Mau Loa
Llevo pocos meses muy volcado en el Surf. Desde el pasado mes de marzo, concretamente. No sé cómo no hice esto antes. Cuando era pequeño disfrutaba, como muchos niños de la época, de mi boogie. Incansable, nunca quería salir del agua, y me recuerdo siempre mirando, ansioso, porque vinieran más olas. Tonto de mí, no volví a practicar Bodyboard. La adolescencia que vino después hizo que se me nublara el seso con muchas tonterías, demasiadas. Tonto de mí por no haber mantenido encendida esa pasión por seguir surcando olas. Y más tonto aún habiendo sido desde siempre un incondicional de la playa. Claro. Más delito tiene aún cuando la playa, mi querida playa, siempre ha sido uno de los más importantes escenarios de mi vida. Las imágenes de aquél niño que jugaba a cabalgar las olas con su corcho siempre me han acompañado, muchas veces llegaban a mi mente y dejaban en mí esa sensación de nostalgia. Ya bien entrado en mis veinte años, y desde lo más profundo de mi, sentía una inquietud, necesitaba algo, anhelaba algo, y en mi mente, alguien llamaba a la puerta desde el recuerdo. Algo querría con tanta insistencia. Era aquél niño, que sonriente, con ese brillo en los ojos que sólo un niño alberga en su mirada, me decía las ganas que tenía de volver a montar a lomos de una tabla. Y aquí estoy, a mis veinticinco años, mirando al mar, a punto de meterme en el agua, y volver a ser aquél precoz surfista que con tanto ahínco se metía al agua.
Mau loa significa para siempre en hawaiano, y esto lo escribí al poco de llegar a la playa. Sentí la necesidad de escribirlo y no dudé en sacar mi pequeño cuaderno de notas que suele siempre acompañarme. No suelo surfear por las tardes, y tendré que hacerlo más, porque la sensación de estar encima de la tabla, mientras esperaba la ansiada ola, manteniendo la mirada fija al horizonte y viendo cómo el Sol se retira lentamente…es un momento místico, una sensación pura como ninguna otra. Es lo más cerca que me he sentido de Dios.

Entro en el Surf – El arte de deslizarse sobre las olas
Desde antes de terminar el curso ya rondaba por mi cabeza la idea de crear un buen artículo relacionado con el surf y la posible manera de enfocarlo. Hace ya más de un año, escribí sobre la que fue mi primera experiencia surfera y desde entonces no he vuelto a tocar el tema, pero ya estoy de vacaciones, me he librado de este pesado y cansino curso que ya ha quedado atrás, eso sí, aprobado todo con notables y sobresalientes y ya puedo centrarme plenamente en mí y en las cosas que me gustan, entre las que se encuentra, el surf.
La idea de adentrarme en el maravilloso mundo del surf nunca se apagaba, desde siempre el surf ha sido un deporte que me ha llamado la atención, pero nunca conseguía dar el paso, supongo que por lo mal que se me dio la primera vez con Gonzalo. Pero de eso ya hacía mucho tiempo, ocho años nada más y nada menos y, entre eso y que este es mi último año aquí en mi ciudad, ya que pronto me voy a vivir a Madrid por temas de estudio (y… vaya vaya allí no hay playa), era el ahora o nunca. Así que el pasado invierno, me lancé de lleno, pasé horas y horas frente al ordenador, navegando sin rumbo fijo por todas las webs relacionadas con este deporte, viendo muchos videos por la red y sobre todo empapándome de todos esos consejos para principiantes que encontraba en numerosos web/blogs. Pero lo más importante es que el pasado mes de marzo me apunté a un curso de surf, ya no había marcha atrás, por fin iba a dedicarle el tiempo necesario a este deporte que de una vez por todas, ya tenía entre manos.
El Día D
Mes de marzo. Acababa de hablar por teléfono con Guillermo, un simpático argentino, el encargado de enseñarme surf durante unas semanas y con el que había quedado para empezar a tomar las clases para el día siguiente. Contacté con él gracias a un anuncio de internet en una conocida página web en la que éste se ofrecía para impartir clases de surf. El día antes, a pesar de que Guille me comentó que tenía varias neoprenos, fui a comprarme uno, y es que ya saben, los neoprenos son muy ajustados, no sé, pero la idea de ponerme prendas de ese tipo y que han sido usadas por otras personas, por muy lavadas que estén, me da mucha tericia, soy muy repipi para esas cosas, además tenía ganas (e ilusión) de tener uno propio.
A la mañana siguiente me desperté temprano, se notaba que marzo se estaba despidiendo y que pronto llegaría el buen tiempo ya que el día amaneció despejado y muy soleado. Había quedado en la playa con Guillermo a las ocho y media y allí me presenté, un tanto nervioso, no voy a negarlo, pero también excitado, contento con lo que estaba a punto de hacer. Y eso es muy bueno, para aprender a hacer algo hay que tener muchas ganas sobre ello y sobre todo, mucha ilusión.
Tras haberme explicado las nociones básicas en cuanto al remado y posicionamiento en la tabla, calentamos un poco antes de entrar en el agua (muy importante hacerlo) y después nos lanzamos como patos, decididos a hacer surf, o al menos eso es lo que yo tenía en mente. Y es que, sin resultar tan patético como aquella primera vez, al principio me resultó algo complejo, sobre todo la remada, algo que a priori parece sencillo, pero he de decir que cuesta mucho y más si uno no está acostumbrado a ejercitar los brazos de esa forma. Resaltar que la remada se hace más fácil o más difícil ya no sólo dependiendo de la fuerza de la persona en cuestión, sino de la tabla a utilizar. En mi caso, como viene a ser lo normal, he empezado con una tabla evolutiva pero no de fibra, sino de poliuretano o de “espuma” como también se les llama, un tabla un tanto pesada y gruesa, algo que sin duda viene bien para que encuentren el equilibrio y se adecuen en la tabla los principiantes pero que en contraposición, dificulta un tanto la remada y la maniobra. Con mi experiencia personal, sin duda veo prescindible el uso de este tipo de tablas, de primeras, recomiendo una tabla evolutiva pero de fibra, en otras palabras, la típica tabla de surf que siempre le veis a los surferos.

Fuente: Google.es
Mientras remaba hacia dentro tumbado en la tabla (y con la espalda ligeramente erguida, como debe hacerse) sabía que en los días posteriores iba a estar acompañado de unas bonitas agujetas. Y llegó el gran momento, el momento de darse la vuelta, con los pies juntos y con el cuerpo en equilibrio y neutralizado con la tabla, la ola se acercaba y llegaba el momento de cogerla. Quien diga que a la primera se deslizó en la ola, se consiguió poner de pie y la surfeo un tiempo, miente. Yo ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera conseguí levantarme en la tabla, siempre acababa de rodillas antes de dar de bruces con el agua. Pero mi afán por aprender a surfear no amainaba, independientemente de cómo tomara la ola, volvía a remar hacia dentro (quizás lo más duro, ya que es lo que más cansa), buscaba la ola idónea y, una vez que la identificaba me iba hacia ella, volvía a posicionarme correctamente en la tabla y de nuevo intentaba agarrarla lo mejor posible. Le dije a Guillermo (intentando no parecer desagradable) que cogiera él su tabla, que dejara de estar varado a mi lado viéndome y que surfeara a mi lado, ya que soy de los típicos que se ponen nervioso si alguien está atentamente mirándome a ver cómo hago lo que estoy haciendo. Y ahí es donde me sentí más a gusto, me venía bien no tener la atenta mirada de nadie y sobre todo, necesitaba ver a alguien surfear (bien) a mi lado, y es que en ese momento, sólo estábamos los dos en el agua, la playa estaba prácticamente vacía, a esas horas y en el mes de marzo, no cabría esperar otra cosa. Eso era algo que agradecía, no me agradaría que mucha gente viera mi inexperiencia en la tabla. Los minutos pasaban y yo estaba cada vez más desahogado y seguro, cada vez estaba más cerca de erguirme en la tabla, en términos técnicos, paulatinamente me iba saliendo mejor la maniobra del Take Off (momento en que se deja de remar acostado sobre la tabla y se pasa a la posición erguida, listos para deslizarse sobre la ola).
Todo esfuerzo tiene su recompensa o eso dicen, por eso cuando terminamos de surfear, ya fue costumbre el subir siempre a la terraza de uno de los bares situados frente a la playa y tomarnos unas cervezas y conversar largo y tendido sobre el surf y todo lo que este grandísimo deporte puede ofrecerte. A la hora de aprender, es importante también escuchar lo que los expertos pueden decirte, consejos, avisos, testimonios, anécdotas, todo ello enriquece el aprendizaje.
Tras muchas olas…
Tuve que abandonar las clases durante un tiempo debido a que pronto llegaron los exámenes finales. Así pues, no fue hasta que finalicé el curso cuando retomé el surf. Pensé que todo lo aprendido se me habría ido, pero en absoluto, esto es como montar en bici, jamás se olvida. Con mucha determinación y sin que en ningún momento cesara el ánimo, lo intentaba una y otra vez. Esto lo digo porque el surf es un deporte que al principio parece duro, es más, lo es, además de tener una buena forma física (y una adecuada salud) hay que ser constante para practicar este deporte, hay mucha gente que a la primera de cambio piensa que el surf no es lo suyo y que deben dedicarse a otra cosa. Pero si verdaderamente te sientes atraído por el fascinante mundo del surf, seguro que no decaes en ningún momento.
Los días pasaban y cada vez me adhería mejor a la tabla. No diré que ya surfeaba en perfectas condiciones, pero sí se me iba dando mucho mejor, conseguía hacer el take off, y en lo que tenía que centrarme (y sigo en ello) es en mantenerme en esa posición y encaramarme durante más tiempo a la ola.

Fuente: TodoPaisajes.com
Constancia
Esa es la clave del éxito, la constancia, o al menos en el surf. A día de hoy, y sobre todo, debido a que estoy de vacaciones completas hasta mediados de septiembre, sigo incrementando mi aprendizaje, me sigo instruyendo y todas las mañanas que se presentan con olas ahí estoy para continuar surfeando. En breve tendré una tabla de fibra echa a mi medida y personalizada, uno de los tantos caprichitos que me voy a dar este verano por haberme esforzado tanto estudiando a lo largo del curso. Cuando la tenga, la presentaré como es debido aquí en Anhelarium.
El surf y la huella que deja en ti
El impacto anímico y espiritual que propicia este deporte en todas aquellas personas que lo practican es imborrable. No se pude ni se podrá jamás explicar con palabras lo que sientes al estar sentado en la tabla, acariciando el mar con tus manos mientras la brisa te besa en la cara, allí, mirando al horizonte, esperando ver llegar la ola que tanto anhelas alcanzar. Un momento contemplativo, un momento místico que embriaga todos tus sentidos.
Desde aquí, agradecer a Guillermo por sus enseñanzas y todas esas buenas horas de surf y también a mi hermana Desirée por alentarme aún más a practicar este deporte. ¡Muchas gracias chicos!
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Fuente: hdfondos.eu

































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