Entradas etiquetadas como “El Puerto de Santa María

Los mejores días de mi vida

2013-03-21_1363876345

Playa de Santa Catalina, Vistahermosa. El Puerto de Santa María (Cádiz)

Reímos, amigo mío, las ventanillas de tu viejo coche rojo están bajadas y el viento nos da en la cara. La música está a todo volumen. Cruzamos miradas de auténtica complicidad y nos seguimos riendo. Disfrutamos el instante, cualquiera que sea ese instante. Nos regocijamos en esa rara libertad que uno siente en esos días de verano, donde sentimos que todo lo malo ha quedado atrás, donde el pasado no existe, esa libertad que nos hace ansiar el vivir lo mejor posible ese mismo instante, nuestro presente, este nuestro verano. Pisa el acelerador amigo, sube el volumen y vayamos dónde queramos.

Me despertaba aquellas mañanas de aquellos largos veranos con el aroma a jardín recién cortado. Ese aroma es siempre embriagador. Y ese jardín. ¿Qué te puedo yo decir de ese jardín, si ha sido el escenario de mi infancia? De él te puedo decir todo y nada en pocas palabras. Hoy día, ese jardín ya no existe, ya no me revuelco en su hierba, pero ese olor, esas radiantes y soleadas mañanas, esos momentos, quedan siempre en mi memoria y ésta las rescata cuando me despierto en las mañanas de verano  con media sonrisa en mi rostro, como aquél niño.

Vuelvo a disfrutar de un divertido baño en la playa con mi querida hermana. Volvemos a tomarnos de la mano como cuando éramos niños y juntos nos dejamos embestir por las olas juguetonas. Cuando éramos niños, ¿y cuándo hemos dejado de serlo, hermanita? Si te miro y aún veo a esa niña sonriente de cabellos rizados recogiendo conchitas en la orilla…

Nos pasábamos las noches en vela, dando largos paseos o mirando tumbados las estrellas y contando divertidas anécdotas e historias de terror. Ahora las noches las pasamos igual, con la mente un tanto nublada, cual crápulas, pero seguimos contando historias, algunas divertidas y otras no tanto, porque hay tiempo para el desahogo, las confesiones, la risa y los llantos. Cualquier sitio nos sirve para charlar hasta las tantas, lo único que queremos es estar juntos el mayor tiempo posible. Nuestra compañía lo es todo.

Cruzo miradas que hablan de amores imposibles, saboreo noctámbulo los pequeños placeres de la vida, respiro, por cada mirada va un suspiro, y cada roce sacude mis sentidos. Miro, siento, contemplo, recuerdo con nostalgia y miro al frente con ilusión. Los días me abrazan con cariño, me hacen ser de nuevo aquel niño de divertidos hoyuelos, las tardes me calman, me muestro contemplativo y las noches, ¡ay madre!, las noches me sonríen con picardía, y como está mandando y es de buen trasnochador, me cuido bien de los pecados, y me cuido bien de ti, y de ti, y de ti. Aquí mando yo, en esta noche mando yo, y no manda más nadie.

No sé qué tienen estos días, que hasta las claras del día son distintas, diferentes. No sé qué decirte, amigo, pronto volverá a ser verano, son los mejores días de mi vida.


La playa, mi entorno

Playa de Santa Catalina (El Buzo, Vistahermosa) El Puerto de Santa María (Cádiz) Playa de Santa Catalina, Vistahermosa (El Buzo). El Puerto de Santa María (Cádiz)

Es el escenario favorito de mi alma, donde baila y se siente libre, donde, risueña y juguetona, enardece todos mis sentidos. Es donde mi corazón se sosiega y mi mente siente la calma que en ocasiones tanto anhela. Es el lugar donde mi alma, bañada de luz y calor, encuentra paz.

He tenido la inmensa fortuna de criarme en un sitio así. Ha sido y es el lugar al cual estoy ligado de por vida. Aprendí a andar sobre la dorada orilla de una playa resplandeciente, una playa sempiterna, testigo del paso de mis años, del devenir de mi vida. Puedo acordarme de momentos de todos y cada uno de los años de mi vida que ahí he pasado. Recuerdo al niño ilusionado que corría a atrapar las olas, que coleccionaba conchitas o cantos rodados de colores, sus piedras preciosas, como él aún las sigue llamando. No olvido esos castillitos de arena, construidos cada vez con más esmero para que éstos aguantasen los embates de un rompeolas caprichoso. Y los baños, esos baños que quería siempre hacer eternos con su adorada hermana, agarrados siempre de la mano y bajo la atenta mirada de una madre que los cuida.

Ese niño se iba haciendo mayor, y sobre la cálida y suave arena seguía dándole vida a momentos que quedarían siempre en el recuerdo. Como esos besos inocentes, mágicos, salados, besos sinceros dados con pasión y con la luna como testigo. Es el lugar donde soñar despierto.

Una maravilla de la naturaleza, donde sentimos ser partes de un todo, de un mundo por recorrer siguiendo el horizonte, de un universo poderoso e infinito, un lugar bello cargado de pureza, donde sentirnos más cerca de Dios y de nosotros mismos.

Es la playa, es mi entorno.


El bodyboard

bodyboards-panorama

Fuente: kccsecurity.com/author/mobieagle/

Corcheros antes que surferos

Los que ya tenemos unos años, concretamente los que nacimos en la década de los ochenta y además nos hemos criado en una zona costera, hemos tenido contacto, algunos más y algunos menos, con el bodyboard, o en términos más coloquiales, con el boogie. Y esto lo digo porque, ¿quién en la década de los noventa no probó surcar las olas con uno de estos boogies? Aunque sus orígenes se remontan un siglo atrás, el bodyboard tuvo una gran repercusión internacional en las décadas de los ochenta y noventa, sobre todo en esta última. Era raro ir a la playa y no ver a una gran cantidad de chavales de entre los 9-17 años surcando olas con un boogie o corcho, como también se le denomina. A día de hoy en verano verás a algunos, pero nada comparado como hace veinte años, y esto, para los que somos amantes de los deportes acuáticos y sobre todo nostálgicos, tenemos buena cuenta de ello.

No exagero si digo que al llegar la primavera, todo adolescente, generalmente chicos más que chicas, ya pensaban en meterse a coger olas con el boogie, y los que no, pronto caían en la moda de tener uno. Y es que sí amigos, como muchas otras, durante los años noventa el boogie fue una auténtica moda, todo un furor entre los más jóvenes. En absoluto digo esto con un tono peyorativo, ¡para nada, todo lo contrario! Precisamente muchos de los surferos de mi generación lo son gracias a esa moda por tener un boogie. Muchos hemos sido corcheros antes que surferos.

Publico esta entrada porque desde que me metí en el mundo del surf he dejado bastante de lado el bodyboard. Pero ahora, como buen nostálgico, me apetece comprarme un buen boogie y retomar este deporte que, en mi humilde opinión, es más entretenido y divertido que el surf, aunque sobre esto haré hincapié un poco más adelante.

Este verano, al igual que hace casi veinte años, toca comprar un boogie. Ahora ya uno tiene una edad y una experiencia, pero recuerdo con mucho cariño aquella mañana en la que mi madre nos regalaba a mi primo Leandro y a mí unas tablas de bodyboard. Los dos íbamos con las mismas, exactamente iguales. Dos corchos muy estrafalarios, uno de los varios modelos que se vendían en los supermercados Hipercor en aquellos días, con unos colores muy llamativos en la parte de arriba y amarillo por abajo. Esos eran los boogies que elegimos.

La dichosa capa deslizante

Con los días, mientras pasábamos largas horas hablando de bodyboard entre nosotros y con más chavales, aprendimos que los mejores boogies eran los que llevaban capa deslizante, ¡y los nuestros no llevaban! Nuestra inexperiencia nos hizo elegir unos que no tenían esa capa deslizante en la parte inferior del corcho y que sí poseían los boogies más chulos y que sólo los más guays de la playa llevaban. Al recordarlo me río de cómo mi primo Leandro y yo nos mirábamos con cierta resignación al ver que todos los chavales nos decían -¡cómo si ya no lo supiéramos!- que nuestros boogies no eran de capa deslizante, haciéndonos sentir como unos novatos pringaos. Aunque tampoco es que fuera un trauma, porque una vez que nos metíamos en el agua, pronto nos olvidábamos de si nuestras tablas tenían o no capa deslizante, porque surfeábamos igual de bien que todos esos chulitos que tenían esos boogies tan pro. Es cierto que con capa deslizante es mucho mejor tener un boogie, pero mi experiencia os dice que de verdad la diferencia no se nota lo más mínimo. Era más el hecho de vacilar con que se tenía un boogie de ese tipo que el hecho de tenerlo en sí. Cosas de niños…

Momentos para el recuerdo

Nos lo pasábamos genial, ahí con los demás cogiendo olas, alguna bastante puñetera, nos sentíamos los reyes del verano. Llegábamos a ser tantos ahí corcheando que éramos un espectáculo. Recuerdo que mucha gente se nos ponía a mirar, muchos eran padres que alucinaban con lo que hacían sus hijos, e incluso algunos nos llegaban a echar fotos. ¡Qué tiempos aquellos!

Nosotros personalmente solíamos pasar las tardes enteras con el boogie, ya que era por la tarde cuando mi primo y yo solíamos ir a la playa juntos. Jamás olvidaré esas puestas de sol y esas últimas olas que surcaba antes de secarnos e irnos a casa. Para mí, era lo mejor del verano. Bueno, eso, y las noches en el porche de casa, sobre todo si había pinchitos y patatas fritas para cenar.

Como todas las modas, el corcheo o el bodyboarding, decayó. Ya no he vuelto a ver abarrotada la orilla de la playa de niños con boogies cogiendo olas. Pero en la actualidad observo con añoranza a esos chavales que lo siguen practicando, porque me traen a la mente recuerdos tan maravillosos y por supuesto, inolvidables.

¿Más divertido el bodyboard que el surf?

Antes os comentaba que a mi parecer, el bodyboard es más divertido que el surf. Antes que nada deciros que soy un gran enamorado del surf y de todo lo que a este maravilloso deporte rodea, no estoy en ningún momento infravalorando al surf ni mucho menos. Pero, ¿por qué pienso así? Pues porque el bodyboard, a pesar de que también es un estilo en el que se pueden hacer bastantes piruetas y puede ser bastante técnico, es muchísimo más asequible que el surf. Por norma general, a una persona, y siempre partiendo de la base de que tiene una correcta complexión física y es apta para el deporte, se le hace más costoso aprender a hacer surf que a corchear. Uno se hace más pronto al bodyboard y, muy importante, este estilo no frustra como sí lo hace el surf. A paciencia siempre he dicho que no me gana nadie, y menos cuando algo me hace tanta ilusión como el surfing, pero tengo que reconocer que hubo un momento en el que el surf me frustraba por lo difícil que me parecía. Y amigos, no soy el único al que le ha pasado esto, creo que nos pasa a todos cuando nos acercamos a este deporte. Con el bodyboard no pasa en absoluto, pues a la primera zambullida ya disfrutas el estilo, ya disfrutas del oleaje, haces bodyboard desde el primer minuto.

«El océano es tan magnífico, tranquilo e impresionante. El resto del mundo desaparece para mí cuando estoy en una ola»
Paul Walker

–>Quizás le pueda interesar otros artículos relacionados con el Surf:

La tarde que cambiamos las clases por el surf
Entro en el Surf – El arte de deslizarse sobre las olas
 
Leer articulo Leer articulo