Entradas etiquetadas como “Cádiz

El día que surqué mi primera ola

Playa de Santa Catalina, Las Redes. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Me dejé caer en la arena, estaba agotado. Desceñí el neopreno, aunque sólo me lo quité por la parte de arriba, dejando mi torso al descubierto, en ese momento no tenía fuerzas ni ganas de cambiarme, sólo quería sentir ese instante, recrearme en él. Entre jadeos, ahí sentado, sonreía mientras miraba aquellas traviesas olas, esas que me llevaron al límite. Me desesperé, sabía que aquello no era coser y cantar, pero tampoco que pudiera resultar tan arduo. El esfuerzo era tremendo, mis brazos los tenía engarrotados de tanto remar hacia ellas, ¡tenía que hacerme con alguna! Era una y otra vez, una y otra vez. El cansancio hizo mella, demasiado, pero mi testarudez era mucho mayor, aquella pasión que sentía lograba superarlo.  Ya habían pasado varios días y del mar nunca salía victorioso, siempre acababa fatigado y con cierto sentimiento de frustración, así que ese tenía que ser el día, lo intuía, tenía que serlo, necesitaba una tregua. Cada ola me volcaba, pero todas me envalentonaban, me incitaban a seguir y engallado siempre regresaba adentro, porque en algún momento yo sería quién las dominara.

Sentado en aquella fina y suave arena, mi cara bañada por la luz de aquel hermoso día, mostraba la mayor de mis sonrisas, la mayor de las alegrías. Toda mi conciencia se impregnaba de aquel momento. Nunca lo olvidaría. Estaba agotado y débil, pero satisfecho y feliz, pues del mar salí triunfador. Aún recuerdo perfectamente lo que sentí al surcar mi primera ola, aquella visión desde su cresta, esa ligereza, la vivacidad de aquél instante, era mi primera ola y jamás la última. Aún me veo ahí sentado en esa dorada tierra, con el alma gozosa, complacido, deleitándome en casa suspiro. Era un mes de marzo, y aquel viernes a mediodía surqué mi primera ola, sintiéndome así un verdadero surfista.


Los mejores días de mi vida

2013-03-21_1363876345

Playa de Santa Catalina, Vistahermosa. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Reímos, amigo mío, las ventanillas de tu viejo coche rojo están bajadas y el viento nos da en la cara. La música está a todo volumen. Cruzamos miradas de auténtica complicidad y nos seguimos riendo. Disfrutamos el instante, cualquiera que sea ese instante. Nos regocijamos en esa rara libertad que uno siente en esos días de verano, donde sentimos que todo lo malo ha quedado atrás, donde el pasado no existe, esa libertad que nos hace ansiar el vivir lo mejor posible ese mismo instante, nuestro presente, este nuestro verano. Pisa el acelerador amigo, sube el volumen y vayamos dónde queramos.

Me despertaba aquellas mañanas de aquellos largos veranos con el aroma a jardín recién cortado. Ese aroma es siempre embriagador. Y ese jardín. ¿Qué te puedo yo decir de ese jardín, si ha sido el escenario de mi infancia? De él te puedo decir todo y nada en pocas palabras. Hoy día, ese jardín ya no existe, ya no me revuelco en su hierba, pero ese olor, esas radiantes y soleadas mañanas, esos momentos, quedan siempre en mi memoria y ésta las rescata cuando me despierto en las mañanas de verano  con media sonrisa en mi rostro, como aquél niño.

Vuelvo a disfrutar de un divertido baño en la playa con mi querida hermana. Volvemos a tomarnos de la mano como cuando éramos niños y juntos nos dejamos embestir por las olas juguetonas. Cuando éramos niños, ¿y cuándo hemos dejado de serlo, hermanita? Si te miro y aún veo a esa niña sonriente de cabellos rizados recogiendo conchitas en la orilla…

Nos pasábamos las noches en vela, dando largos paseos o mirando tumbados las estrellas y contando divertidas anécdotas e historias de terror. Ahora las noches las pasamos igual, con la mente un tanto nublada, cual crápulas, pero seguimos contando historias, algunas divertidas y otras no tanto, porque hay tiempo para el desahogo, las confesiones, la risa y los llantos. Cualquier sitio nos sirve para charlar hasta las tantas, lo único que queremos es estar juntos el mayor tiempo posible. Nuestra compañía lo es todo.

Cruzo miradas que hablan de amores imposibles, saboreo noctámbulo los pequeños placeres de la vida, respiro, por cada mirada va un suspiro, y cada roce sacude mis sentidos. Miro, siento, contemplo, recuerdo con nostalgia y miro al frente con ilusión. Los días me abrazan con cariño, me hacen ser de nuevo aquel niño de divertidos hoyuelos, las tardes me calman, me muestro contemplativo y las noches, ¡ay madre!, las noches me sonríen con picardía, y como está mandando y es de buen trasnochador, me cuido bien de los pecados, y me cuido bien de ti, y de ti, y de ti. Aquí mando yo, en esta noche mando yo, y no manda más nadie.

No sé qué tienen estos días, que hasta las claras del día son distintas, diferentes. No sé qué decirte, amigo, pronto volverá a ser verano, son los mejores días de mi vida.


La playa, mi entorno

Playa de Santa Catalina (El Buzo, Vistahermosa) El Puerto de Santa María (Cádiz) Playa de Santa Catalina, Vistahermosa (El Buzo). El Puerto de Santa María (Cádiz)

Es el escenario favorito de mi alma, donde baila y se siente libre, donde, risueña y juguetona, enardece todos mis sentidos. Es donde mi corazón se sosiega y mi mente siente la calma que en ocasiones tanto anhela. Es el lugar donde mi alma, bañada de luz y calor, encuentra paz.

He tenido la inmensa fortuna de criarme en un sitio así. Ha sido y es el lugar al cual estoy ligado de por vida. Aprendí a andar sobre la dorada orilla de una playa resplandeciente, una playa sempiterna, testigo del paso de mis años, del devenir de mi vida. Puedo acordarme de momentos de todos y cada uno de los años de mi vida que ahí he pasado. Recuerdo al niño ilusionado que corría a atrapar las olas, que coleccionaba conchitas o cantos rodados de colores, sus piedras preciosas, como él aún las sigue llamando. No olvido esos castillitos de arena, construidos cada vez con más esmero para que éstos aguantasen los embates de un rompeolas caprichoso. Y los baños, esos baños que quería siempre hacer eternos con su adorada hermana, agarrados siempre de la mano y bajo la atenta mirada de una madre que los cuida.

Ese niño se iba haciendo mayor, y sobre la cálida y suave arena seguía dándole vida a momentos que quedarían siempre en el recuerdo. Como esos besos inocentes, mágicos, salados, besos sinceros dados con pasión y con la luna como testigo. Es el lugar donde soñar despierto.

Una maravilla de la naturaleza, donde sentimos ser partes de un todo, de un mundo por recorrer siguiendo el horizonte, de un universo poderoso e infinito, un lugar bello cargado de pureza, donde sentirnos más cerca de Dios y de nosotros mismos.

Es la playa, es mi entorno.