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25 años después

Verano de 1988 y verano de 2013. 25 años después, mi hermanita y yo fuimos al mismo lugar para rendir nuestro particular homenaje a esta dulce foto de nuestra infancia, de aquella tarde en la que perdí mi zapatito. La que ha sido y es mi hermana, mi amiga y mi madre, es y será por siempre, la niña de mis ojos. Te quiero, Desirèe 😉

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Aquellas charlas hasta las tantas

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¡Gracias por aficionarme a los gin tonics, Fafy!

Para mí son las noches más mágicas, aquellas en las que siento la agradable compañía de los míos, la cercanía, el afecto, la atención y la simpatía que me transmiten. Y si algo deseo con todas mis fuerzas, es poder devolverles por mucho tiempo todo aquello que me dan. El verano acaba una vez más, y de nuevo me hace vivir momentos para el recuerdo, momentos que se han convertido en una rutina que necesito y anhelo cuando no la tengo, momentos dulces que uno no espera y otros de los que aprendo, porque de listo no tengo un pelo, pero de tonto tampoco. Son muchas las cosas que me brinda el verano, algunas se pueden contar y otras no deberían contarse jamás. Pero de todas esas cosas, me quedo con aquellas charlas hasta las tantas. Porque no necesito nada más, y pocas cosas me hacen sentir tan a gusto y satisfecho. Como si el tiempo no existiera y no importara nada más, como si todo se detuviera y como si nada fuera con nosotros. Hablamos y reímos sin más. El estar ahí es todo lo que necesitamos. Esas son las ocasiones en las que siento con más fuerza esa conexión celeste que me une con los seres que más quiero, aunque estemos hablando de lo más trivial del mundo o lo más ideológico.

Antes de que caiga la noche y asome esa parte de mi alma crápula y noctámbula, el sol ya es testigo de esa comunión que con tan pocas personas tengo ni quiero tener, porque me basta y me sobra con la gente que a mi lado están. Y a ese lado tengo a mi alma gemela, que a lo mejor no lo es tanto, pero como si lo fuera, porque en él encuentro el vínculo que necesité durante mucho tiempo, la risa y la sensibilidad que anhelaba y la viga que necesito en cualquier desequilibrio. Son en esos momentos de pausa indefinida, en aquellas charlas hasta las tantas, cuando más siento que los cimientos que soportan nuestra amistad son más fuertes que el viento.

Gracias, Rafa, por otro verano inmortal en mi memoria y por la amistad que nunca tuve.


Crónica del último día de olas

Sabía que serían las últimas del verano, las miraba atónito, las contemplaba con admiración y asombro, como si las hubiera visto por primera vez. Esa era una mañana especial, y tanto que lo era. Esa misma mañana me despedía de mi playa, hasta no sabía cuándo. Era casi mediodía, y se notaba que estábamos bien entrados en septiembre. La playa se presentaba sin esa multitud de veraneantes y volvía a recobrar esa estampa majestuosa que cada verano se enturbia por la burda presencia de forasteros y turistas que la colapsan y la ensucian. Las olas eran enormes. Como gigantes que aporrean sus tambores, esas olas partían en la dorada orilla y su estruendo anunciaba el fin del verano. Volvía a ser el fin, la melancolía comenzaba a brotar por mis venas y emborrachaba mi mente de no sé cuántos recuerdos. Porque mi vida entera está allí, estaba allí. La sentía como nunca. Montaba a lomos de esas olas que todo amante del surf anhela y dejaba que me llevaran, sin pretender nada más, ni giros, ni técnica alguna, sólo quería surcarlas, que mi cuerpo y mi mente se ensimismaran ante tal esplendor, y sentirme por un instante formar parte de ellas. No sé cuánto tiempo pasó, cuánto estuve dentro del agua, sólo salí cuando me sentí exhausto. Me senté en la suave y cálida arena, y contemplaba con delicadeza la belleza que me rodeaba. Mis lágrimas se mezclaban con el agua salada en la que me había bañado. Soy feliz, me decía, y daba gracias por vivir aquello.

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Le hice esta foto a mi tabla mientras esperaba el autobús. Cargar con ella y meterla dentro me ha hecho vivir alguna que otra anécdota muy graciosa.