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¡5 añazos Lia!

Este pequeño ser, que mientras estoy escribiendo estas líneas está enroscadito aquí a mi lado y la mar de a gusto, acaba de cumplir un lustro. ¡Cinco añitos, Lia! Y parece que fuera ayer cuando me cabía en la palma de mi mano. Supongo que lo habrás apreciado en la foto, pero su colmillito izquierdo está roto, desde hace tiempo además. No recuerdo exactamente cuándo se lo hizo ni con qué, pero ya lo lleva así desde hace tiempo. Vaya tela. Hay otra foto donde también la pillo en mitad de un bostezo y se le nota mucho más. Fijo que fue fruto de alguna decisión ilógica que tomó. Ella tendrá siete vidas, pero yo tengo que tener siete ojos, y no porque sea demasiado trasto, es una gata muy buena aunque la pueda liar de vez en cuando. Pero de imaginarme que le pasa algo por un descuido mío, es algo que me aterra. No podría cargar en la conciencia que le pasara algo. No me lo perdonaría. Por suerte no sale de casa, no es fácil que se escape y la tengo bastante controladita. Siempre ando pendiente de ella, como ella también lo está de mí.

Sobre lo gratificante y tierno que resulta disfrutar de la compañía de Lia podría escribirte largo y tendido.  Como también podrías hacer tú sobre tu querida mascota. Son la mejor compañía, la más sincera desde luego. Resulta casi imposible describir en unas pocas líneas lo que esta pequeña y traviesa felina me trasmite y cómo me hace sentir cada día. Cada día me regala sus caricias, sus arrumacos, la mayor de las ternuras. Es impagable todo lo bueno que me ofrece desde que entró en mi vida. No he sentido jamás por un animal lo que siento por esta gata. Es auténtica devoción por ella. Yo, que siempre fui de perros, tengo que reconocerte que Lia me ha malacostumbrado. Siempre seré de perros y gatitos, pero no tengo la más mínima apetencia de hacerme cargo de un perrete. Dan más quebraderos de cabeza y por el momento ni me lo planteo. Estar con Lia es muy fácil. No sólo porque a los gatos son más limpios y no hay que pasearlos tres veces al día ni ladran sin parar a la mínima de cambio, sino por cómo se comporta mi gata. Es tal la complicidad que hay entre los dos que dudo que en el futuro, otro gato pueda llenarme como lo hace Lia. De hecho, el día que Lia se me marche, y espero que ese día quede lo más lejos posible, es posible que no quiera adoptar a otro gato. Fijo que no tendría la suerte de que me saliera tan cariñosa, lista y divertida como es Lia.

Lia ha llenado mi vida como jamás pensé que lo pudiera hacer un animal de compañía. Lia es mí primera mascota, porque todas las que han pasado por casa a lo largo de mi vida han sido adoptadas por mis hermanas y claro está, han sido de ellas. Lia está totalmente a mi cargo. Sólo nos tenemos los dos. Desde aquél verano de 2013, es mi compañera inseparable. Como dijera antes, podría contarte mogollón de cosas sobre Lia, decirte todo lo que me gusta de ella, sus manías, sus lindezas. Pero creo también que no sería nada que no haya dicho ya de ella. Pero sí puedo decirte lo que más deseo, con todas mis fuerzas. Deseo poder despertarme cada mañana y verla a mi lado, que cada día de mi vida empiece así,  y que sea por muchos años más.

¡Gracias por todo lo que me das, Lia. Te quiero a todo poder!


Cuatro años a tu lado, Lia

Hace unos días me llevé un susto horrible. Era de noche, ya algo tarde, y decidí acostarme. Como Lia no soporta la idea de dormir fuera de mi habitación, pues se pone a maullar desesperada para entrar y está acostumbrada desde muy pequeña a dormir conmigo, fui buscándola por toda la casa para meterla en la habitación y pasar la noche juntos, como siempre. La buscaba y no la encontraba, cosa que en poquísimas ocasiones ha sucedido. Lia siempre está en medio, como el jueves. Raro que no se esté haciendo de notar de alguna u otra manera. Sí es cierto que en contadas ocasiones la he tenido que buscar por toda la casa porque, como cualquier gatito, si encuentra un rinconcito en el que se encuentra a gusto, ahí se queda un buen rato. Pero lo de la otra noche fue algo desesperante, aunque por suerte el sobresalto no duró mucho. No la encontraba por ninguna de las habitaciones, miraba debajo de las camas, por cada rincón, y no la encontraba. Me puse algo nervioso. Ella no es de salir de casa, nunca ha intentado escaparse, por suerte no me ha salido una gata con mucha vena salvaje que quiera irse a investigar y recorrer mundo. Algunas ventas, no todas, las dejo abiertas, Lia me da esa confianza. Pero ya anduve unos minutos buscándola y nada. La angustia llegó cuando al asomarme por la ventana de la cocina, justo en frente, sumergida entre la oscuridad, la vi. Lia estaba frente a un edificio antiguo antiguo de tejados viejos que está a varios metros frente a la ventana de nuestra cocina. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿Y cómo llego hasta allí para traerla de nuevo a casa? Forzaba la mirada porque no estaba del todo seguro que fuera ella. Pero era un felino del mismo color y tamaño que Lia. La llamaba, pero el gato hacia caso omiso. Eso ya me extrañó aún más, Lia es muy charlatana, mucho. Y cuando la llamo, esté donde esté, y sea lo que sea que esté haciendo, siempre me contesta con maullidos y sus típicos ruiditos. La llamaba, pero no contestaba. Quizás por estar asustada al sentirse desprotegida y lejos del calor de su hogar. Me dirigí al salón, muy nervioso, tanto que preocupe a mi padre que allí estaba viendo la televisión. Casi sin haberlo pensado, volví buscar más a fondo a Lia, esta vez gritando su nombre exasperado por toda la casa. Y la escuché, a mis gritos me contestó con uno de esos maullidos perzosos que parecen querer decir: ¿Qué quieres, eh?. Cuando miré, estaba en los asientos de una de las sillas que aguardan recogidas en la mesa del comedor, ahí estaba, adormilada, la mar de a gusto. La abracé con todas mis fuerzas, el susto aún lo tenía en el cuerpo.

Cuando regresé a la cocina, con Lia aún en los brazos, ese gato que tanto se parecía a Lia, no estaba. Ni rastro de él.

Perder a Lia de forma repentina y nunca saber de su paradero, como le ocurren a muchos dueños que sufren porque sus animales desaparecen, me sumiría en una tristeza que sólo de imaginármelo me abate. Hay muchos gatos de tejado, gatos callejeros, ese sería uno de ellos. La experiencia vivida me lo tomo como un aviso. Las ventanas ahora estarán más vigiladas, pero para vigilada, Lia, que nunca ha dejado de estarlo, pero ahora lo estará más.

Este mes de julio se cumplen cuatro años de aquella tarde que decidiera adoptar a esta gatita cuando por entonces cabía en la palma de mi mano. Cuatro añitos cumple este pequeño angelito de cuatro patas. Cuatro años a tu lado, Lia. Y por favor, que sean muchos más. Gracias por todos y cada uno de los momentos que pasas a mi lado.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS LIA!

 

 


Mi querida maestra. ¡Tres añitos ya, gatita!

En este mismo momento, mientras escribo estas líneas, tengo a Lia justo aquí, a mi lado. Recuerdo hace tiempo cómo mi padre se sorprendía al ver la manera en la que Lia se quedaba quieta, siempre a mi vera, mirándome fijamente con sus enormes ojos verdes. Unos ojos como planetas. Mi padre, que nunca había tenido trato alguno con gatos, siempre se ha quedado embobado contemplando cómo con total quietud, Lia permanece siempre a mi lado. Una quietud que sólo rompe el leve movimiento de su cola. Mi padre riendo exclamó que le parecía hipnotizante verla así. Al poco de adoptarla leí, entre otras muchas cosas sobre gatos, que cuando mueven el rabito así, es que se sienten a gusto. Y que, cuando teniendo todo el espacio de la casa para ellos, se quedan cerca, como Lia ahora, es porque se sienten más seguros, protegidos. Pero la sensación es, que soy yo quien de verdad se siente protegido por ella. Ahora está así, tranquila, infundando esa paz o calma que sólo ellos logran transmitir. Nada que ver como en el vídeo, ahí está juguetona, charlándome de sus cosas, porque charlatana es un rato, y a mí que me encanta que lo sea.

En estos tres años, por todos y cada uno de los días que han pasado, me he sentido afortunado de poder disfrutar de la compañía de un ser tan bello y tierno como Lia. Tenerla a mi lado me ha cambiado la vida. Besarla y abrazarla a cada instante, notar su cariño y su fidelidad, sólo ha traído cosas buenas a mi vida. Sentir día tras día su ternura me ha hecho ser mejor persona. Tengo el convencimiento de que nuestros gatitos y perritos tienen esa misión, la de recordarnos siempre el sentido de la nobleza y la ternura, y de la más sincera compañía. Parece que verdaderamente la misión de estos animales es la de recordarnos a cada instante nuestra parte más humana. Porque como dijo aquél sabio, hay muchos humanos, pero poca humanidad. Durante el tiempo que permanecen a nuestro lado, cumplen esa suerte de encomienda. Son pequeños maestros que nos enseñan más de lo que podríamos creer. Sólo hay que prestarles la atención que ellos nos prestan para comprobarlo. Porque nosotros no los humanizamos, son ellos los que nos humanizan a nosotros. Y aunque siempre llega el triste día en que nos tenemos que despedir de ellos, la huella que dejan en nosotros perdura siempre.

Lia es mi pequeña maestra. Sólo deseo que sea así por muchos años más.

Gracias, querida gatita. ¡Feliz cumpleaños, Lia!

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