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Sin alarma, en pandemia

Foto: EFE / ElPeriodico.com

Este es el primer fin de semana sin Estado de Alarma aquí en España. Y, lo esperado. Porque sí, era de esperar que esto pasara. Si la primavera-verano del año pasado ya la gente ansiaba salir a la calle, viajar, en definitiva, hacer vida normal, era de esperar que, llegados a este punto del año, y cuando parece que vamos mejorando poco a poco, todo se intensificara. Sólo hay que ver los vídeos de como estaba ayer la estación de trenes de Atocha en Madrid, por poner un ejemplo. Y no quiero parecer que señalo a los madrileños, pues así está toda España, queriendo hacer vida como si aquí no pasara nada. El Gobierno asegura que a mediados de agosto el 70% de la población española estará ya vacunada, pero, aún así, por entonces, tampoco será el fin de la pandemia. Estoy a favor de que en cada ciudad los bares abran, que ciertas restricciones se levanten, incluso, si cabe, que en cada Comunidad Autónoma se pueda viajar entre provincias, como ya se viene haciendo desde hace unas semanas. Pero que en estos momentos se permita viajar por todo el país, como antes de que irrumpiera esta maldita pandemia, lo siento, pero no me parece lo más sensato. Después de tanto esperar, de tanto esfuerzo, no perderíamos nada si aguantáramos un poco más. Todo lo contrario, ganaríamos bastante. Pero así es cómo los políticos de nuestro país han querido manejar la situación. No voy a entrar a desgranar cómo han manejado nuestros políticos esta crisis desde que comenzara hace poco más de un año, pero algo tengo muy claro, y es que las contradicciones, la falta de concreción, que unos digan una cosa, otros otra, las riñas entre los distintos partidos políticos en plena pandemia cuando más unidad hace falta, todo ello, ha hecho que los ciudadanos no se hayan tomado más en serio las medidas sanitarias, que se hayan relajado. Hemos visto mogollón de fiestas ilegales en estos últimos meses, de ver calles cada vez más llenas, y ahora hemos pasado a las aglomeraciones. No es mi intención criminalizar a nadie, ni que yo fuera ejemplo de algo, pero ¿qué pensarán las próximas generaciones de nosotros? Ojalá me equivoque, pero teniendo en cuenta que los meses de junio y julio del pasado año y, más concretamente la pasada navidad, causaron preocupantes repuntes en contagios y muertes, cuando veo esta despreocupación, este desfase, pienso que sufriremos una nueva ola. El pasado verano entendí que se experimentara y se dejara viajar, pero las olas posteriores fueron devastadoras. Teníamos peores números en la segunda y tercera ola que en la primera, cuando toda esta mierda comenzó. Si esta laxitud en las medidas, y esta actitud por parte de la ciudadanía, provoca que la crisis sanitaria se acentúe, seremos la generación más absurda a ojos de las futuras. No solo estamos ante una crisis sanitaria, también económica, por eso no me opongo a que se levanten ciertas restricciones, pero hay que mantener la normativa, seguir las indicaciones sanitarias, hace falta mayor perspectiva común. Entiendo a los más jóvenes, porque no es lo mismo que esta crisis te pille con treinta o cuarenta años que con quince o veinte. A los más jóvenes se les ha robado casi dos años de sus vidas. No me quiero ni imaginar lo frustrante que debe ser comenzar tu experiencia como universitario, tu primer año de carrera, en estas circunstancias, por eso no pretendo señalarles únicamente a ellos, esto es sólo una crítica constructiva, para todos. Los ancianos han sido los que más han sufrido, pero no los únicos. Todos estamos sufriendo en distintos niveles y de distintas maneras. Pero sigue faltando más pedagogía, la suficiente para que ahora, que parece que estamos en la recta final de la pandemia generada por el Covid-19, no hagamos el ganso. Aún resuenan en mis oídos esos aplausos desde los balcones, ¿dónde ha quedado ese espíritu solidario?


Sobre antifascismo y ‘antifas‘. Fascismo por todos lados

Me van a perdonar sus señorías, pero creo más necesario que nunca recomendar a más de uno que reajuste su radar antifascista, porque algunos ven fascismo donde no lo hay. Llamar fascista a un trasnochado que va con la bandera del aguilucho me parece dar en el clavo, porque a cada cosa se la llama por su nombre. Pero llamar fascistas a unas señoras que, contentas ellas, se manifiestan cívica y pacíficamente, ataviadas con sus cacerolas y sus banderas de España a los hombros, no me parece muy acertado ni sensato. Algunos están tan obsesionados con el fascismo que son capaces de ver fascismo hasta en un Bollycao caducao. Esto lo digo por aquellas manifestaciones que a mediados del mes pasado se sucedían a diario por las ciudades de nuestro país. Y no, no me refiero a la manifestación motorizada programada por el partido VOX, me refiero a toda esa gente que, bastante antes, de forma esporádica y sin que ningún partido lo orquestara, se echaba a la calle a expresar su descontento por la gestión del Gobierno frente a la crisis del Covid-19. A medida que avanzaba el mes de mayo, a todos se nos dejaba salir a partir de las ocho de la tarde para hacer deporte y pasear y los vecinos de la famosa calle madrileña Núñez de Balboa aprovecharon para protagonizar una cacerolada contra el Gobierno. Los días pasaban y, pareciendo que todo quedaría ahí, en algo anecdótico, poco a poco las caceroladas se fueron extendiendo por toda España. Lo que comenzó en un barrio adinerado se extendió por barrios de toda índole y por todas las ciudades de nuestro país. Pero la mecha se encendió cuando un grupo de nueve personas, ocho personas de edad media y una chica joven (que son los que se ven en el vídeo que corría por Twitter en esos días) decidieron darle a las cacerolas en pleno barrio de Vallecas, el barrio antifascista por excelencia. ¿Personas con mascarillas, cacerolas, protestado contra el Gobierno de forma pacífica y encima ataviadas con la bandera constitucional española? ¡Ni hablar! Eso era demasiado fascista para un barrio como Vallecas y claro, no tardó en echarse a la calle la muchachada ‘antifa’ a plantarle cara a los descarados facciosos. Vean el vídeo y juzguen ustedes mismos. En él se puede observar como casi una treintena de antifascistas rodean e increpan a nueve personas (quizás alguna más) al grito de ‘fascistas’ y ‘fachas’ que, para esta gente, en verdad creo que ambas cosas vienen a significar lo mismo. Al poco tiempo los ánimos se encendieron más en la cacerolada de Alcorcón. Allí se dieron cita más antifascistas para plantarles cara a los peligrosos fascistas que, como en los vídeos se puede comprobar, casi todos superaban los cincuenta años y como buenos fascistas, aporreaban con energía sus cacerolas y agitaban sus banderas. Aquí la tensión fue aún mayor, los jóvenes antifascistas se mostraban más alterados, quizás porque ante sus ojos veían cómo cada vez salían más fascistas a la calle. Todo eso provocó que, con los días, minoritarios grupos de extrema derecha o fascistas se echaran a la calle con sus banderas pre o anti constitucionales para contestar de alguna forma a los grupos de extrema izquierda que tanto hostigamiento habían mostrado a los pacíficos manifestantes de las cacerolas. Se unieron a la fiesta unos radicales que quisieron hacer frente a otros radicales. Pero estos últimos en unirse a la fiesta no eran más que una marginalidad en comparación a la cantidad de gente que de manera pacífica se manifestaba en las calles. Otro de los vídeos virales y que sus señorías pueden encontrar fácilmente buscando en Twitter, fue uno ubicado en una céntrica calle de Sevilla. Unos chicos, con pintas de anti sistema, increpaban a los manifestantes que se hacían notar por el centro de la capital hispalense haciendo sonar sus cacerolas y luciendo con orgullo sus banderas. Una chica del grupo, la más alterada, comienza a llamar “Hija de puta” y “Fascista” a una señora que le reprochaba su actitud violenta.

Imagen: elindependiente.com/ Agencia EFE.

‘ANTIFAS’, los paladines de la libertad y la democracia

Grupúsculos antifascistas, o más conocidos como ‘antifas’, muchachitos y muchachitas militantes de la extrema izquierda, los paladines de la libertad y la democracia que durante esos días increpaban a quienes se manifestaban libre y pacíficamente. Y que conste, que no me parece mal que ellos se manifiesten frente a los que se manifiestan para criticar al Gobierno. La libertad de expresión debe ser siempre multidireccional. Pero esto es algo que a veces éstos no entienden. Las calles son siempre de ellos, o eso gritan constantemente, y lo demás es fascismo, todo es fascismo. Sus señorías me van a permitir que os cuente algo. Los falangistas, cuando la Falange Española aún no tenía ni un año de existencia, allá por su fundación en 1934, tenían como hobby (entre otros de dudoso gusto, claro), el reventar actos y charlas de partidos y organizaciones contrarias. Allá donde había un acto de la UGT, etcétera, allí estaban los falangistas reventando el acto. Ojo, que esto, en aquellos años treinta del siglo pasado era común que lo hicieran tanto unos como otros. Pero el caso es que era habitual ver a los camisas azules reventando actos culturales y políticos. Pues bien, los antifascistas o ‘antifas’, hoy día, de vez en cuando, tienen la misma costumbre. Yo los he sufrido en mis propias carnes. Cuando estaba en Madrid, estudiando la carrera de Derecho, estaba programada en una de las aulas de mi facultad una conferencia del famoso economista Juan Ramón Rallo, conferencia que no pudo celebrarse en condiciones normales porque un grupo de ‘antifas’ reventaron el acto de forma violenta. Hasta tuvieron el detalle de tirar una bomba fétida, porque ya saben, para destruir al fascismo cualquier arma es poca. La intención del grupúsculo antifascista era protestar contra el capitalismo y sus voceros. Sí, si hubiesen sido los falangistas (que aún hoy existen) los que de manera violenta hubieran reventado el acto, los mismos antifascistas dirían que fue un agresión fascista, y que al fascismo no se le combate sino que se le destruye y todas esas cosas. Pero como el acto lo reventaron ellos, los buenos, los que tienen la única ideología solidaria, la moral pulcra y correcta, y sus luchas son todas loables, pues todo okey, José Luís, todo okey, todo okey. Pero mi intención, tras contar esta anécdota vivida, no es la de demonizar a todo el colectivo antifascista y sus distintas coordinadoras y demás. Sé que el movimiento antifascista es muy amplio, imagino que entre sus filas habrá quienes no compartan estas actitudes. Pero estas cosas suceden y no está de más recordarlo, aunque uno quede como un demonio fascista al hacerlo.

Yo no concibo un régimen que no sea puramente parlamentario y democrático, claro que no se puede ser demócrata sin ser antifascista, el problema es que hay mucho antifascista que tiene poco de demócrata.

Los motivos por los que en esas tardes de mayo los ‘antifas’ increpaban a los manifestantes de las cacerolas y las banderas rojigualdas al grito de “Fuera fascistas de nuestros barrios”, eran los siguientes: que estaban incumpliendo la distancia de seguridad y poniendo en peligro la seguridad de todos (se ve que ellos no la incumplían, ellos son inmunes al coronavirus); que se manifestaban contra un gobierno legítimo (parece ser que expresar tu desacuerdo pacíficamente contra el gobierno de turno ya equivale a querer dar un golpe de Estado); por defender la derecha (¿con qué exactitud afirman que todos los manifestantes eran de rigurosa derecha?) sus privilegios cuando nunca se manifiesta por la Sanidad Pública como hacen solamente ellos. De hecho en los encontronazos de aquellos días, muchos antifascistas gritaban “¡Sanidad Pública!“, pero, ¿acaso los de las cacerolas proferían gritos a favor de la sanidad privada? ¿Se estaban manifestando contra la Sanidad Pública? Porque me parece a mí que no. Es más, en redes sociales y en las calles se dejaron ver muchos sanitarios con sus banderas de España apoyando las manifestaciones; y por supuesto, por ser fascistas. Porque es algo automático, son ellos y el fascismo, si no estás con ellos, eres fascista, es así de simple. Y si encima llevas una bandera de España, por muy constitucional que sea, con más razón. Claro, estamos actualmente ante un Gobierno de coalición de izquierdas, según parece además, es el gobierno más progresista de nuestra joven democracia, y esto hace que cualquier discrepancia contra el Gobierno, por superficial que sea, te convierta en un fascista. Es de cajón. ¿Cómo no entenderlo? Y que conste que yo no salí a la calle ningún día a protestar contra el Gobierno actual y su gestión. De hecho estoy seguro que si gobernara la derecha, la cifra de muertos hubiese sido la misma. Gobernara quien gobernara, este virus se iba a cebar igualmente con el país. Y otra cosa, ¿acaso si gobernara la derecha de Mariano Rajoy en estos días, las izquierdas no hubiesen salido a la calle a protestar y a expresar su descontento por los motivos que fuera? ¿Se hubieran manifestado de la misma manera que los “fascistas” de las cacerolas? Porque estos seres fascistas dados a la percusión con enseres de cocina no quemaron ni destrozaron mobiliario alguno como sí suele suceder en manifestaciones de la extrema izquierda. Acuérdense de cuando entró VOX al parlamento Andaluz aquel mes de diciembre, los disturbios (pocos, todo hay que decirlo) que hubo. Si toda esta gente, que a mediados de mayo se echaron a las calles golpeando cacerolas y gritando “Sánchez Dimisión“, fue tachada de fascismo, no me quiero ni imaginar qué pasaría y qué dirían si lo hubieran hecho como la izquierda radical ha hecho en ocasiones.

Imagen: abc.es/ Guillermo Navarro

Imagínense que fuera al contrario, que grupos de izquierdas se manifiestan y vienen otros a boicotearles la manifestación. Ya sé qué alegarían, ¡que es un ataque fascista! Porque protestar parece ser que sólo pueden protestar ellos. Ya saben, ellos contra todo lo que no sea ellos, y todo lo que no sea ellos, es fascismo. La actitud de la izquierda moderna, tanto la izquierda política como la mediática, me parece un delirio. Me parece extremadamente peligroso e irresponsable que incluso cargos públicos a través de sus perfiles de Twitter definieran como fascistas o fascismo a todas esas personas que se congregaban a cierta hora de la tarde en las calles para protestar cacerola en mano. En esos días se hablaba de las dos Españas, de enfrentamiento entre españoles. Pero yo no vi eso, no se veía eso. En primer lugar porque la mayoría de españoles se encontraban en sus casas, porque por mucho que se extendieran las caceroladas por todo el país, y fueran bastante numerosas, esos manifestantes eran sólo una ínfima parte de la ciudadanía, y si ellos eran una ínfima parte, no quiero decir ya lo que representaba la extrema izquierda que orquestaba las contramanifestaciones: la marginalidad de la marginalidad. No se veía en ningún momento a un país dividido, lo que se veía eran grupos marginales de extrema izquierda queriendo boicotear las manifestaciones de personas que ejercían su plena libertad para protestar pacíficamente. Esto no quita, como siempre, que entre esas congregaciones de personas que mostraban su descontento, hubiera algún cabeza de chorlito que insultara o cayera erróneamente en provocaciones, porque de todo hay en la viña del Señor. Ninguna congregación de personas, sea del color político que sea, está exenta de tener entre sus filas a un tonto haciendo tonterías. Y eso se pudo comprobar, ahora sí, en la manifestación motorizada liderada por VOX. Ahí se pudo ver a varios idiotas y a algún que otro orangután homófobo. Pero aún así, tampoco me parece sensato y ajustado a la realidad llamar fascistas a los que acudieron al llamado de VOX aquel día.

Imagen: larazon.es/ Agencia EFE/Paolo Aguilar

Pero no todo el que discrepa es un odiador cuya misión es atacar a homosexuales, mujeres e inmigrantes. Que no me vengan con la famosa paradoja de tolerancia descrita por Karl Popper, que me la conozco bien.

ANTIFASCISMO como concepto y no como propaganda

Que desde las izquierdas llamen facha o fascista a todo aquel que les discrepe, aunque sea de la manera más superficial, en algún tema concreto, es algo que no ocurre desde hace poco, todo hay que decirlo. Esto ya es mas viejo que el hilo negro. Pero en estos últimos años se ha acentuado bastante, muchísimo, no hay término medio. Si muestras discrepancia, si tu punto de vista es distinto al de los seres de luz antifascistas que pululan por todos los rincones de las izquierdas, eres un fascista. ¿Cómo osas llevarles la contraria? Ellos cabalgan a lomos del bien y de la verdad en todo momento y en cualquier debate, el único relato válido es el suyo. En estos últimos años, a través de las redes sociales, entrevistas en la televisión, etcétera, desde las izquierdas se alude constantemente al antifascismo y a eso de que no se puede ser demócrata sin ser antifascista. Sacan a lucir su antifascismo a la mínima oportunidad. Recientemente la ministra de Igualdad, Irene Montero, en una rueda de prensa, instaba a la UE a tomar una decisión “Antifascista” y “Valiente” ante la crisis del Covid-19. ¡Ya tardaba el coronavirus en ser fascista, oiga! Yo no le veo ningún problema al concepto antifascista, el problema lo veo en quienes ondean el estandarte del antifascismo día sí día también. Yo no concibo un régimen que no sea puramente parlamentario y democrático, claro que no se puede ser demócrata sin ser antifascista, el problema es que hay mucho antifascista que tiene poco de demócrata. Siempre me ha interesado la política y el politiqueo (que no es lo mismo), y siempre he estado pendiente de lo que dicen unos y otros. Y durante muchos años he visto cómo muchos izquierdistas, tan antifascistas y anti franquistas ellos, luego se hacen pajas de sangre pensando en otros regímenes totalitarios o dictadores (véase la foto de arriba). A mí, nadie que tenga sueños húmedos con regímenes totalitarios, sean del color y signo que sean, puede darme lecciones de libertad y democracia.

“¡Soy antifascista, así que nada de lo que diga o haga puede ser usado en mi contra!”

Sí, antifascismo como concepto, pero no como propaganda. Me refiero al antifascismo como rechazo a cualquier movimiento totalitario, pero no al antifascismo como avanzadilla propagandística de las ideas y actitudes de la extrema izquierda. Muchos, la mayoría de estos grupúsculos antifascistas, tienen un claro marco mental y político, una línea de pensamiento muy marcada. En todos estos grupos antifascistas, salvando excepciones, impera un pensamiento monolítico aunque te intenten vender que siempre hay transversalidad entre sus filas, como ocurre con el feminismo moderno. Cualquiera le discrepa algo, por mínimo que sea, a una feminista de determinada corriente, automáticamente ya eres enemigo de la mujer. Pero esto es otro tema. Conozco bien la línea de pensamiento de muchos de estos grupos: anticapitalismo, comunismo, independencia, a grandes rasgos. Bajo su estandarte antifascista hay unas ideas las cuales, si no comulgas con ellas, eres un fascista. Y claro que comparto ciertos valores con los antifascistas de extrema izquierda, ellos se posicionan contra el racismo, la homofobia, la xenofobia, y cualquier persona decente está contra eso. Pero eso no te da carta blanca para hacer y decir todas las barbaridades que te plazca. “¡Soy antifascista, así que nada de lo que diga o haga puede ser usado en mi contra!”. Algunos utilizan estas luchas loables y su bandera antifascista para comportarse en ocasiones como verdaderos fascistas. Claro, como ondeo la bandera antifascista, ergo soy de los buenos, todo lo que haga y diga está completamente justificado y diré que los que tengo en frente son los fascistas. Menuda táctica…A veces uno en estos grupúsculos ve un nivel de sectarismo inimaginable. Ellos son los únicos en tener razón, toda persona que difiera es señalada, atacada y deshumanizada como si de una bestia fascista come niños se tratara. La “superioridad” moral e intelectual de estos individuos es abismal. Discrepar de alguna medida tomada por el Gobierno o de alguna o algunas ideas de la izquierda no te convierte automáticamente en un fascista xenófobo que odia a todos.

El antifascismo puede llegar a dar bastante asco según se lleve a la práctica. Una prueba de este antifascismo de propaganda política lo podemos encontrar en una de las mayores vergüenzas sucedidas en la Europa de posguerra, el conocido Muro de Berlín. El verdadero nombre de este muro, el nombre oficial que la RDA dio a esta construción, fue “Antifaschistischer Schutzwall”, en castellano: «Muro de Protección Antifascista». Este muro fue un símbolo fracasado del totalitarismo soviético, donde se disparaba a matar a todas esas personas que intentaban cruzarlo. El muro de la vergüenza, como también se le conocía, por separar durante años a familias y ser la causa de tantas muertes. Ese muro se tumbó con la valentía de quienes con amor, anhelaban la libertad y la democracia. Traigo a colación este capítulo de la historia porque el antifascismo llevado de la mano de algunos, también puede encerrar peligros. Bien es cierto que ese muro no simbolizaba el socialismo en sí, como ideología, ideología que no comparto pero respeto, sino más bien un Estado burocrático y policial que lejos estaba de una verdadera democracia. Y a lo largo de mi vida me he topado con izquierdistas que lamentan la caída de dicho muro, porque con su demolición, cayeron los sistemas socialistas y sus anhelos.

No quiero irme por las ramas ni hacer de esta entrada de blog un escrito largo y aburrido, pero es muy peligroso para el respeto y la convivencia que se demonice a todo aquel que no piensa de determinada manera. No voy a comprar jamás argumentos cargados de odio. Y sí, claro que desde rincones donde pululan la extrema derecha y los ambientes más conservadores, se lanzan igualmente barbaridades que de nada sirven y en nada ayudan. Pero no todo el que discrepa es un odiador cuya misión es atacar a homosexuales, mujeres e inmigrantes. Que no me vengan con la famosa paradoja de tolerancia descrita por Karl Popper, que me la conozco bien. Esto va más allá. No nos engañemos, la opinión pública siempre la ha manejado la izquierda, o las izquierdas. Y desde sus púlpitos, tanto políticos, periodistas y tertulianos, constantemente, se trata, y sin el más mínimo pudor, de fascista a quien exprese su disconformidad, aunque lo haga cívicamente y con argumentos. Y que conste que, aun apoyando en estos últimos años a la derecha,  no me considero el típico derechista rancio y ultra conservador, porque la derecha en España, VOX más que el Partido Popular, suele ser conservadora, y yo nunca he sido ni seré de posiciones conservadoras. Aunque esto generaría considerable debate sobre qué es o no conservador, según se mire. Y aunque en mi adolescencia sí fui muy de izquierdas, con el tiempo me alejé de sus ideas peregrinas y sus filias y fobias. Me causan mucha desafección las izquierdas de este país. Políticamente, este que os escribe siempre ha andado huérfano y durante muchos años ni tan siquiera ha ido a votar. 

A lo que iba, y para ir terminando, que una mitad demonice de esta forma a la otra hará que la sociedad se vuelva a bipolarizar, y gobierne quien gobierne, siempre habrá una mitad fanática que piense que está siendo gobernada por los malos a los que hay que derrocar. Desde la pluralidad política y los valores democráticos, hay que fomentar el respeto y la convivencia. Es cierto que en política siempre habrá debates acalorados, y más en España, país políticamente algo maldito, más aún. En política no hay nubes de algodón ni camino de rosas, todo son dentelladas, pero siempre manteniendo una serenidad, al menos así debería ser. Porque deshumanizar al contrario, fanatizar a las masas, no nos va a llevar por el buen camino.


Vuelta a la (nueva) normalidad

En Estado de Alarma

Seguimos en Estado de Alarma y ya se habla que el Gobierno quiere prorrogarla una vez más, sería la quinta y, supuestamente, última prórroga, haciendo que este Estado de Alarma se extienda por un mes más. La cuarentena a la que hemos estado sometidos durante poco más de mes y medio comenzó a levantarse el pasado 2 de mayo, donde se establecieron unas horas de salida para los jóvenes y personas mayores y un toque de queda, a las 23:00 horas, todos en casa recogidos. A medida que avanzaron los días el Gobierno elaboró un nuevo plan de desescalada, consistente en que las Comunidades Autónomas, en función de su número de infectados y fallecidos, pasara por distintas fases y en tiempos distintos. Desde hace unos días gran parte de Andalucía (salvo Málaga y Granada), junto a otras Comunidades Autónomas, estamos en la Fase 1 mientras Madrid o gran parte de Cataluña sigue en la Fase 0. En esta Fase 1, ya no hay horarios como en los primeros días de mayo, puedes salir a cualquier hora del día. Los negocios han abierto, aunque no todos, y muchos bares han hecho lo mismo, aunque sólo pueden abrir los que tengan una terraza y sólo disponer de la mitad del aforo. En algunas ciudades se ha visto cómo mucha gente a abarrotado terrazas y bares, gente a la que no le importa lo más mínimo que tengamos casi 30 mil muertos en este país. Ya el día 2 de mayo, cuando la gente podía salir de 06:00 a 10:00 de la mañana para hacer deporte y, caída ya la tarde, de 20:00 a 23:00, se vieron varios paseos marítimos y plazas repletos de gente, cientos y cientos de personas que no mantenían la distancia de seguridad. Quiero aclarar que, en mi opinión, y creo que es la mayoritaria por suerte, los españoles hemos tenido un comportamiento ejemplar durante todo el confinamiento, pero el día 2 a miles de personas les pudo la ansiedad por salir y, como se pudo comprobar en las noticias, hubo un serio descontrol. Durante los días siguientes, antes de entrar en la Fase 1, la gente seguía llenando las calles pero concienciada del error, todos se molestaron más en mantener la distancia de seguridad. Ya en Fase 1 los cuidados no son los mismos y eso es un gran error: no nos podemos confiar. Sigue muriendo más de un centenar de personas cada día, pero parece que, como ya no son tantas como semanas atrás, ya no impacta mucho. Muchos parecen que se contentan con que cada vez haya menos, pero es que siguen siendo muchos los muertos diarios. Eso me perturba, que la gente normalice los escalofriantes datos que siguen habiendo.

Imagen: ciphr.com

¿Qué vamos a aprender de esto?

No quiero ser cenizo o pesimista, pero creo que esta crisis del Covid-19 poco va a cambiar nuestra sociedad. Recuerdo los primeros días, incluso antes del confinamiento, cómo a muchas personas se les iba de las manos el asunto y en los supermercados compraba como si fuera el fin del mundo. Esas escenas dejaron de verse en los siguientes días puesto que quedó meridianamente claro que no sufríamos ningún tipo de problema de abastecimiento. Pero de haber sido así, no me quiero ni imaginar la irracionalidad e insolidaridad a la que hubiéramos llegado. Peor que en cualquier película de ficción, seguro. Creo que, lo único que vamos a aprender, y que no es poco, es eso de valorar más a los nuestros. Es la única lectura positiva que puedo sacar. A nivel colectivo poco creo que vayamos a mejorar, pero a título individual, quizás sí. Ahora valoraremos más la compañía de nuestros seres queridos. La gente ha podido comprobar lo duro que es no poder visitar a unos padres, no poder abrazar a unos nietos,  unos hijos, no poder quedar con la pareja o amigos. Este virus nos ha prohibido besar y abrazar a la gente a la que amamos. Creo que esto es motivo de sobra para que aprendamos muchas cosas y mejoremos como personas. También puede hacerse extensible esto a las pequeñas cosas, algunas insignificantes a priori, que tan feliz nos hace ser. Hablo de el simple hecho de pasear, de contemplar una puesta de sol, de disfrutar de un café en tu terraza favorita, etcétera, etcétera. Cualquier cosa que te hiciera feliz hacer, por pequeña que sea, después de sufrir esta pandemia mundial debería hacerte aún más feliz, disfrutar más de esos detalles, de esos momentos, de esas personas.

La mayor catástrofe del mundo moderno

Nuestra civilización ha pasado por grandes tragedias, ha sufrido dos guerras mundiales y, aunque tampoco es que haya pasado una infinidad de tiempo desde aquél año 45 del siglo pasado, bien es cierto que esos años parecen corresponder a un tiempo mucho más lejano, a un mundo ya acabado. El mundo de ahora es radicalmente distinto, las sociedades de hoy son otra cosa. Hemos avanzado mucho en menos de cien años. Esto que estamos viviendo es todo un hito. Algo inimaginable hace unos meses. Me da mucha tristeza saber que tantos niños y jóvenes estén pasando por esto. Afortunados debemos sentirnos de no haber sufrido algo así en nuestra infancia o adolescencia, porque esto marca para toda la vida. Aunque tú y los tuyos salgáis indemnes de esta pandemia, igualmente quedarás marcado para toda la vida. Y más aún para aquellos que están viviendo estos duros momentos a una edad tan temprana. Pero lo que más pena y rabia me provoca, es la de saber que aquellos que más trabajaron, que más sufrieron y peores momentos aguantaron, son los que más lo están padeciendo las consecuencias, los que se nos están yendo. Hablo de nuestros mayores, las potenciales víctimas de este maldito virus. Las personas que ayudaron a levantar el mundo que hoy nosotros, lo más jóvenes, disfrutamos, son los que más están padeciendo las consecuencias. Más del 80% de fallecidos son personas con más de 70 años de edad. A uno se le parte el alma sólo de pensarlo. ¿Os habéis parado a pensar cómo estaríamos si este virus también atacara a los niños? Si este u otro virus no sólo provocara la muerte de millones de personas adultas sino también la de niños y jóvenes de todas las edades, definitivamente no volveríamos a levantar cabeza jamás. Por suerte ese escenario no se está dando y de cara a un futuro, todos los países deben de montar sistemas de prevención para que, de ocurrir de nuevo, podamos combatir una crisis así con mayor rapidez y eficacia.

La vuelta a la (nueva) normalidad será lenta. El día a día que conocíamos tardará mucho en llegar. Ahora la gente, por responsabilidad y por miedo, se aparta de tu lado cuando caminas por la acera. Las miradas son distintas, las caras no son las mismas. Personas, ahora ataviadas con máscaras y guantes, que miran a otras con recelo, que llaman la atención a los demás, que se muestran apáticas o enojosas. Personalmente creo que, y pensando a corto plazo, durante los siguientes meses la vida estará aún lejos de lo que conocemos y anhelamos. Sin ir más lejos, pongo como ejemplo este verano que pronto asoma. Pienso que el verano, cuando aún ni ha comenzado, está ya liquidado. Podrán abrir terrazas y tomar todo cierto cáriz de normalidad, pero no será así, y eso a estas alturas es algo que intuimos todos. Atendiendo a ciertas medidas de seguridad, iremos a la playa, incluso al cine, pero se formarán aglomeraciones, o podrían formarse, y eso es justo lo que ahora menos necesitamos. Así que nada de bares nocturnos, discotecas, conciertos, festivales. Vamos a tener un verano totalmente amputado, sin sus encantos.

Paciencia, ánimo, apoyémonos todos. Vamos a salir de esta.

Mis mejores deseos, amigos míos.