Personal

La playa, mi entorno

Playa de Santa Catalina (El Buzo, Vistahermosa) El Puerto de Santa María (Cádiz) Playa de Santa Catalina, Vistahermosa (El Buzo). El Puerto de Santa María (Cádiz)

Es el escenario favorito de mi alma, donde baila y se siente libre, donde, risueña y juguetona, enardece todos mis sentidos. Es donde mi corazón se sosiega y mi mente siente la calma que en ocasiones tanto anhela. Es el lugar donde mi alma, bañada de luz y calor, encuentra paz.

He tenido la inmensa fortuna de criarme en un sitio así. Ha sido y es el lugar al cual estoy ligado de por vida. Aprendí a andar sobre la dorada orilla de una playa resplandeciente, una playa sempiterna, testigo del paso de mis años, del devenir de mi vida. Puedo acordarme de momentos de todos y cada uno de los años de mi vida que ahí he pasado. Recuerdo al niño ilusionado que corría a atrapar las olas, que coleccionaba conchitas o cantos rodados de colores, sus piedras preciosas, como él aún las sigue llamando. No olvido esos castillitos de arena, construidos cada vez con más esmero para que éstos aguantasen los embates de un rompeolas caprichoso. Y los baños, esos baños que quería siempre hacer eternos con su adorada hermana, agarrados siempre de la mano y bajo la atenta mirada de una madre que los cuida.

Ese niño se iba haciendo mayor, y sobre la cálida y suave arena seguía dándole vida a momentos que quedarían siempre en el recuerdo. Como esos besos inocentes, mágicos, salados, besos sinceros dados con pasión y con la luna como testigo. Es el lugar donde soñar despierto.

Una maravilla de la naturaleza, donde sentimos ser partes de un todo, de un mundo por recorrer siguiendo el horizonte, de un universo poderoso e infinito, un lugar bello cargado de pureza, donde sentirnos más cerca de Dios y de nosotros mismos.

Es la playa, es mi entorno.


¿Por qué tú, Superman?

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Superhéroes

¿Qué niño no ha sentido alguna vez predilección por algún superhéroe? Cuando éramos unos niños pasábamos largas horas imaginando ser algún superhéroe, algunas veces uno y otras otro. Cuando jugábamos con los demás niños del colegio a ser superhéroes, siempre existía la típica rencilla porque alguno se pedía ser el superhéroe que quería el otro. Y es que es muy extraño que un niño no sienta deleite por estos personajes enfundados en sus extravagantes uniformes y haciendo gala de sus extraordinarios poderes para combatir el mal y la injusticia, en el mayor de los casos.

Son muchos los factores que hacen que los niños sientan esa atracción por los superhéroes. El carisma, el tipo de vestimenta que lleven, su popularidad, sus poderes. Muchos son los motivos que pueden hacer que un niño tenga cierta empatía con algún o algunos personajes en concreto. Pero sean cuales sean esos motivos, lo que siempre me ha gustado de todo este ambiente imaginario y fantástico, son los valores que de estas historias emanan. Aunque la comparación pueda parecer muy osada e incluso ridícula, esto me recuerda en cierto modo a las religiones. Elijas la religión que elijas, esa religión está destinada a crear buenas personas (eludiendo creencias radicales y sectarias). Ya seas musulmán, cristiano, judío, protestante, budista, cualquiera de estas religiones tienen como meta hacer de las personas algo mejor. Y eso es precisamente lo que veo en los superhéroes, sean cuales sean, sean éstos como sean. Los superhéroes dan ejemplo, inculcan valores, enseñan el significado del bien y la justicia. Esos valores son fundamentales, esenciales por y para la convivencia colectiva, y me parece grandioso que los niños tomen conciencia de ellos desde bien temprano.

Puedes indagar entre todos los héroes de Marvel, DC, los cientos y cientos de personajes del Anime y del Manga japonés, etcétera. Batman, Spiderman, Thor, Ironman, pasando por otros héroes como Goku, Los Caballeros del Zodíaco, Naruto, las Tortugas Ninja, El Capitán Trueno, y una larguísima lista de personajes de ficción que luchan contra los malos, contra la maldad y la corrupción. Algunos de ellos combaten la violencia con violencia, sí, por todos son conocidas las grandes e impulsivamente violentas peleas entre Son Goku y Freezer o Célula. El Anime quizás peca más de violencia en sus historias. Pero quien haya visto con atención Dragon Ball Z o series similares, comprobará la benevolencia que irradian sus principales protagonistas y su implicación por evitar siempre toda confrontación. Todo esto lo digo porque puede haber un sector que se muestre reticente a la hora de que sus hijos tengan contacto con este tipo de personajes, por miedo a que se vuelvan violentos o enloquezcan de algún modo. Solo diré que son varias generaciones las que hemos crecido viendo y adorando de la forma más sana a superhéroes de todo tipo, millones de niños en todo el mundo, y esas generaciones dan paso a las demás. Todos estos personajes son icónicos, símbolos que perduran en el tiempo y que, en mi humilde opinión, juegan un papel importantísimo y más en la sociedad en la que vivimos a día de hoy.

Esta sociedad sea hunde cada día más. Ahora nos sorprendemos más de ver noticias en las que gente buena hacen cosas buenas que cuando vemos atentados o asesinatos y violaciones entre tantos robos y corrupción. Nos sorprende más las buenas acciones que las malas. Hasta ese punto hemos llegado. La sociedad se corrompe cada día más y los valores morales parecen no tener importancia alguna. Y esto no puede ser. Son nuestros profesores y padres los principales, los que tienen el deber de educar e inculcar a los más pequeños toda la entereza y adiestramiento posible. Un niño debe de recibir un buen ejemplo tanto en el colegio como en casa. Los niños deben de aprender no sólo matemáticas o letras y bellas artes, deben de aprender a convivir, tener un alto nivel de civismo. Estos valores lo pueden ir adquiriendo de distintas formas, mediante la cultura, el deporte, la música, y por supuesto, mediante la fantasía, la imaginación. El conocimiento es infinito, el aprender no ocupa lugar ni espacio.

El superhéroe más grande de la historia

¿Por qué tú, Superman? Me pregunto a mí mismo. ¿Es por tu elegante y majestuosa capa? ¿Es porque puedes volar a la velocidad de la luz? ¿Será por tu infinito poder? ¿Es por esos rayos tan chulos que te salen de los ojos capaz de derretir cualquier cosa, o por ese súper aliento capaz de congelar una ciudad entera? No, no fueron los poderes de Superman lo que me atrajo principalmente, sino la historia que hay tras él, su historia, y por supuesto, su delicadeza, su sensibilidad. Lo que más me marcó fue el enorme concepto de la educación y el saber estar de Clark Kent y el coraje, la valentía y las agallas de Superman.

1351014506_1Su origen, es conocido por todos, o por la inmensa mayoría. Un chico proveniente de un planeta llamado Kriptón, que cae de las estrellas y que es adoptado por una pareja de entrañables campesinos, Jonathan y Martha Kent. Los padres que todos querríamos tener. Desde el primer instante, siempre me llegó al corazón cómo ambos trataban a Kal-El, como así se llama realmente Clark. Éste sufría demasiado, veía lo distinto que era del resto de los niños, nunca le fue fácil asimilar que no era como los demás, siempre se sintió como un bicho raro. Y sólo el cariño de unos padres encantadores que le dieron todo lo mejor que podían dar, hizo que siguiera adelante y que pudiera convertirse en el mayor ejemplo para la Humanidad. El apoyo de sus padres adoptivos fue esencial para el comienzo del mito, del mayor héroe que jamás se ha visto: Superman. No puedo no mencionar por supuesto a sus padres biológicos, su padre, el científico Jor-El, y su madre Lara Lor-Van, ambos sacrificaron todo lo que tenían por su único hijo.

Clark Kent es el hijo modelo, un trabajador ejemplar, el perfecto ciudadano. Habla correctamente, no infringe norma alguna, su comportamiento es óptimo, su concepción del respeto y de la responsabilidad es excepcional. Representa de manera insuperable la fidelidad y el amor por los suyos. Y Superman, qué podemos decir de él, de su papel como el Hombre de Acero. Indestructible, un ser que usa su infinito poder sólo para ayudar a los demás, para conseguir la armonía que la sociedad necesita. En más de una ocasión me he preguntado en algún momento: ¿qué haría Superman? Y es que este personaje me ha ayudado a ser mejor persona, a impregnarme siempre de todo lo bueno y apartar de mi todo lo nocivo, todo lo que dañe a mi persona y a los demás, principalmente a los míos, los que me rodean y me hacen sentir querido e importante. Desde pequeño he visto en él un referente más.

Y por si fuera poco, si añadimos a esto al inolvidable e inigualable Christopher Reeve, la cosa ya es superior, tremendamente inmejorable. Para mí, Superman es y será siempre Christopher Reeve y éste siempre será Superman. Crecí con Superman, crecía viendo a este sensacional actor al cual la vida no lo pudo tratar con mayor severidad. Superman siempre será él. Todo un ejemplo de fortaleza, todo un ejemplo de superación personal. Supo sacar todo lo mejor de sí mismo para seguir ayudando a los demás, y es que Christopher Reeve dedico el resto de su vida a ayudar a todos aquellos que sufrían una discapacidad física o psíquica. Tras su desgraciado accidente, el actor viajaba por numerosos países dando charlas motivacionales a todo tipo de personas, principalmente a aquellas afectadas por algún tipo de discapacidad o enfermedad. Su caso me conmocionó, jamás olvidaré aquellas lágrimas, las lágrimas de un niño que vio sufrir de esa manera a su mayor ídolo, al que fue y será siempre la imagen del mito, del mayor superhéroe de todos los tiempos.

Tras la cruz que simboliza el cristianismo, el símbolo de Superman es el símbolo más reconocido por la sociedad mundial. Este es un ejemplo de la grandeza de este personaje.

Creado por Jerry Siegel y Joe Shuster a finales de la década de los años 30, Superman es todo un ícono mundial, ha sido objetivo de innumerables adaptaciones en distintos medios, cuenta con un sinnúmero de referencias musicales, parodias, homenajes de todo tipo y una vasta comercialización y sobre todo un increíble impacto social y cultural.

Cuando era pequeño, solía coger el delantal de cocina de mi madre y me lo colocaba a modo de capa y así, pasaba las tardes jugando a ser Superman, haciendo como el que volaba por todo el jardín de nuestra casa, imaginando que surcaba los cielos y hacía frente a los malos. Lo recuerdo con mucho cariño. El delantal era blanco y de cuadros azules y solía estar salpicado de machas de aceite o grasa. Normal, era un delantal de cocina. Pero me daba igual, era tal mi pasión por Superman que no me importaba lo más mínimo. Por suerte para mí, mi madre parece ser que se compadeció al verme y me regaló una elegante capa roja hecha por ella misma. Ya directamente ni me la quitaba, pasaba los días enteros con la capa puesta. Hasta quería llevármela puesta al colegio, algo que con el tiempo agradecí que mi madre no me dejara, sino hubiera sido el maldito hazmerreír de todos los compañeros de clase. Sentía verdadera devoción por Superman, la misma que siento ahora.

Son muchas las noches en las que, mientras concilio el sueño, imagino que surco los cielos como él, con mi capa roja. Gracias Superman, por hacer que nunca dejemos de soñar con algo mejor, con algo maravilloso.


El bodyboard

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Fuente: kccsecurity.com/author/mobieagle/

Corcheros antes que surferos

Los que ya tenemos unos años, concretamente los que nacimos en la década de los ochenta y además nos hemos criado en una zona costera, hemos tenido contacto, algunos más y algunos menos, con el bodyboard, o en términos más coloquiales, con el boogie. Y esto lo digo porque, ¿quién en la década de los noventa no probó surcar las olas con uno de estos boogies? Aunque sus orígenes se remontan un siglo atrás, el bodyboard tuvo una gran repercusión internacional en las décadas de los ochenta y noventa, sobre todo en esta última. Era raro ir a la playa y no ver a una gran cantidad de chavales de entre los 9-17 años surcando olas con un boogie o corcho, como también se le denomina. A día de hoy en verano verás a algunos, pero nada comparado como hace veinte años, y esto, para los que somos amantes de los deportes acuáticos y sobre todo nostálgicos, tenemos buena cuenta de ello.

No exagero si digo que al llegar la primavera, todo adolescente, generalmente chicos más que chicas, ya pensaban en meterse a coger olas con el boogie, y los que no, pronto caían en la moda de tener uno. Y es que sí amigos, como muchas otras, durante los años noventa el boogie fue una auténtica moda, todo un furor entre los más jóvenes. En absoluto digo esto con un tono peyorativo, ¡para nada, todo lo contrario! Precisamente muchos de los surferos de mi generación lo son gracias a esa moda por tener un boogie. Muchos hemos sido corcheros antes que surferos.

Publico esta entrada porque desde que me metí en el mundo del surf he dejado bastante de lado el bodyboard. Pero ahora, como buen nostálgico, me apetece comprarme un buen boogie y retomar este deporte que, en mi humilde opinión, es más entretenido y divertido que el surf, aunque sobre esto haré hincapié un poco más adelante.

Este verano, al igual que hace casi veinte años, toca comprar un boogie. Ahora ya uno tiene una edad y una experiencia, pero recuerdo con mucho cariño aquella mañana en la que mi madre nos regalaba a mi primo Leandro y a mí unas tablas de bodyboard. Los dos íbamos con las mismas, exactamente iguales. Dos corchos muy estrafalarios, uno de los varios modelos que se vendían en los supermercados Hipercor en aquellos días, con unos colores muy llamativos en la parte de arriba y amarillo por abajo. Esos eran los boogies que elegimos.

La dichosa capa deslizante

Con los días, mientras pasábamos largas horas hablando de bodyboard entre nosotros y con más chavales, aprendimos que los mejores boogies eran los que llevaban capa deslizante, ¡y los nuestros no llevaban! Nuestra inexperiencia nos hizo elegir unos que no tenían esa capa deslizante en la parte inferior del corcho y que sí poseían los boogies más chulos y que sólo los más guays de la playa llevaban. Al recordarlo me río de cómo mi primo Leandro y yo nos mirábamos con cierta resignación al ver que todos los chavales nos decían -¡cómo si ya no lo supiéramos!- que nuestros boogies no eran de capa deslizante, haciéndonos sentir como unos novatos pringaos. Aunque tampoco es que fuera un trauma, porque una vez que nos metíamos en el agua, pronto nos olvidábamos de si nuestras tablas tenían o no capa deslizante, porque surfeábamos igual de bien que todos esos chulitos que tenían esos boogies tan pro. Es cierto que con capa deslizante es mucho mejor tener un boogie, pero mi experiencia os dice que de verdad la diferencia no se nota lo más mínimo. Era más el hecho de vacilar con que se tenía un boogie de ese tipo que el hecho de tenerlo en sí. Cosas de niños…

Momentos para el recuerdo

Nos lo pasábamos genial, ahí con los demás cogiendo olas, alguna bastante puñetera, nos sentíamos los reyes del verano. Llegábamos a ser tantos ahí corcheando que éramos un espectáculo. Recuerdo que mucha gente se nos ponía a mirar, muchos eran padres que alucinaban con lo que hacían sus hijos, e incluso algunos nos llegaban a echar fotos. ¡Qué tiempos aquellos!

Nosotros personalmente solíamos pasar las tardes enteras con el boogie, ya que era por la tarde cuando mi primo y yo solíamos ir a la playa juntos. Jamás olvidaré esas puestas de sol y esas últimas olas que surcaba antes de secarnos e irnos a casa. Para mí, era lo mejor del verano. Bueno, eso, y las noches en el porche de casa, sobre todo si había pinchitos y patatas fritas para cenar.

Como todas las modas, el corcheo o el bodyboarding, decayó. Ya no he vuelto a ver abarrotada la orilla de la playa de niños con boogies cogiendo olas. Pero en la actualidad observo con añoranza a esos chavales que lo siguen practicando, porque me traen a la mente recuerdos tan maravillosos y por supuesto, inolvidables.

¿Más divertido el bodyboard que el surf?

Antes os comentaba que a mi parecer, el bodyboard es más divertido que el surf. Antes que nada deciros que soy un gran enamorado del surf y de todo lo que a este maravilloso deporte rodea, no estoy en ningún momento infravalorando al surf ni mucho menos. Pero, ¿por qué pienso así? Pues porque el bodyboard, a pesar de que también es un estilo en el que se pueden hacer bastantes piruetas y puede ser bastante técnico, es muchísimo más asequible que el surf. Por norma general, a una persona, y siempre partiendo de la base de que tiene una correcta complexión física y es apta para el deporte, se le hace más costoso aprender a hacer surf que a corchear. Uno se hace más pronto al bodyboard y, muy importante, este estilo no frustra como sí lo hace el surf. A paciencia siempre he dicho que no me gana nadie, y menos cuando algo me hace tanta ilusión como el surfing, pero tengo que reconocer que hubo un momento en el que el surf me frustraba por lo difícil que me parecía. Y amigos, no soy el único al que le ha pasado esto, creo que nos pasa a todos cuando nos acercamos a este deporte. Con el bodyboard no pasa en absoluto, pues a la primera zambullida ya disfrutas el estilo, ya disfrutas del oleaje, haces bodyboard desde el primer minuto.

«El océano es tan magnífico, tranquilo e impresionante. El resto del mundo desaparece para mí cuando estoy en una ola»
Paul Walker

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