine fantástico y de terror y que se celebrará en los días del 20 al 24 de julio en mi querida ciudad de El Puerto de Santa María. Cuando me enteré de la existencia de este festival hace unos meses y de que se celebraría en esta ciudad, no sólo me sentí entusiasmado, también orgulloso e ilusionado de que en El Puerto, se organicen eventos de este tipo. Hoy miércoles día 20 ha sido el primer día y la actividad programada ha sido la proyección de los cortometrajes ganadores del festival La Vieja Encina, en la conocida cafetería Blanco y Negro. Una vez que el local estaba repleto de gente, el propio director del festival nos dio una charla y conocimos a los encargados de tan maravillosa iniciativa. Cuando todos estábamos ya acomodados, comenzaron a proyectarse los cortos que amenizarían la noche. Por orden, en el estreno de INSOMNIA se emitieron Sequence, Flash, Zero y They will all die in space. Todos estos cortometrajes han sido cuidadosamente seleccionados. El primero, fue el ganador del primer premio del festival sevillano La Vieja Encina en 2014, y el segundo, lo fue el pasado año. Para el arranque de este festival que desde aquí deseo que tenga numerosas ediciones, también se ha contado con una exposición realizada por Manuel Espinosa donde podremos encontrar muchos de los icónicos personajes de la literatura y cine de terror y fantasía.

Sequence

Con tal seguridad, puedo decir que ha sido el cortometraje favorito de todos. Y lo digo por las reacciones de la gente. No sólo nos ha tenido atentos con los ojos como platos sino que además de llevarnos un buen susto nos hemos reído con él. Protagonizado por Joe Hursley (Resident Evil: Extinción , 2007), y dirigido por Carles Torrens, nos cuenta la historia de un hombre con el que todos han soñado la noche anterior. Cuando este comienza su día, podrá comprobar la hostilidad que todos tienen hacia él, pues el sueño era la peor de las pesadillas. El cortometraje, de unos veinte minutos de duración, ha sido toda una excelencia y visualmente un prodigio. Muy recomendado.

Flash

El segundo cortometraje era producto nacional. Dirigido por Alberto Ruíz Rojo y protagonizado por Roberto Álamo (Águila Roja) y Guadalupe Lancho, este cortometraje rodado en las calles de Madrid nos narra la historia de un hombre y un extraño fotomatón. Cuando nuestro protagonista mira las fotos que salen de la máquina, se encontrará con lo absurdo, y con lo más insólito. Daban ganas de saber más sobre la historia, pero es lo que tienen los cortometrajes, amigos míos, que siempre te dejan con ganas de más. Flash llega a conmover más que a sorprender.

ZERO

¿Qué ocurriría si la fuerza de la gravedad dejara de mantenernos con los pies en la Tierra? Dirigida por el director español David Victori y producida por el archiconocido Ridley Scott y Michael Fassbender. Dividido el cortometraje en tres episodios, el primero, de poco más de nueve minutos,  nos muestra la historia de los dos personajes principales, un padre y un hijo que sufren la dolorosa pérdida de la que fue esposa y madre en un accidente de tráfico. En mitad del dolor, algo sucede en el mundo. La gravedad comienza a desaparecer, haciendo que el caos se libre por todo el planeta. Este cortometraje ha sido además orquestado por la plataforma de vídeos YouTube y realmente nos ha emocionado a todos. La idea es muy interesante a la par que sorprendente. Por poco se me cae una lágrima al terminar de verlo. Muy bueno.

They will all die in space

Este último cortometraje escogido es nuevamente producto nacional. Dirigido por Javier Chillon, nos sumerge en la que podría ser toda una epopeya espacial a bordo del transbordador Tantalus que viaja a la deriva con varios de sus tripulantes. Me gustó mucho sus encuadres, su fotografía, y por su puesto su argumento, uno que hace desenvolver al espectador en una autentica tensión. Gran cortometraje. No he podido encontrarlo al completo como los anteriores, por lo que aquí os dejo con el tráiler. Espero que lo podáis disfrutar en otra ocasión.

Como sorpresa (y vaya sorpresa), al terminar el último corto, se nos mostró un vídeo casero del grandísimo Christopher Lee (Star Wars, El Señor de los Anillos) a muy pocos meses de su fallecimiento.  Como bien nos explicaron, es un vídeo casero que tienen prohibido publicar por petición de la familia del actor pero que sí pudieron mostrarnos. Es probablemente el último documento en video del afamado y prestigioso actor. En él aparece el metalero señor Lee, sentado en el sillón de su casa, y que ha encarnado a personajes tan valiosos del cine como Saruman, el Conde Dooku, Doctor Catheter, o el mítico Drácula de Terence Fisher, mandándole un saludo a los organizadores de La Vieja Encina con motivo del reciente estreno de dicho festival sevillano. Todo fue posible, nos cuentan, porque el hermano de Christopher Lee reside en la capital hispalense. Ver ese vídeo, que a penas dura unos diez segundos, me resultó muy emocionante.

Mañana el INSOMNIA seguirá con el resto de actividades programadas. Mañana día 21 de julio se proyectarán las películas Coherence, de James Ward Byrkit (premio al mejor guión en el festival de SITGES 2013) y la clásica, La Cosa de John Carpenter, nominada a mejor película de terror y efectos especiales en 1982. Todo un placer para los que amamos el cine fantástico poder divertirse en pleno verano con iniciativas como esta. Y más aún si es en tu propia ciudad. Larga vida a INSOMNIA. 


Buena mañana de Surf

Playa de Las Redes (Santa Catalina), El Puerto de Santa María, Cádiz.

Playa de Las Redes (Santa Catalina), El Puerto de Santa María, Cádiz.

Ansiaba vivir un momento así desde hacía tiempo. Es lo que más echo de menos a lo largo de mis días en Madrid, poder sentir esa playa, la que me vio crecer. De hecho, alejarme de ella era lo único que me hacía sentir recelo cuando hace años tome la decisión de irme a vivir a Madrid. Son muchas las veces que durante estos años he sentido la falta de pasear por esa arena, de entretener mi mirada frente a ese horizonte, ante esas olas. Hoy ha sido otro de esos días para el recuerdo, de los que no se olvidan jamás. Hacía más de un año que no coincidía con mi hermana en El Puerto, y estas vacaciones ha sido posible estar todos juntos disfrutando de unos días muy agradables. El pasado viernes anduvimos toda la mañana en la playa. El día estaba precioso, soleado, lleno de personas disfrutando de ese idílico escenario. En una misma mañana pude dar rienda suelta a mis anhelos. Me divertí con mi hermana jugando con ella en la playa, como esos dos niños que un día fuimos y no dejamos de ser. Hice que mi mente se perdiera entre los rincones de Santa Catalina, la playa de mis amores, medité y viví ese momento presente como si no existiera otra cosa y, cómo no, me alivié ese ansia de volver a surcar olas.

Volví a dar rienda suelta a ese alma aventurera y henchido de ilusión me vi de nuevo jugando con esas olas, las que tanto echaba de menos y que resultaron ser mejor de lo que esperaba ese día. Estando ahí en el agua no pude evitar emocionarme, y de mi rostro no desapareció una sonrisa incontrolable en toda aquella mañana. Me sentía muy feliz.


Equinoccio de primavera

Los mejores momentos, los más vivos recuerdos, tienen como telón de fondo una bonita primavera.

Muy buena Semana Santa a todos, y feliz equinoccio de primavera. Ya se la echaba de menos. Os quiero.

Playa de La Muralla, El Puerto de Santa María (Cádiz)


Cadizfornia. Nostalgia y otras cosas

Yo era un niño en 1994. Acababa de hacer la primera comunión. Cuando me he referido a la década de los 90, en muchas ocasiones he manifestado lo mucho que me hubiera gustado vivirla pero con la edad de ahora. Quizás tenga nostalgia de una vida que nunca viví. La colorida década de los 90, aquellos maravillosos años en los que cada día parecía surgir algo nuevo. Los 80 y 90 fueron años de cambio, en el que el mundo, al unísono, parecía ir al mismo compás. La sociedad era un barco que iba a toda máquina. No me detendré más en esto, pues no es el objeto de esta nueva entrada que os traigo a continuación. Pero me complace saber que pude vivirla, que los 90 fueron el decorado que formara la puesta en escena de mi infancia. Qué grandes recuerdos, qué momentos. Todos, como si fueran ayer. Algunos dicen que la nostalgia es síntoma de insatisfacción con la vida que uno lleva en la actualidad. Yo no podría estar más en desacuerdo. No tiene nada que ver en mi opinión. 

Este video me viene que ni pintado para lo que quiero contar en este nuevo post. Hace bastante le di su hueco en Anhelarium en una de mis innumerables entradas sobre AOR, pero hoy lo traigo a colación no exclusivamente por el aspecto musical. Pero eso no quita para que lo presente brevemente, pues lo merece. La canción que suena en este vídeo pertenece a Alex De La Nuez, un cantautor madrileño que en 1994 triunfaba en las emisoras de radio gracias a esta versión del tema Give It Up del grupo Steve Miller Band. Para mi gusto, la versión del madrileño supera al tema original por su enérgica melodía y pegadizo estribillo. Pero la canción viene acompañada de unas escenas muy veraniegas que forman parte de varios spots publicitarios de la marca de refrescos KAS. Esta marca de refrescos era originaria de Vitoria (País Vasco, España), pero a finales de 1992, Pepsi se haría con la marca con la intención de comercializarla por todo el mundo. De ahí que en el vídeo, que servía a su vez como videoclip para dicha canción, podamos observar escenas al más puro estilo de vida californiano. Y ahí es donde quiero llegar.

Tanto la canción como el video me han acompañado a lo largo de mi vida. Me remolcan hacia una época muy añorada, a unos días que mantengo muy vivos en el recuerdo. La canción, como tantas otras, puso música a una etapa muy importante de mi vida, haciéndola aún más inmortal en mi memoria. Y el vídeo, refleja a la perfección el estilo de vida de aquellos años. El video parece un pequeño reportaje sobre esos años y lo que llegaron a ser. Y no porque en esos días todo fuera sol, playa y chicas guapas, para nada, sino por las vibraciones que transmite, la manera en que está hecho. No pecaré de exagerado si digo que todo lo que salía en esos años (televisión, música…) llevaba impregnado una gran carga de color y buena energía. El video es sólo una muestra más de cómo era esa época, cómo se vivía y de qué manera se transmitía. Poco se encuentra algo así hoy día.

Pero sí encontraba similitudes entre ese vídeo y mis días de aquella añorada época. Como ocurre en la actualidad. Es por eso que me marcó tanto, y es por eso mismo que se me dispara la nostalgia cuando veo este u otro vídeo de esos años. No olvidemos que es un vídeo de puro marketing y que a comienzos de la década de los 90 era el boom de las series americanas en España, sobre todo esas series de instituto como Salvados por la campana, Sensación de vivir o más tarde California Dreams. Todas ellas marcaron nuestra infancia y a mí particular y especialmente. En estas series se reverberaba la forma y el estilo de vida californiana, haciendo que me sintiera muy identificado. Yo no me crié en California, y El Puerto de Santa María dista mucho de ciudades como Los Angeles o Beverly Hills. Pero he tenido la gran suerte de nacer en La Costa de la Luz, la provincia de Cádiz destaca por su turismo y sus playas poco tienen que envidiarles a las del oeste de Estados Unidos. Me crié en una casa en la playa, y la playa se transformó en el escenario de mi vida. Mi colegio estaba también frente a la playa, tanto que en invierno nuestro patio de recreo se inundaba y se cortaban las clases por unos días. Estamos en alerta roja, decían los profesores. Además, cerca de casa aún sigue estando uno de mis sitios favoritos, el Diner 24h, decorado al estilo americano de los años 50, donde ponen las mejores pizzas de la ciudad. Justo en frente, una de las mayores y más conocidas tiendas de Harley Davidson de la provincia. Y al lado, los mejores helados, los de la Baskin Robbins. Para más seña, en mi ciudad siempre ha habido mucha presencia norteamericana por la base militar que hay cercana. No, no vivía en California, pero lo parecía.

Es por eso que desde pequeño me he sentido identificado con ese estilo de vida californiana. Un estilo de vida que siempre he sabido valorar, y ahora mucho más desde que vivo en Madrid. No solo por mi infancia, pues durante mi adolescencia y toda mi vida, he estado rodeado de esa calidad de vida que ofrece el lugar de donde vengo. Como aquella tarde que cambiamos las clases por el surf, la playa ha vertebrado el estilo de vida que he llevado durante muchos años. La playa era mi jardín cuando apenas aprendí a caminar, ha sido y es el lugar preferido de reunión con amigos y familiares. La playa ha sido el marco en el que han tenido lugar muchas de las más importantes escenas de mi vida.

Para los que somos de allí, es nuestra California particular, nuestra Cadizfornia, como a muchos nos gusta llamarla. Pero a todo este rollo californiano súmale los encantos que tiene Cádiz y sus ciudades, la identidad de mi tierra, su gente, sus rincones, sus paisajes. Todo lo yankee entonces queda en una anécdota. Cádiz, tierra trimilenaria, bañada en sal y en siglos de historia. Sinceramente, no hay lugar mejor.

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Playa de Vistahermosa. El Puerto de Santa Maria, Cádiz.


25 años después

Verano de 1988 y verano de 2013. 25 años después, mi hermanita y yo fuimos al mismo lugar para rendir nuestro particular homenaje a esta dulce foto de nuestra infancia, de aquella tarde en la que perdí mi zapatito. La que ha sido y es mi hermana, mi amiga y mi madre, es y será por siempre, la niña de mis ojos. Te quiero, Desirèe 😉

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Aquellas charlas hasta las tantas

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¡Gracias por aficionarme a los gin tonics, Fafy!

Para mí son las noches más mágicas, aquellas en las que siento la agradable compañía de los míos, la cercanía, el afecto, la atención y la simpatía que me transmiten. Y si algo deseo con todas mis fuerzas, es poder devolverles por mucho tiempo todo aquello que me dan. El verano acaba una vez más, y de nuevo me hace vivir momentos para el recuerdo, momentos que se han convertido en una rutina que necesito y anhelo cuando no la tengo, momentos dulces que uno no espera y otros de los que aprendo, porque de listo no tengo un pelo, pero de tonto tampoco. Son muchas las cosas que me brinda el verano, algunas se pueden contar y otras no deberían contarse jamás. Pero de todas esas cosas, me quedo con aquellas charlas hasta las tantas. Porque no necesito nada más, y pocas cosas me hacen sentir tan a gusto y satisfecho. Como si el tiempo no existiera y no importara nada más, como si todo se detuviera y como si nada fuera con nosotros. Hablamos y reímos sin más. El estar ahí es todo lo que necesitamos. Esas son las ocasiones en las que siento con más fuerza esa conexión celeste que me une con los seres que más quiero, aunque estemos hablando de lo más trivial del mundo o lo más ideológico.

Antes de que caiga la noche y asome esa parte de mi alma crápula y noctámbula, el sol ya es testigo de esa comunión que con tan pocas personas tengo ni quiero tener, porque me basta y me sobra con la gente que a mi lado están. Y a ese lado tengo a mi alma gemela, que a lo mejor no lo es tanto, pero como si lo fuera, porque en él encuentro el vínculo que necesité durante mucho tiempo, la risa y la sensibilidad que anhelaba y la viga que necesito en cualquier desequilibrio. Son en esos momentos de pausa indefinida, en aquellas charlas hasta las tantas, cuando más siento que los cimientos que soportan nuestra amistad son más fuertes que el viento.

Gracias, Rafa, por otro verano inmortal en mi memoria y por la amistad que nunca tuve.


Crónica del último día de olas

Sabía que serían las últimas del verano, las miraba atónito, las contemplaba con admiración y asombro, como si las hubiera visto por primera vez. Esa era una mañana especial, y tanto que lo era. Esa misma mañana me despedía de mi playa, hasta no sabía cuándo. Era casi mediodía, y se notaba que estábamos bien entrados en septiembre. La playa se presentaba sin esa multitud de veraneantes y volvía a recobrar esa estampa majestuosa que cada verano se enturbia por la burda presencia de forasteros y turistas que la colapsan y la ensucian. Las olas eran enormes. Como gigantes que aporrean sus tambores, esas olas partían en la dorada orilla y su estruendo anunciaba el fin del verano. Volvía a ser el fin, la melancolía comenzaba a brotar por mis venas y emborrachaba mi mente de no sé cuántos recuerdos. Porque mi vida entera está allí, estaba allí. La sentía como nunca. Montaba a lomos de esas olas que todo amante del surf anhela y dejaba que me llevaran, sin pretender nada más, ni giros, ni técnica alguna, sólo quería surcarlas, que mi cuerpo y mi mente se ensimismaran ante tal esplendor, y sentirme por un instante formar parte de ellas. No sé cuánto tiempo pasó, cuánto estuve dentro del agua, sólo salí cuando me sentí exhausto. Me senté en la suave y cálida arena, y contemplaba con delicadeza la belleza que me rodeaba. Mis lágrimas se mezclaban con el agua salada en la que me había bañado. Soy feliz, me decía, y daba gracias por vivir aquello.

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Le hice esta foto a mi tabla mientras esperaba el autobús. Cargar con ella y meterla dentro me ha hecho vivir alguna que otra anécdota muy graciosa.


Y por fin, llegó el verano

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Porque el verano es mucho más que sol y playa, es esa extraña sensación de libertad. Es la sensación que sólo sientes en esas largas noches de verano. Son esas charlas hasta las tantas. Es el disfrutar aún más de la gente que te rodea. Porque es verano, porque el verano está para disfrutar y es sinónimo de alegría. Es percibir ese olor a dama de noche cuando paseas de madrugada. Es quedarte dormido con las ventanas abiertas de par en par, notando la agradable brisa marinera y ese olor tan característico a césped recién cortado. Es tumbarte en la arena después de haberte bañado a media noche y ponerte a contar estrellas, o fingir que conoces todas las constelaciones y realmente no saber ni señalar una sola de ellas. Es reírte aún con más ganas. Porque el verano es ganas de hacer muchas cosas. El verano es vivir momentos para el recuerdo. De vivir algo inolvidable con los tuyos. Es tiempo de reforzar la amistad y la familia, de consolidar un amor o desear encontrarlo. Porque no hay nada más bonito que un amor de verano, aunque acabe cuando llegue septiembre. Y no hay nada como un beso con sabor a salitre. Ya se sabe, la sal de la vida.

El verano es para vivir intensamente. Ser consciente del momento presente, como si no hubiera un mañana. Es no mirar el reloj mientras paseas y jugar como niños, porque es el momento idóneo para volver a conectar con el niño que fuiste y que aún sigue en tu interior. Es tiempo de brindar por nosotros, y por los que no están. Y de volver a brindar, por nosotros otra vez y por no dejar de vivir momentos así. Es contemplar el amanecer o atardecer y dar las gracias al sol, si es que nunca antes se las habías dado, por iluminar tú vida todos los días. El verano es entusiasmo, ilusión, es pasión, es calor y mucho color, es empeño y emoción. Y por supuesto, fogosidad, mucha fogosidad, pues en verano, hasta lo apolíneo se vuelve más dionisíaco. Es momento de esparcimiento, felicidad y satisfacción.

¡Feliz verano a todos, amigos míos! ¡Salud y suerte!


Vuelta a los inicios

 

 

Mi primer contacto con esto del surfing fue hace ya muchos años, a finales de los años 90, cuando entre los más jóvenes se pusieron de moda los boogies y como ya os explicaba en la entrada de blog que dediqué al bodyboard, raro era no ver mínimo a una docena de niños en la playa cogiendo olas con sus tablas de corcho. Fue el deporte que más me cautivó en esos años de mi niñez, largas eran las horas que pasaba con mi primo y otros chavales la surcar esas pequeñas olas que tanto nos hacía divertir. Nos daban las tantas de la tarde…

Pasaron los años y sin motivo alguno, dejé de lado esta práctica. Mi adolescencia me volvió medio idiota y, entre una cosa y la otra, entre los nuevos amigos, la primera novia, y esa inmadurez que no te hace valorar las cosas como se merecen, dejé mi tabla arrinconada en un rincón de mi armario y ahí se quedó, prácticamente olvidada, siendo injusto con un deporte que tan buenos momentos me hizo pasar.

Quedando la adolescencia atrás, la idea de meterme de lleno con el surf se iba fraguando poco a poco en mi cabeza hasta que por fin di el paso, y con total decisión me adentré en este fascinante mundo del surf. Y así fue como hace unos años me compré mi primera tabla de surf y me entregué en cuerpo y alma, con toda seguridad e ilusión, a surcar las olas y de qué manera. Ahora que el surf es una parte importantísima en mi vida, no pienso en otra cosa que en mejorar y disfrutar de ello lo más que pueda, vivir todo lo bueno que pueda ofrecerme este grandioso deporte.

Y sin duda, con más ilusión aún, y después de tantos años, decido volver a surcar las olas como en aquellos días. Regreso con todo el ánimo y anhelo a la modalidad con la que me inicié en el surf, al Bodyboarding.

Un abrazo, ¡y buenas olas a todos!


El día que surqué mi primera ola

Playa de Santa Catalina, Las Redes. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Me dejé caer en la arena, estaba agotado. Desceñí el neopreno, aunque sólo me lo quité por la parte de arriba, dejando mi torso al descubierto, en ese momento no tenía fuerzas ni ganas de cambiarme, sólo quería sentir ese instante, recrearme en él. Entre jadeos, ahí sentado, sonreía mientras miraba aquellas traviesas olas, esas que me llevaron al límite. Me desesperé, sabía que aquello no era coser y cantar, pero tampoco que pudiera resultar tan arduo. El esfuerzo era tremendo, mis brazos los tenía engarrotados de tanto remar hacia ellas, ¡tenía que hacerme con alguna! Era una y otra vez, una y otra vez. El cansancio hizo mella, demasiado, pero mi testarudez era mucho mayor, aquella pasión que sentía lograba superarlo.  Ya habían pasado varios días y del mar nunca salía victorioso, siempre acababa fatigado y con cierto sentimiento de frustración, así que ese tenía que ser el día, lo intuía, tenía que serlo, necesitaba una tregua. Cada ola me volcaba, pero todas me envalentonaban, me incitaban a seguir y engallado siempre regresaba adentro, porque en algún momento yo sería quién las dominara.

Sentado en aquella fina y suave arena, mi cara bañada por la luz de aquel hermoso día, mostraba la mayor de mis sonrisas, la mayor de las alegrías. Toda mi conciencia se impregnaba de aquel momento. Nunca lo olvidaría. Estaba agotado y débil, pero satisfecho y feliz, pues del mar salí triunfador. Aún recuerdo perfectamente lo que sentí al surcar mi primera ola, aquella visión desde su cresta, esa ligereza, la vivacidad de aquél instante, era mi primera ola y jamás la última. Aún me veo ahí sentado en esa dorada tierra, con el alma gozosa, complacido, deleitándome en casa suspiro. Era un mes de marzo, y aquel viernes a mediodía surqué mi primera ola, sintiéndome así un verdadero surfista.


Los mejores días de mi vida

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Playa de Santa Catalina, Vistahermosa. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Reímos, amigo mío, las ventanillas de tu viejo coche rojo están bajadas y el viento nos da en la cara. La música está a todo volumen. Cruzamos miradas de auténtica complicidad y nos seguimos riendo. Disfrutamos el instante, cualquiera que sea ese instante. Nos regocijamos en esa rara libertad que uno siente en esos días de verano, donde sentimos que todo lo malo ha quedado atrás, donde el pasado no existe, esa libertad que nos hace ansiar el vivir lo mejor posible ese mismo instante, nuestro presente, este nuestro verano. Pisa el acelerador amigo, sube el volumen y vayamos dónde queramos.

Me despertaba aquellas mañanas de aquellos largos veranos con el aroma a jardín recién cortado. Ese aroma es siempre embriagador. Y ese jardín. ¿Qué te puedo yo decir de ese jardín, si ha sido el escenario de mi infancia? De él te puedo decir todo y nada en pocas palabras. Hoy día, ese jardín ya no existe, ya no me revuelco en su hierba, pero ese olor, esas radiantes y soleadas mañanas, esos momentos, quedan siempre en mi memoria y ésta las rescata cuando me despierto en las mañanas de verano  con media sonrisa en mi rostro, como aquél niño.

Vuelvo a disfrutar de un divertido baño en la playa con mi querida hermana. Volvemos a tomarnos de la mano como cuando éramos niños y juntos nos dejamos embestir por las olas juguetonas. Cuando éramos niños, ¿y cuándo hemos dejado de serlo, hermanita? Si te miro y aún veo a esa niña sonriente de cabellos rizados recogiendo conchitas en la orilla…

Nos pasábamos las noches en vela, dando largos paseos o mirando tumbados las estrellas y contando divertidas anécdotas e historias de terror. Ahora las noches las pasamos igual, con la mente un tanto nublada, cual crápulas, pero seguimos contando historias, algunas divertidas y otras no tanto, porque hay tiempo para el desahogo, las confesiones, la risa y los llantos. Cualquier sitio nos sirve para charlar hasta las tantas, lo único que queremos es estar juntos el mayor tiempo posible. Nuestra compañía lo es todo.

Cruzo miradas que hablan de amores imposibles, saboreo noctámbulo los pequeños placeres de la vida, respiro, por cada mirada va un suspiro, y cada roce sacude mis sentidos. Miro, siento, contemplo, recuerdo con nostalgia y miro al frente con ilusión. Los días me abrazan con cariño, me hacen ser de nuevo aquel niño de divertidos hoyuelos, las tardes me calman, me muestro contemplativo y las noches, ¡ay madre!, las noches me sonríen con picardía, y como está mandando y es de buen trasnochador, me cuido bien de los pecados, y me cuido bien de ti, y de ti, y de ti. Aquí mando yo, en esta noche mando yo, y no manda más nadie.

No sé qué tienen estos días, que hasta las claras del día son distintas, diferentes. No sé qué decirte, amigo, pronto volverá a ser verano, son los mejores días de mi vida.


La playa, mi entorno

Playa de Santa Catalina (El Buzo, Vistahermosa) El Puerto de Santa María (Cádiz) Playa de Santa Catalina, Vistahermosa (El Buzo). El Puerto de Santa María (Cádiz)

Es el escenario favorito de mi alma, donde baila y se siente libre, donde, risueña y juguetona, enardece todos mis sentidos. Es donde mi corazón se sosiega y mi mente siente la calma que en ocasiones tanto anhela. Es el lugar donde mi alma, bañada de luz y calor, encuentra paz.

He tenido la inmensa fortuna de criarme en un sitio así. Ha sido y es el lugar al cual estoy ligado de por vida. Aprendí a andar sobre la dorada orilla de una playa resplandeciente, una playa sempiterna, testigo del paso de mis años, del devenir de mi vida. Puedo acordarme de momentos de todos y cada uno de los años de mi vida que ahí he pasado. Recuerdo al niño ilusionado que corría a atrapar las olas, que coleccionaba conchitas o cantos rodados de colores, sus piedras preciosas, como él aún las sigue llamando. No olvido esos castillitos de arena, construidos cada vez con más esmero para que éstos aguantasen los embates de un rompeolas caprichoso. Y los baños, esos baños que quería siempre hacer eternos con su adorada hermana, agarrados siempre de la mano y bajo la atenta mirada de una madre que los cuida.

Ese niño se iba haciendo mayor, y sobre la cálida y suave arena seguía dándole vida a momentos que quedarían siempre en el recuerdo. Como esos besos inocentes, mágicos, salados, besos sinceros dados con pasión y con la luna como testigo. Es el lugar donde soñar despierto.

Una maravilla de la naturaleza, donde sentimos ser partes de un todo, de un mundo por recorrer siguiendo el horizonte, de un universo poderoso e infinito, un lugar bello cargado de pureza, donde sentirnos más cerca de Dios y de nosotros mismos.

Es la playa, es mi entorno.


El bodyboard

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Fuente: kccsecurity.com/author/mobieagle/

Corcheros antes que surferos

Los que ya tenemos unos años, concretamente los que nacimos en la década de los ochenta y además nos hemos criado en una zona costera, hemos tenido contacto, algunos más y algunos menos, con el bodyboard, o en términos más coloquiales, con el boogie. Y esto lo digo porque, ¿quién en la década de los noventa no probó surcar las olas con uno de estos boogies? Aunque sus orígenes se remontan un siglo atrás, el bodyboard tuvo una gran repercusión internacional en las décadas de los ochenta y noventa, sobre todo en esta última. Era raro ir a la playa y no ver a una gran cantidad de chavales de entre los 9-17 años surcando olas con un boogie o corcho, como también se le denomina. A día de hoy en verano verás a algunos, pero nada comparado como hace veinte años, y esto, para los que somos amantes de los deportes acuáticos y sobre todo nostálgicos, tenemos buena cuenta de ello.

No exagero si digo que al llegar la primavera, todo adolescente, generalmente chicos más que chicas, ya pensaban en meterse a coger olas con el boogie, y los que no, pronto caían en la moda de tener uno. Y es que sí amigos, como muchas otras, durante los años noventa el boogie fue una auténtica moda, todo un furor entre los más jóvenes. En absoluto digo esto con un tono peyorativo, ¡para nada, todo lo contrario! Precisamente muchos de los surferos de mi generación lo son gracias a esa moda por tener un boogie. Muchos hemos sido corcheros antes que surferos.

Publico esta entrada porque desde que me metí en el mundo del surf he dejado bastante de lado el bodyboard. Pero ahora, como buen nostálgico, me apetece comprarme un buen boogie y retomar este deporte que, en mi humilde opinión, es más entretenido y divertido que el surf, aunque sobre esto haré hincapié un poco más adelante.

Este verano, al igual que hace casi veinte años, toca comprar un boogie. Ahora ya uno tiene una edad y una experiencia, pero recuerdo con mucho cariño aquella mañana en la que mi madre nos regalaba a mi primo Leandro y a mí unas tablas de bodyboard. Los dos íbamos con las mismas, exactamente iguales. Dos corchos muy estrafalarios, uno de los varios modelos que se vendían en los supermercados Hipercor en aquellos días, con unos colores muy llamativos en la parte de arriba y amarillo por abajo. Esos eran los boogies que elegimos.

La dichosa capa deslizante

Con los días, mientras pasábamos largas horas hablando de bodyboard entre nosotros y con más chavales, aprendimos que los mejores boogies eran los que llevaban capa deslizante, ¡y los nuestros no llevaban! Nuestra inexperiencia nos hizo elegir unos que no tenían esa capa deslizante en la parte inferior del corcho y que sí poseían los boogies más chulos y que sólo los más guays de la playa llevaban. Al recordarlo me río de cómo mi primo Leandro y yo nos mirábamos con cierta resignación al ver que todos los chavales nos decían -¡cómo si ya no lo supiéramos!- que nuestros boogies no eran de capa deslizante, haciéndonos sentir como unos novatos pringaos. Aunque tampoco es que fuera un trauma, porque una vez que nos metíamos en el agua, pronto nos olvidábamos de si nuestras tablas tenían o no capa deslizante, porque surfeábamos igual de bien que todos esos chulitos que tenían esos boogies tan pro. Es cierto que con capa deslizante es mucho mejor tener un boogie, pero mi experiencia os dice que de verdad la diferencia no se nota lo más mínimo. Era más el hecho de vacilar con que se tenía un boogie de ese tipo que el hecho de tenerlo en sí. Cosas de niños…

Momentos para el recuerdo

Nos lo pasábamos genial, ahí con los demás cogiendo olas, alguna bastante puñetera, nos sentíamos los reyes del verano. Llegábamos a ser tantos ahí corcheando que éramos un espectáculo. Recuerdo que mucha gente se nos ponía a mirar, muchos eran padres que alucinaban con lo que hacían sus hijos, e incluso algunos nos llegaban a echar fotos. ¡Qué tiempos aquellos!

Nosotros personalmente solíamos pasar las tardes enteras con el boogie, ya que era por la tarde cuando mi primo y yo solíamos ir a la playa juntos. Jamás olvidaré esas puestas de sol y esas últimas olas que surcaba antes de secarnos e irnos a casa. Para mí, era lo mejor del verano. Bueno, eso, y las noches en el porche de casa, sobre todo si había pinchitos y patatas fritas para cenar.

Como todas las modas, el corcheo o el bodyboarding, decayó. Ya no he vuelto a ver abarrotada la orilla de la playa de niños con boogies cogiendo olas. Pero en la actualidad observo con añoranza a esos chavales que lo siguen practicando, porque me traen a la mente recuerdos tan maravillosos y por supuesto, inolvidables.

¿Más divertido el bodyboard que el surf?

Antes os comentaba que a mi parecer, el bodyboard es más divertido que el surf. Antes que nada deciros que soy un gran enamorado del surf y de todo lo que a este maravilloso deporte rodea, no estoy en ningún momento infravalorando al surf ni mucho menos. Pero, ¿por qué pienso así? Pues porque el bodyboard, a pesar de que también es un estilo en el que se pueden hacer bastantes piruetas y puede ser bastante técnico, es muchísimo más asequible que el surf. Por norma general, a una persona, y siempre partiendo de la base de que tiene una correcta complexión física y es apta para el deporte, se le hace más costoso aprender a hacer surf que a corchear. Uno se hace más pronto al bodyboard y, muy importante, este estilo no frustra como sí lo hace el surf. A paciencia siempre he dicho que no me gana nadie, y menos cuando algo me hace tanta ilusión como el surfing, pero tengo que reconocer que hubo un momento en el que el surf me frustraba por lo difícil que me parecía. Y amigos, no soy el único al que le ha pasado esto, creo que nos pasa a todos cuando nos acercamos a este deporte. Con el bodyboard no pasa en absoluto, pues a la primera zambullida ya disfrutas el estilo, ya disfrutas del oleaje, haces bodyboard desde el primer minuto.

“El océano es tan magnífico, tranquilo e impresionante. El resto del mundo desaparece para mí cuando estoy en una ola”
Paul Walker

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Go surfing!

Desde luego la playa es otra cuando todo el turisteo se las pira. En los meses de julio y agosto me puedo olvidar de surfear en mi playa. Podría irme a otras, como la de El Palmar o la de Camposoto, pero no dispongo de coche actualmente y la idea de trasladarme hasta allí en transporte publico con mi tabla, se me hace afanoso y agotador. Siempre surfeo en la playa de Santa Catalina, a la altura de Las Redes, donde mejores olas entran, aquí en El Puerto de Santa María. Es la playa donde me crié y una suerte enorme tengo de poder disfrutar tanto de ella. Para pasear, meditar, hacer running, disfrutar de un buen día de playa, contemplar el paisaje, tirar fotos, o compartir un agradable momento con alguien especial. Además de todo eso, puedo dar rienda suelta a esta pasión por el Surf sin tener que trasladarme a otras playas, porque ésta se ajusta perfectamente a lo que quiero a la hora de surfear.

Y hasta el próximo verano volvemos a tener la playa bastante desocupada y disponible para los que nos gusta disfrutar de ella sin la aglomeración de los veraneantes. Pues con tanta gente en la playa es imposible surfear, además, la Ley de Costas lo prohíbe expresamente para proteger a los bañistas. Algo totalmente comprensible. Hoy he podido volver a disfrutar del Surf y ha sido un día de olas muy bueno. Me sentía algo oxidado por las semanas que no he estado surfeando, pero pronto me hice con ello. Antes de meternos más en el curso académico que apenas acaba de comenzar, quiero aprovechar todo lo que pueda para practicar y saciarme de surf. La remada ha sido hoy algo dura del tiempo que he estado sin meterme al agua con la tabla. Hoy las olas no se presentaban con mucha periodicidad. Había que esperar unos minutos a que viniera otra ráfaga y yo personalmente lo agradecí, porque noté bastante que físicamente no me encontraba en optimas condiciones tras estar unas semanas desconectado del surf. Por lo que, de haberme topado con una gran serie de olas, me habría dejado reventado y surfear me habría sido bastante dificultoso. Aproximadamente unas tres horas he estado en el agua. Si por mí fuera, la playa presentaría las condiciones de hoy eternamente. Era todo un gustazo poder coger una ola y tranquilamente remar hacia dentro y esperar a la siguiente. Prefiero las series más prolongadas como hoy, para poder tomar aire y, sentado en la tabla, disfrutar de la quietud de ese instante en que esperas, mirando al horizonte, la siguiente ola.


¡Os presento mi primera tabla! ¡Espero que os guste!

(Pincha en las imágenes para verlas en grande)

Tipo de tabla y fisionomía

Tras un tiempo utilizando una tabla que muy amablemente Guille me había dejado, ¡por fin tengo mi primera tabla de Surf! ¿Qué os parece? No está mal ¿eh? ¿No tiene un cierto tono andalú con esos colores? Já! El tamaño de tabla es una 7 pies de tipo Evolutiva y de la marca Soul Captive, una tabla técnicamente ideal tanto para expertos como para principiantes. Antes de seguir con las caracteristicas hago un pequeño stop para dar las gracias a Diego González, creador de la marca Soul Captive y de origen uruguayo, el cual ha sido el shaper que ha fabricado esta preciosidad de tabla justo a mi medida. ¡Muchas gracias compañero! Como iba diciendo, estas tablas son más grandes y gruesas que las shortboards y tienen la punta ligeramente redondeada, algo que le da estabilidad y flotabilidad a la vez que también ofrece una maniobrabilidad excelente. Las evolutivas son tablas que hacen más cómoda la remada y por supuesto, permiten surfear las olas desde el primer día. El rocker, es decir, la corvatura de una tabla, en este caso no es demasiado prominente debido a que las tablas con mucho rocker están hechas para olas muy potentes y así girar bruscamente, y no es el caso. En cuanto al borde de la tabla, el canto, es redondeado y la popa de ésta es de tipo squash, la más estandar, una cola cuadrada pero algo más redondeada con lo que se consigue mayor estabilidad en la ola. Lo único que le falta a la tabla es añadirle el Grip para así conseguir un mayor agarre.

Go surfing!

Grandes momentos de surf, playa y olas me esperan con esta maravilla, o al menos, eso es lo que espero yo. A día de hoy, ya entrado en el mes de septiembre, la temporada de verano se da por finalizada y ya podemos ir con más tranquilidad a la playa sabiendo que no vamos a jorobar a ningún bañista. Ahora, y hasta el próximo mes de junio, la playa estará libre de veraneantes y domingueros, disponible y puesta a punto para aquellas personas que verdaderamente valoran estar en en un paraje así y no van sólo por el hecho de que es verano y hay que tostar la piel. Personas que necesitan estar en una playa para poder relajarse, entrar en armonía con ese lugar. Otros pocos sin embargo van con sus cañas de pescar y pasan largas horas contemplando el horizonte.

Pero no obstante, en esas fechas y, dentro del agua, podrás distinguir unas manchas negras que de vez en cuando se mueven astuta y rápidamente. Chicos y chicas enfundandos en esos trajes negros y que practican el que probablemente sea el mejor deporte de todos los tiempos. Si alguna vez los ves, si nos ves, míranos, porque seguro que te entran ganas de probar.

¡Ahora la playa es nuestra!


Comienza mi etapa favorita del año

Como ya hiciera el año pasado por estas fechas, desde Anhelarium, quiero darle la bienvenida, y con los brazos bien abiertos, a la primavera, mi etapa favorita del año. Tal es así, que lo ideal para mí sería vivir en una eterna primavera, una primavera perpetua en la cual pueda disfrutar todos los días de esos espirituales amaneceres y nostálgicos  atardeceres que sólo el buen tiempo de la primavera y el verano nos puede regalar.  Pero aquí, como ya hiciera en el anterior artículo, tengo que puntualizar mi bipolarismo con respecto al verano. Me encanta el verano, la playa,  el no tener que estudiar y tener todo el tiempo del mundo para uno mismo, pero el calor, el abrasante calor que uno sufre en los meses de julio y agosto es cuanto menos, angustioso. Todo lo contrario en primavera. Ni frío ni calor, el tiempo perfecto. Puedes ir a la playa en cazadora vaquera, darte unos chapuzones y volvértela a poner, no pasa nada, sigues igual de bien. Además, yo nací en primavera, concretamente un veinte de mayo de hace ya, casi veinticinco años.

Pero para mí, la diferencia de temperatura no es lo más importante. Lo verdaderamente significativo para mí, es que tras pasar meses de frío, lluvia,  y grisáceos días, regresa una vez más el color, el buen tiempo, y con él, el ánimo, la luz, la alegría y las ganas de regar todos tus sentidos de valiosas sensaciones que sólo el buen contemplador (algo de lo que hablaré en breve en esta página) sabe distinguir y apreciar.

¡Bienvenida seas otro año más preciosa!

 


El mejor verano de mi vida

Antes que llegara Armando entraba en Casa Cayetano a comprar las dos litronas de rigor, y bien fresquitas. Aún era menor de edad, pero Cayetano conocía bien a mi padre, bueno, y a todos nosotros. Y es que en ese bar de gargajeros hacían muy buenos montaditos, así que mi hermana Dèsirèe, mi padre y yo, pasábamos algunas noches de verano sentados en la terraza de Casa Cayetano, que realmente no era una terraza y tampoco se llamaba Casa Cayetano. Lo que era la terraza era en verdad un aparcamiento perteneciente a la Avenida Andalucía, donde antiguamente vivíamos, así que Cayetano se apropió del aparcamiento que daba justo frente a la puerta del bar y puso un vado permanente allí mismo. De tal manera que, entre dos coches aparcados, te encontrabas con dos mesas predispuestas para el deleite de los clientes. Hay que reconocer, que el aparcamiento no era muy estrecho, para nada, sin ser muy grande, ciertamente se estaba a gusto. Y por último, el bar tenía por nombre BAR SAN MARCOS, pero como el dueño era Cayetano, conocido por muchos, y es algo típico de Andalucía llamar a los bares “Casa de (inserte aquí el nombre del dueño del bar)”, pues de ahí su nombre.

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Aquellas noches de terror…en la cocina

No, no veía fantasmas en la cocina de mi casa, ni había monstruos en la despensa ni espectros en el frigorífico, nada de eso. Lo que había, era algo tan simple como una tele. El típico televisor de los noventa, pequeño, diecisiete pulgadas, de esos que tenían una ruletita para el volumen (como la típica radio de abuelo) y diez botones para cada canal, los cuales sólo cogía los principales porque nadie tenía ni zorra de cómo sintonizar esa tele que solo se usaba para que mamá pudiera ver a la María Teresa Campos mientras hacía la comida. Esa tele que se quedaba encendida horas porque nadie se acordaba de apagarla cuando la comida estaba lista y nos poníamos todos juntos a comer en el salón.

Pues a esa tele, le debo mucho y con lo tremendamente friki que soy, si mis progenitores no la hubiesen tirado, aún la conservaría, aunque sólo fuese para tenerla de recuerdo.

Gracias a esa tele, pude disfrutar de un centenar de pelis de terror mientras mis padres y mis hermanas se divertían con Emilio Aragón y su Gran Juego de La Oca.

Cuando todos pensaban que estaba en mi habitación, jugando con los Action Man, o simplemente durmiendo, yo me acercaba sigiloso como una ninja a la cocina, encendía la tele y ponía la segunda cadena, donde todas las semanas (no recuerdo el día exacto, aunque me da que eran los martes), ponían cine de terror. Esas noches siempre están en mis recuerdos, nunca las olvidaré.

Me tragué alguna que otra mierda, porque no todas eran buenas películas. Aún me viene a la memoria aquella película de cuyo título no me acuerdo, en la que un grotesco vampiro, atormentado de serlo y locamente enamorado de la sirvienta de un adinerado del pueblo, iba matando ridículamente y sin piedad a todo aquel que se pusiera por delante. A esa edad, no es que tuviera un gran criterio cinematográfico, pero no hacía falta ser ni tan siquiera medio listo, para darse cuenta de lo mala que era.

Pero por suerte, no era así. Por suerte, la mayoría de las veces pude disfrutar de películas que a día de hoy, son todo un clásico para el amante del cine de terror.

La primeras pelis de la saga Halloween, Pesadilla en Elm Street, El Exorcista, Evil Dead, Creepshow, ambas de 1982,  La Noche de Los Demonios (Night Demons) de 1987, o la gran Fright Night de 1985 entre otras, sin olvidarme (¡faltaría más!) de otras grandes como Poltergeist, La Cosa, Jóvenes Ocultos, etcétera. Hay algunas que tengo en mente, pero no recuerdo nada que las pueda identificar para así buscarlas en google, pero también me hicieron pasar una noche acojonante.

Se dibuja una sonrisa en mi cara (como ahora), cuando recuerdo aquella vez que mi hermana, entraba en la cocina y sorprendida, encendia la luz a la vez que gritaba: Mamaaa el niño está en la cocina viendo pelis para adultos!!

Chivata…

 


Algo para no olvidar jamás

Esperar el tren no siempre es desesperante, aunque depende de la prisa que lleves. La puntualidad es una de las pocas virtudes que tengo, y si, viendo la poca importancia que le da mucha gente al tiempo, llegando tarde a todos lados, creo que la gente que tenemos una hábil  puntualidad inglesa, somos dignos de condecoración. Por lo tanto, el tiempo que uno espera al tren lo puede pasar leyendo, escuchando música, o algo mejor, se puede tomar ese tiempo para reflexionar, pensar, que eso nunca está de más.

Ahí me encontraba yo, como siempre, sentado en ese frio banco con las piernas cruzadas y meditando en lo que iba a hacer, intentando juzgarme a mí mismo de la manera más objetiva, concibiendo más pensamientos, cada cual más agobiante.

Jamás había encontrado la estación tan silenciosa. No pasaba ningún tren y los únicos moradores que daban un poco de vida al lugar éramos tan sólo dos personas. Yo, y un hombre mayor cuyos ronquidos le daban un toque algo cómico a la situación. Qué poca cosa le esperaría en su parada de destino para estar tan tranquilo, tan tranquilo que estaba el sujeto totalmente dormido.

A pesar de ser muy temprano, el sol ya nos daba los buenos días. Hacía una mañana espléndida.  La luz del sol iluminaba mi cara y era reconfortante notar el calor.

Cerré los ojos, estiré mis piernas y me acomodé. Para la llegada del tren aún faltaban algunos minutos.

Pero muy poco duraría ese momento de templanza y tranquilidad. En tan sólo un instante, todo cambio en el momento en que abrí los ojos y dirigí la mirada hacia ella.

Tengo que tener mucho cuidado con lo que voy a decir ahora, porque intentar explicar con palabras cómo era, es algo realmente complicado.

Todo lo que pueda expresar sobre ella, sería prácticamente inútil. Nada de lo que dijera, le haría justicia. Pretender definirla, es como intentar explicarle a en ciego cómo son los colores de todas las cosas que nos rodean.

En todos estos largos años, no he sentido nada igual. En todo este tiempo he observado a numerosas chicas pero jamás, ninguna, y menos en tan poco tiempo, me arrancó tan fieramente el corazón.

Hubiese dado la vida por ella en aquel instante si fuera preciso. Era lo más hermoso que jamás he visto.

A medida que, abstraído, la miraba, ella se acercaba más. Tenía una elegante manera de andar, como si realizara una extraña danza apenas apreciable.

Y ahí la tenía. Sentada a mi lado. No podía dejar de mirarla. No pretendía intimidarla. Me obligué en incontables ocasiones a mirar hacia abajo para no incomodarla. Pero os prometo, que era realmente difícil no hacerlo.

Jamás el sol ilumino tan bella criatura. Sus rubios cabellos brillaban como si tuviesen amanecer propio. Sus ojos, grandes negros como una noche sin estrellas, contrastaban excelentemente con el brillo de su nívea cara.

No sé el tiempo que pasó, pero su belleza retuvo toda mi atención y si no fuera porque ella se levantó, no me hubiese percatado de la llegada del tren. En ese instante, en lo único en que pensaba, era en poder sentarme a su lado. No quería separarme de ella.

Orgulloso estoy de haberlo logrado. Pude sentarme junto a ella. Me sentía como un intruso. Como si ese no fuese mi sitio. Como si le hubiese quitado el trono a un rey y me hubiera sentado al lado de su reina.

No sabía hacia dónde se dirigía, pero deseaba con todas mis fuerzas que el viaje durara el mayor tiempo posible. No quería dejarla, no quería separarme de ella. Podría vivir así eternamente.

A lo largo de todo el monótono trayecto, fugazmente su mirada se cruzaba con la mía, que la tenía perpetuamente puesta en ella. Obligué a mis ojos a contemplarla sin detenimiento.

Era bella miraras desde dónde la miraras. Su cuerpo, su piel, sus manos, la expresión de su rostro. Todo rozaba la perfección.

En cambio mis manos temblaban sudorosas. Más de mil mariposas revoloteaban en mi estómago y un entibiado y leve calor abrazaba todo mi cuerpo.  Su presencia palpó todos mis sentidos dejándome totalmente embelesado. Jamás alguien me hizo sentir así.

Siempre que la miraba intentaba grabar a fuego su rostro en mi mente para no olvidar cómo era jamás. Y os doy mi palabra, que de ningún modo la olvidaré.

Nunca la había visto en mi tren y mucho menos antes. Me di cuenta que no acostumbraba coger ese trayecto ya que no se sabía las paradas y miraba atentamente las paradas una por una, temerosa de que se le pasara la suya. Eso provocó que me invadiera una tristeza enorme, al saber que jamás la volvería a ver, al menos, como la estaba viendo en ese momento, en el mismo tren y sentada justo a mi lado.

Al final llegó su parada. Educadamente me levanté para que pudiera salir y volvimos a mirarnos a los ojos. Deseé sostener su mirada unos segundos más, pero era imposible. Ella se alejó hacia la puerta del tren, y con esa elegante forma de caminar que hacía que su larga melena se balanceara radiante, se bajó.

Fue un momento amargo. A medida que se alejaba, sentía como si mi vida se fuese apagando más y más.

Desde dentro, aún la seguía con la mirada, no soportaba verla marchar. Y entonces, de la manera más inesperada, ella se giró y volvió a mirarme. Con la mirada, me estaba diciendo algo, no sabría deciros qué. Pero yo si le decía lo mucho que deseaba volver a verla. Le decía que por favor, me recordará, por mucho que pasara el tiempo, porque yo nunca me iba a olvidar de ella.

Sin saber apenas su nombre ya os puedo garantizar, que durante ese corto viaje, me hizo feliz, me hizo entristecer, la deseé y la amé.

Durante el resto del día no paraba de pensar, que había estado con un ángel.

 


Y por fin regresó la primavera…

PrimaveraPrimavera: Dícese de una de las cuatro estaciones del año de las zonas templadas, la transición entre el invierno y el verano. Dicha estación comienza con el equinoccio de primavera entre el 20 y el 21 de marzo y acaba con el solsticio de verano, 21 de junio.

¡Y por mí que durará más aún! Si, por fin ya está aquí la primavera, mi estación favorita y sin duda, la más bonita de todas.

Con su llegada, florecen las flores y el clima es mucho más cálido pero sin llegar a los sofocantes niveles de temperatura con los que nos obsequia el verano. Los días son más largos que las noches, pudiendo así disfrutar de más horas de sol. Desespera y amarga, comprobar cómo en invierno, a las seis de la tarde, ya uno se ve sumergido en una perpetua oscuridad que asfixia cualquier ansia de salir fuera y poder disfrutar de un simple paseo.

Pero con su llegada no sólo prosperan las flores y se propagan los colores por los campos. Con su llegada, las personas tienen esa sensación de libertad y armonía que sólo la primavera es capaz de hacer sentir, sobre todo a aquellas personas con gran capacidad de percepción en su interior.

La primavera nos hace libres, o al menos, un poco más libres. Libres de poder salir de casa a horas que en invierno es un autentico martirio. Libres de no llevar tanta indumentaria contra el frío y poder salir a la calle sintiendo cómo la brisa llega directamente a los poros de tu piel haciéndote sentir como si estuvieras acostado en lo alto de una nube acomodada en un claro y despejado cielo azul. Haciéndote sentir de la manera que sólo la primavera puede hacerlo.

Recuerdo cuando era pequeño, y por fin llegaba el día en que podía salir a la calle con mi camiseta y mis pantalones cortos. Me sentía libre y sobre todo, feliz. Feliz porque ya el curso nos daba sus últimos azotes y pronto acabaría. Feliz porque ya podía ir a la playa y sentir la arena con mis pequeños pies descalzos.

Pero de ese entonces ahora, este que escribe, no ha cambiado en ese aspecto. Aunque oficialmente la primavera aún no ha llegado, ayer, y con motivo de haber aprobado mis estudios, fui a la playa, a la playa donde pasé mis mejores momentos, me acomodé en la fina y blanca arena y mirando con devoción las olas del mar, me disponía a  ser el primero en darle la bienvenida a la primavera.

Bienvenida seas.