En este mismo momento, mientras escribo estas líneas, tengo a Lia justo aquí, a mi lado. Recuerdo hace tiempo cómo mi padre se sorprendía al ver la manera en la que Lia se quedaba quieta, siempre a mi vera, mirándome fijamente con sus enormes ojos verdes. Unos ojos como planetas. Mi padre, que nunca había tenido trato alguno con gatos, siempre se ha quedado embobado contemplando cómo con total quietud, Lia permanece siempre a mi lado. Una quietud que sólo rompe el leve movimiento de su cola. Mi padre riendo exclamó que le parecía hipnotizante verla así. Al poco de adoptarla leí, entre otras muchas cosas sobre gatos, que cuando mueven el rabito así, es que se sienten a gusto. Y que, cuando teniendo todo el espacio de la casa para ellos, se quedan cerca, como Lia ahora, es porque se sienten más seguros, protegidos. Pero la sensación es, que soy yo quien de verdad se siente protegido por ella. Ahora está así, tranquila, infundando esa paz o calma que sólo ellos logran transmitir. Nada que ver como en el vídeo, ahí está juguetona, charlándome de sus cosas, porque charlatana es un rato, y a mí que me encanta que lo sea.
En estos tres años, por todos y cada uno de los días que han pasado, me he sentido afortunado de poder disfrutar de la compañía de un ser tan bello y tierno como Lia. Tenerla a mi lado me ha cambiado la vida. Besarla y abrazarla a cada instante, notar su cariño y su fidelidad, sólo ha traído cosas buenas a mi vida. Sentir día tras día su ternura me ha hecho ser mejor persona. Tengo el convencimiento de que nuestros gatitos y perritos tienen esa misión, la de recordarnos siempre el sentido de la nobleza y la ternura, y de la más sincera compañía. Parece que verdaderamente la misión de estos animales es la de recordarnos a cada instante nuestra parte más humana. Porque como dijo aquél sabio, hay muchos humanos, pero poca humanidad. Durante el tiempo que permanecen a nuestro lado, cumplen esa suerte de encomienda. Son pequeños maestros que nos enseñan más de lo que podríamos creer. Sólo hay que prestarles la atención que ellos nos prestan para comprobarlo. Porque nosotros no los humanizamos, son ellos los que nos humanizan a nosotros. Y aunque siempre llega el triste día en que nos tenemos que despedir de ellos, la huella que dejan en nosotros perdura siempre.
Lia es mi pequeña maestra. Sólo deseo que sea así por muchos años más.
En todo momento he sido siempre consciente de la inmensa fortuna que he tenido de conoceros y poder estar a vuestro lado. Habéis demostrado ser los mejores compañeros, que entre interminables clases, risas y apuntes, me acabasteis brindando vuestra amistad. Es lo más valioso que me llevo de todos estos años de universidad. Siempre me ha emocionado ver lo importante y querido que me habéis hecho sentir. Con vosotros siento cómo la vida me ha sonreído, pues de entre tantos, conocí a los más alegres y sinceros. Olvidaré muchas de las cosas que he estudiado a lo largo de estos años, pero jamás olvidaré el tiempo que pasé a vuestro lado ni cada una de vuestras sonrisas. Jamás he sentido tanta gratitud. Os quiero con toda mi alma, amigos.
En cuanto a mí…De informático a jurista, quién me lo iba a decir.
No hace ni una semana que he cumplido los treinta años y resulta casi inevitable no echar la vista atrás y pensar en todo aquello que ha pasado, lo que he conseguido y lo que no, y lo que espero esté por llegar. Pero no lo hago como una suerte de crisis existencial como algunos van diciendo por ahí, sino como un ejercicio que me ilusione a seguir con todo lo que he venido haciendo hasta ahora, aprender, sentir, y vivir. A medida que me acercaba a los treinta años se me hacía a veces imposible no compararme con los que ya tenían mi misma edad. Sí, también, es algo a veces inevitable. Pero lo importante está en no darle importancia. Porque realmente no la tiene. Porque sujetándome a lo que decía nuestro madrileño José Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia, mi vida es algo concreto, incomparable, es única. Como la tuya, como la de todos. Soy yo y el mundo, y no lo que los demás quieran que sea. Como si de un actor se tratara, soy un hombre en lo alto de un escenario, viviendo un drama o una comedia, tratando con el mundo y formando la otra mitad de mi persona. Perfilando, aquí y allá, y esbozando lo mejor de mí mismo. Pienso en los logros y dejo atrás los fracasos, me quedo con lo que aprendí de ellos.
Sólo puedo sentirme orgulloso, pues mucho antes de cumplir los treinta años sentía como si hubiera vivido bastante más. No he tenido en ningún momento la sensación de que el tiempo se hubiera pasado volando y sigo sin tenerla. Quizás por todas las experiencias vividas en mi vida, por todos esos cambios que hicieron remover mis cimientos de una manera u otra, por todas esas personas que llegaron y se fueron, por todo lo sentido, ganado y perdido, quizás por eso tenga la sensación de haber vivido más de la cuenta. Los callos que no tengo en las manos los tengo en el corazón, cada vez el sufrimiento me dura menos y, cada vez, más a gusto estoy sin necesitar nada más ni nadie más. Pero acabo de cumplir treinta años y aún soy muy joven para que mi rostro comience a marcar arrugas. Después de todo, aún queda lo mejor.
No pretendo contar la historia de mi vida, pues no la contaría bien. Sólo me consuela saber que quise aprender y aprendí a ser, quise amar y amé demasiado, quise encontrar una buena amistad y conseguí más de una, de esas amistades que siempre había soñado. Quise seguir adelante y aún sigo caminando, despacio, sin prisas, poco a poco, que todo llega. Quise crecer y crecí madurando. Aprendí a creer en mí y no dejo de hacerlo. Vivo el momento presente y lo que este me brinda, ya dure un minuto o un día. No me ha hecho falta llegar a los treinta para saber que envejezco y soy mortal. Sólo disfruto de ser algo más mayor.
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