¡MI PRIMERA VISITA A IKEA!

Lo admito, ¡estaba emocionadísimo! Y no sólo por oír cada dos por tres maravillas sobre IKEA y lo que allí encuentras, ¡sino por las famosas albóndigas suecas de las que tantísimo se habla! ¡Por fin iba a probarlas!
Pero antes de degustar semejante delicatesen fuimos a investigar las entrañas del gigante sueco. “Ay! El día que tenga mi propia casa”, esta era la frase del día junto con: “¡Si es que tienen de todo estos suecos!” Y es que sí amigos, no crean que era el único embelesado por la inmensa cantidad de atractivos y estilosos complementos que por ahí abundan. A nadie se le escapaba nada, todo merecía una minuciosa y rigurosa atención.
Nada más entrar, y habiéndonos aprovisionado con los típicos lápices de IKEA (algunos fueron directamente pa’ la saca), recorrimos toda la sección de dormitorios, salones y cuartos de baño. Era soñar despierto por cada rincón que visitaba, a cada paso que daba, brotaba mi imaginación y me sumergía en una vida imaginaria ambientada en esos espacios tan llamativos y prodigiosamente elaborados. Boquiabierto me dejaron esas meticulosas exposiciones en las que simulaban a tamaño real, cómo quedaría decorado un piso que albergara 55, 35 o 25 m2. Fue este último el que más atrajo mi atención. Es digno de admirar como se puede aprovechar tan asombrosamente un espacio tan reducido. Con ese estilo de ornamentar, hace que cualquiera que habite en una vivienda de esas dimensiones se le haga más agradable y reposado. Es impresionante la forma de aprovechar al máximo el espacio. Anchos armarios empotrados hasta con perchas especiales para los pantalones. No único de IKEA que no me gustó lo más mínimo, fueron las duchas. Típicas duchas suecas que consisten tranquilamente en NO TENER DUCHA. Simplemente tienes la alcachofa y la cortina, sin más. El suelo del baño es el mismo que el de la ducha, y a esto, añado que, al menos las que había de exposición, eran extremadamente estrechas. Vámos, que las de Alcalá Meco al lado de estas, son jacuzzis.
Capitán de las sardinas de Manuel Manzano
Y a mí que los ciegos siempre me habían inspirado mucha ternura, ahora no me voy a fiar ni un pelo de ellos. Es una desgracia muy grande perder el sentido de la vista, el sentido más importante, una gran desventaja el carecer de visión, pero tras leer este libro, os puedo asegurar que ser ciego, implica tener muchas ventajas.
Gabriel Saviela, invidente desde los doce años (merece la pena leer el libro tan sólo por conocer el motivo de su ceguera, os lo aseguro) decide poner fin a la amargada vida que comparte con su madre, su perro, de nombre tamagochi y un canario que padece de obesidad. ¿Y qué mejor manera de acabar con esa vida que matándolos a todos verdad? Y es que Gabriel Saviela, aparte de ser ciego, también está loco, tan loco que ya de paso, también acabó con la vida de su vecina y su amante (ya listos…).
En esta historia se verá involucrado un más que cuestionable investigador policial y su extraño acompañante y un periodista fracasado. ¿Correrán éstos la misma suerte que las anteriores víctimas de Gabriel Saviela?
Manuel Manzano nos presenta esta agradable y entretenida comedia, presentada en una ligera y sencilla narración acompañada de extrovertidos diálogos entre los personajes, cada cual, más pintoresco. Leí Capitán de las sardinas en una tarde, es una novela breve, de apenas 230 páginas y os prometo que lo pasé genial. Una lectura más que recomendada.
Hacía ya tiempo que en Anhelarium no se trataba un disco de Heavy Metal, y es que desde el artículo sobre el 
































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