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Mi querida maestra. ¡Tres añitos ya, gatita!

En este mismo momento, mientras escribo estas líneas, tengo a Lia justo aquí, a mi lado. Recuerdo hace tiempo cómo mi padre se sorprendía al ver la manera en la que Lia se quedaba quieta, siempre a mi vera, mirándome fijamente con sus enormes ojos verdes. Unos ojos como planetas. Mi padre, que nunca había tenido trato alguno con gatos, siempre se ha quedado embobado contemplando cómo con total quietud, Lia permanece siempre a mi lado. Una quietud que sólo rompe el leve movimiento de su cola. Mi padre riendo exclamó que le parecía hipnotizante verla así. Al poco de adoptarla leí, entre otras muchas cosas sobre gatos, que cuando mueven el rabito así, es que se sienten a gusto. Y que, cuando teniendo todo el espacio de la casa para ellos, se quedan cerca, como Lia ahora, es porque se sienten más seguros, protegidos. Pero la sensación es, que soy yo quien de verdad se siente protegido por ella. Ahora está así, tranquila, infundando esa paz o calma que sólo ellos logran transmitir. Nada que ver como en el vídeo, ahí está juguetona, charlándome de sus cosas, porque charlatana es un rato, y a mí que me encanta que lo sea.

En estos tres años, por todos y cada uno de los días que han pasado, me he sentido afortunado de poder disfrutar de la compañía de un ser tan bello y tierno como Lia. Tenerla a mi lado me ha cambiado la vida. Besarla y abrazarla a cada instante, notar su cariño y su fidelidad, sólo ha traído cosas buenas a mi vida. Sentir día tras día su ternura me ha hecho ser mejor persona. Tengo el convencimiento de que nuestros gatitos y perritos tienen esa misión, la de recordarnos siempre el sentido de la nobleza y la ternura, y de la más sincera compañía. Parece que verdaderamente la misión de estos animales es la de recordarnos a cada instante nuestra parte más humana. Porque como dijo aquél sabio, hay muchos humanos, pero poca humanidad. Durante el tiempo que permanecen a nuestro lado, cumplen esa suerte de encomienda. Son pequeños maestros que nos enseñan más de lo que podríamos creer. Sólo hay que prestarles la atención que ellos nos prestan para comprobarlo. Porque nosotros no los humanizamos, son ellos los que nos humanizan a nosotros. Y aunque siempre llega el triste día en que nos tenemos que despedir de ellos, la huella que dejan en nosotros perdura siempre.

Lia es mi pequeña maestra. Sólo deseo que sea así por muchos años más.

Gracias, querida gatita. ¡Feliz cumpleaños, Lia!

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Lia cumple dos añitos

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Dice el saber popular que uno no es el propietario de su gato, sino al revés, que el minino es el dueño de uno, y quizás haya algo de razón en ello. Ellos buscan tu cariño cuando quieren, necesitan su espacio. Un gato aceptará las caricias sólo cuando le apetezca y exigirá la atención del dueño cuando le plazca. Se pasean por la casa como si verdaderamente fueran ellos los dueños de la misma, parece que sólo reclaman tu atención cuando quieren que les pongas de comer y en ocasiones utilizan tu cabeza como almohada. Son muy autónomos y más aún si los comparamos con los perros. Pero muchos de ellos, dependiendo del cariño que reciban desde bien pequeños, pueden mostrarse bien apegados a sus dueños. Pueden mostrar un comportamiento totalmente distinto al que de primeras asociamos a los gatos. Y esto es lo primero que aprendí en mi experiencia con un felino.

Desde el primer día que adopté a Lia quise informarme de los gatos y sus modos de comportamiento. Y es ahora más que nunca cuando aquella frase que leí de John Bradshaw, experto en comportamiento animal en la Universidad de Bristol y autor del libro Cat Sense, cobra mayor sentido para mí. Bradshaw afirmó que: a diferencia de los perros, nuestros amigos felinos nos tratan como si fuéramos gatos. Precisamente por ello, desde el primer día que llegó a casa, cuando apenas toda ella cabía en la palma de mi mano, quise transmitirle esa sensación de protección, hacerla saber que a mi lado se sentiría segura, que estaría a salvo. Leí también que la manera en la que los gatos muestran su afecto es restregando su rostro. Y yo, tontamente restregaba el mío con el suyo a cada momento. De esta manera conseguí que Lia sea una gatita muy cariñosa y que siempre quiera permanecer junto a mí.

Lia ya lleva dos años a mi lado y en todo este tiempo no he dejado de admirar un solo día su excéntrica personalidad y su peculiar visión del mundo. Me fascina comprobar cómo cada instante para ella es una aventura y cómo cualquier cosa es idónea para el juego y la diversión. Para los gatos es más que un placer explorar el territorio que les rodea. Son aventureros, muy inteligentes y al mismo tiempo pueden ser la mar de temerarios. Ven una puerta abierta y se meten sin saber qué les aguarda al otro lado. Aunque tengo que decir que Lia no suele ser tan inconsciente como otros gatos a los que he podido observar. Ella suele recular un poco más, y yo lo agradezco. Y a pesar de su autonomía y de no ser tan dependientes como los perros, pocos son los momentos en los que se separa de mí.

Parece que fuera ayer cuando este pequeño animal entró en mi vida. No me cansaré de decir jamás que adoptarla fue de las mejores decisiones que he tomado. En estos dos años he aprendido mucho de los gatos, o mejor dicho, he aprendido mucho de ella. Una vez leí que los perros son para poseer y los gatos para admirar. No estoy del todo de acuerdo a lo que respecta a los canes, pues a éstos sólo los he tenido para cuidarlos y que me hagan compañía. Igual que ahora con los gatos. Pero sí estoy de acuerdo en que éstos, los felinos, suelen despertar en uno mucha más curiosidad. Son muchas las cosas que podría decir de mi gatita, como ya hiciera cuando cumplió un año. Pero prefiero centrarme para esta ocasión no sólo en su manera de ser sino lo que en mí ha provocado.

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Día tras día, y desde hace ya dos años, convivir con Lia hace que sienta diariamente lo que es la ternura, el afecto, la suavidad y el cariño que sólo un gatito podría concederme. Para mí, sentir estos sentimientos es imprescindible para una persona. Generalmente estos momentos de ternura y de mimo suelen ser fugaces en nuestra monotonía. Pero nada más despertar y verla a mi lado, estos momentos son continuos. Sin duda, resulta ser tremendamente terapéutico convivir con un gatito. Y es que en esta etapa, en la que la carrera ha absorbido gran parte de mi tiempo y el estrés suele visitarme con asiduidad, tumbarme en el sofá tras una dura jornada y sentir su ronroneo tiene en mí un efecto balsámico. Sentir su incansable y sincera compañía es lo que más me enamora, lo que más agradezco. Verla subirse a mi despacho cuando estoy estudiando y observar cómo se tumba despreocupadamente entre tantas páginas de apuntes buscando mi atención me hace reír como un idiota. Una gatita que con su manera de ser enciende esa chispa a cada momento. Una chispa de felicidad, afecto, entusiasmo y diversión.

Sentir ganas de besar y abrazar es quizás lo más bello que podamos percibir como seres humanos. Y es que cuando la veo contestar con maullidos a todo lo que le digo, cuando me levanta la patita para chocar sus cinco almohadillas conmigo, o cuando felizmente juega conmigo al escondite por toda la casa, no puedo resistirme a las ganas de estrecharla entre mis brazos y no cansarme de darle besos. No podría agradecer de mejor manera toda la ateción y el cariño que me brinda.

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Gracias por todo lo que me das, Lia.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS GATITA!


¡Un año con LIA!

Lia

Reconozco que era de los que renegaba de los gatos. Siempre fui más de perros, y aunque los gatos despertaban en mi cierta ternura, nunca me planteaba tener uno. Siempre caía en absurdos tópicos, como que los gatos son demasiado independientes, que no son cariñosos y cosas por el estilo. Que necesitaba un animal que me hiciera compañía y con el que pudiera jugar y divertirme. Y eso que, como todo el mundo ha hecho alguna vez, ya había visto varios videos de gatitos en YouTube la mar de graciosos que me habían hecho reír bastante, incluso algunos eran de lo más tierno que había visto. Pero nada más, nunca se despertó en mí la necesidad de querer adoptar un gatito. Aunque no puedo olvidarme de Andy, un gatito blanco con ojos de un azul intenso que me dejó fascinado hace ya varios años, el primer gato al que achuché y al que le tomé un cariño enorme.

Así, hasta el verano pasado. Mi hermana y yo estábamos hablando por teléfono. Ella se encontraba en Madrid y yo en Cádiz. Me decía que estaba viendo por Facebook unos gatitos que se daban en adopción. Yo, que tenía el portátil justo en frente le pedí que compartiera los enlaces para poder echarles un vistazo, era pura curiosidad. Mientras seguíamos hablando por teléfono, ambos estábamos mirando a esos gatitos. Alucinábamos con cada uno de ellos, eran hermosos y muy pequeñitos, no llegaban al mes. Mi hermana me dijo que había una gatita que era preciosa y que le había encantado, y yo, un minuto más tarde aproximadamente, le dije que me había enamorado de una pequeña gatita llamada Lia, que me resultaba preciosa y que me entraban ganas de acogerla en casa. Realmente se me puso cara de tonto al verla. Lo gracioso es que al decirle a mi hermana qué gatita era, resultó ser exactamente la misma que había engatusado, y nunca mejor dicho, a mi querida hermana. Poco más había que decir. Nos enamoramos de Lia, y sin pensarlo, la adoptamos.

A los dos días ya estaba en casa. Era muy pequeña. Jamás había estado al cuidado de un animal tan pequeño e indefenso. El cuerpo le temblaba, y la cabezota que tenía le hacía perder el equilibrio. Apenas podía mantenerse mucho tiempo en pie, iba dando tumbos de aquí para allá. Sus ojos delataban que desconocía por completo donde estaba, el lugar, los sonidos, los olores, todo para ella era nuevo, estaba temerosa pero, como cualquier gato, ansiosa por conocerlo todo. Nos tenía hechizados con su encanto.

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Decidimos que la gatita dormiría en la cama conmigo. La primera noche, tal era el miedo que tenía de poder hacerla daño, de moverme y espachurrarla sin querer, que las primeras noches eché la almohada al suelo y dormí en él, dejándole toda la cama para ella sola. Al amanecer, mi hermana y mi padre se sorprendían al verme tumbado en el suelo durmiendo a pierna suelta. A mí no me importaba, lo que me importaba era que Lia estuviera bien. Lógicamente no podía estar más días durmiendo en el suelo, así que me las ingenié con la almohada y unos cojines para protegerla y a partir de ahí dormimos cómodamente los dos en la cama.

Desde entonces, entre Lia y yo fue surgiendo una conexión que jamás he tenido con ningún animal. Mientras escribo estas líneas la tengo aquí pegada al ordenador portátil, nunca se separa de mí. Cuando me levanto por las mañanas y me dirijo al cuarto de baño, ella se viene conmigo. Cuando me pongo en mi habitación a estudiar, se sube a mi despacho, se acurruca entre los libros y ahí se queda. Cuando me pongo a cocinar, igualmente ahí esta ella en la encimera viendo como bato los huevos o pico cebolla. Si estoy en el sofá, está ella conmigo. Y a la hora de irnos a dormir, es la primera en subirse a la cama. Jamás me he divertido y he reído tanto con un animal como cuando juego al escondite por la casa con Lia, ¡es un show!

Y qué deciros de cómo se ha ganado a la gente. Ya son varias las personas que han venido a casa para verla y estar con ella. Y en Facebook sus fotos son un éxito. Foto que subo foto que acumula una gran cantidad de likes y comentarios. A mí me encanta su actitud cuando viene gente a casa, sobre todo cuando somos muchos. Ella se nos queda mirando, como preguntándose qué hace tanta gente en su casa sin ella haberlos invitado. Parece  que va a decir de un momento a otro: ¿Me podéis decir quiénes son éstos que están en mi casa por favor? Pero a poco que le des juego, ya la tienes en el bolsillo. ¿Y lo charlatana que es? Se pasa el día maullando y haciendo ruiditos. A veces creo que tiene conversaciones con ella misma. Conversaciones que tienen que ser de lo más trascendentales. ¡Y cuidado con tardar mucho en regresar a casa! Porque abres la puerta y te la encuentras viendiendo hacia ti cual toro miura, maullando, ¡como preguntándote por qué has tardado tanto!

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¡Y el fútbol! ¡Qué le llama la atención el fútbol! Se coloca frente al televisor y se queda fascinada al ver tantos puntitos moverse por la pantalla. He tenido varios perros a lo largo de mi vida, y ellos me han enseñado como nadie el valor de la amistad y la fidelidad. Pero jamás pensé poder ver lo mismo en un gato, y en Lia lo veo cada día. GRACIAS LIA por un año tan maravilloso, GRACIAS por tanto ronroneo y afecto, GRACIAS por tus idas de hoya, con las que nos reímos y reímos tantísimo, GRACIAS en definitiva por cruzarte en nuestras vidas, porque no has hecho más que darnos alegría, una impagable. Adoptarte ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS GATITA!

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