Maldito chicano [Relato]
Maldito chicano [Relato 1 página]
Recargó su arma y volvió a tirar, el muy cabrón se resistía. Al llegar a la pordiosera chabola de aquel camello de poca monta, pensaba que sería todo coser y cantar. Pero Teaboy cayó en la cuenta que coser y cantar al mismo tiempo no debe ser muy fácil, como no lo era matar a esa sucia rata mejicana. Nadie tomaba por tonto a Teaboy y menos en ese maldito y reducido pueblo de paletos en el que todos conocían las desgracias de todos. Durante unos instantes cesó la lluvia de balas. El foco de infecciones -nunca mejor dicho, el crack que cocinaba era pura basura- estaría recargando o quizás, aquejándose de una bala recibida. Teaboy siempre ha sido muy popular por su puntería, sobre todo gracias a aquellos momentos de su pre-adolescencia, cuando competía con Rody y los demás chicos a cazar ardillas con esas escopetas de balines que Teaboy recibió como parte de la herencia, la única herencia de su padre, además de los guantazos que éste le daba una vez sí y otra también.
Mascullando, Teaboy se encendió un cigarrillo y se levantó con sigilo, no quería que ese sucio y decrépito le pillara por sorpresa. Miró en derredor buscando un hueco en el que protegerse para poder acercarse a la vivienda, si se le podía llamar así y comprobó que la parte frontal estaba arrasada por las descargas que éste le había propiciado. ¡Alguna le debería de haber dado! ¡Alguna habría perforado a ese cabrón!
Sigiloso, poco a poco fue acercándose hacia el bohío de ese depravado. Primero se encorvó tras un bidón, luego tras la sucia camioneta roja y llena de barro que había frente a la entrada. Allí se quedó unos segundos para comprobar qué ocurría en el interior. Silencio. Teaboy no lo dudó, si en todo ese momento el sucio no había respondido, el sucio había huido o, quizás, estaría abatido. Cuando Teaboy entró en la decrépita casa, se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. En el suelo, de espalda a la pared y con un tiro en el estómago, se encontraba el chicano, con la camisa empapada en sangre, cubierto de un sudor frío y con los ojos abiertos como platos, ojos que apuntaban fijamente hacia Teaboy, como si éste fuera una puta aparición mariana. Sin duda el cabrón estaba acojonado. ¿Por saber que estaba a punto de morir? ¿o quizás porque lo último que iban a ver esos ojos inyectados en sangre era el altivo rostro de Teaboy?
Sea como fuere, Teaboy ya estaba aburrido de aquello, disparó al cabrón reventándole los sesos. Al salir fuera, vació una pequeña cuba de gasolina desde la entrada hasta la camioneta y cuando se hubo alejado unos metros, tiró el maldito cigarrillo, que ya estaba en las últimas.
N. del A : Lo que acabas de leer, lo escribí en la útlima media de hora de una aburrida clase la cual no me interesaba lo más mínimo.
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