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Y por fin, llegó el verano

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Porque el verano es mucho más que sol y playa, es esa extraña sensación de libertad. Es la sensación que sólo sientes en esas largas noches de verano. Son esas charlas hasta las tantas. Es el disfrutar aún más de la gente que te rodea. Porque es verano, porque el verano está para disfrutar y es sinónimo de alegría. Es percibir ese olor a dama de noche cuando paseas de madrugada. Es quedarte dormido con las ventanas abiertas de par en par, notando la agradable brisa marinera y ese olor tan característico a césped recién cortado. Es tumbarte en la arena después de haberte bañado a media noche y ponerte a contar estrellas, o fingir que conoces todas las constelaciones y realmente no saber ni señalar una sola de ellas. Es reírte aún con más ganas. Porque el verano es ganas de hacer muchas cosas. El verano es vivir momentos para el recuerdo. De vivir algo inolvidable con los tuyos. Es tiempo de reforzar la amistad y la familia, de consolidar un amor o desear encontrarlo. Porque no hay nada más bonito que un amor de verano, aunque acabe cuando llegue septiembre. Y no hay nada como un beso con sabor a salitre. Ya se sabe, la sal de la vida.

El verano es para vivir intensamente. Ser consciente del momento presente, como si no hubiera un mañana. Es no mirar el reloj mientras paseas y jugar como niños, porque es el momento idóneo para volver a conectar con el niño que fuiste y que aún sigue en tu interior. Es tiempo de brindar por nosotros, y por los que no están. Y de volver a brindar, por nosotros otra vez y por no dejar de vivir momentos así. Es contemplar el amanecer o atardecer y dar las gracias al sol, si es que nunca antes se las habías dado, por iluminar tú vida todos los días. El verano es entusiasmo, ilusión, es pasión, es calor y mucho color, es empeño y emoción. Y por supuesto, fogosidad, mucha fogosidad, pues en verano, hasta lo apolíneo se vuelve más dionisíaco. Es momento de esparcimiento, felicidad y satisfacción.

¡Feliz verano a todos, amigos míos! ¡Salud y suerte!


Vuelta a los inicios

 

http://vimeo.com/gustavoamarante/p5

 

Mi primer contacto con esto del surfing fue hace ya muchos años, a finales de los años 90, cuando entre los más jóvenes se pusieron de moda los boogies y como ya os explicaba en la entrada de blog que dediqué al bodyboard, raro era no ver mínimo a una docena de niños en la playa cogiendo olas con sus tablas de corcho. Fue el deporte que más me cautivó en esos años de mi niñez, largas eran las horas que pasaba con mi primo y otros chavales la surcar esas pequeñas olas que tanto nos hacía divertir. Nos daban las tantas de la tarde…

Pasaron los años y sin motivo alguno, dejé de lado esta práctica. Mi adolescencia me volvió medio idiota y, entre una cosa y la otra, entre los nuevos amigos, la primera novia, y esa inmadurez que no te hace valorar las cosas como se merecen, dejé mi tabla arrinconada en un rincón de mi armario y ahí se quedó, prácticamente olvidada, siendo injusto con un deporte que tan buenos momentos me hizo pasar.

Quedando la adolescencia atrás, la idea de meterme de lleno con el surf se iba fraguando poco a poco en mi cabeza hasta que por fin di el paso, y con total decisión me adentré en este fascinante mundo del surf. Y así fue como hace unos años me compré mi primera tabla de surf y me entregué en cuerpo y alma, con toda seguridad e ilusión, a surcar las olas y de qué manera. Ahora que el surf es una parte importantísima en mi vida, no pienso en otra cosa que en mejorar y disfrutar de ello lo más que pueda, vivir todo lo bueno que pueda ofrecerme este grandioso deporte.

Y sin duda, con más ilusión aún, y después de tantos años, decido volver a surcar las olas como en aquellos días. Regreso con todo el ánimo y anhelo a la modalidad con la que me inicié en el surf, al Bodyboarding.

Un abrazo, ¡y buenas olas a todos!


El día que surqué mi primera ola

Playa de Santa Catalina, Las Redes. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Me dejé caer en la arena, estaba agotado. Desceñí el neopreno, aunque sólo me lo quité por la parte de arriba, dejando mi torso al descubierto, en ese momento no tenía fuerzas ni ganas de cambiarme, sólo quería sentir ese instante, recrearme en él. Entre jadeos, ahí sentado, sonreía mientras miraba aquellas traviesas olas, esas que me llevaron al límite. Me desesperé, sabía que aquello no era coser y cantar, pero tampoco que pudiera resultar tan arduo. El esfuerzo era tremendo, mis brazos los tenía engarrotados de tanto remar hacia ellas, ¡tenía que hacerme con alguna! Era una y otra vez, una y otra vez. El cansancio hizo mella, demasiado, pero mi testarudez era mucho mayor, aquella pasión que sentía lograba superarlo.  Ya habían pasado varios días y del mar nunca salía victorioso, siempre acababa fatigado y con cierto sentimiento de frustración, así que ese tenía que ser el día, lo intuía, tenía que serlo, necesitaba una tregua. Cada ola me volcaba, pero todas me envalentonaban, me incitaban a seguir y engallado siempre regresaba adentro, porque en algún momento yo sería quién las dominara.

Sentado en aquella fina y suave arena, mi cara bañada por la luz de aquel hermoso día, mostraba la mayor de mis sonrisas, la mayor de las alegrías. Toda mi conciencia se impregnaba de aquel momento. Nunca lo olvidaría. Estaba agotado y débil, pero satisfecho y feliz, pues del mar salí triunfador. Aún recuerdo perfectamente lo que sentí al surcar mi primera ola, aquella visión desde su cresta, esa ligereza, la vivacidad de aquél instante, era mi primera ola y jamás la última. Aún me veo ahí sentado en esa dorada tierra, con el alma gozosa, complacido, deleitándome en casa suspiro. Era un mes de marzo, y aquel viernes a mediodía surqué mi primera ola, sintiéndome así un verdadero surfista.