Archivo para febrero, 2016

Cadizfornia. Nostalgia y otras cosas

Yo era un niño en 1994. Acababa de hacer la primera comunión. Cuando me he referido a la década de los 90, en muchas ocasiones he manifestado lo mucho que me hubiera gustado vivirla pero con la edad de ahora. Quizás tenga nostalgia de una vida que nunca viví. La colorida década de los 90, aquellos maravillosos años en los que cada día parecía surgir algo nuevo. Los 80 y 90 fueron años de cambio, en el que el mundo, al unísono, parecía ir al mismo compás. La sociedad era un barco que iba a toda máquina. No me detendré más en esto, pues no es el objeto de esta nueva entrada que os traigo a continuación. Pero me complace saber que pude vivirla, que los 90 fueron el decorado que formara la puesta en escena de mi infancia. Qué grandes recuerdos, qué momentos. Todos, como si fueran ayer. Algunos dicen que la nostalgia es síntoma de insatisfacción con la vida que uno lleva en la actualidad. Yo no podría estar más en desacuerdo. No tiene nada que ver en mi opinión. 

Este video me viene que ni pintado para lo que quiero contar en este nuevo post. Hace bastante le di su hueco en Anhelarium en una de mis innumerables entradas sobre AOR, pero hoy lo traigo a colación no exclusivamente por el aspecto musical. Pero eso no quita para que lo presente brevemente, pues lo merece. La canción que suena en este vídeo pertenece a Alex De La Nuez, un cantautor madrileño que en 1994 triunfaba en las emisoras de radio gracias a esta versión del tema Give It Up del grupo Steve Miller Band. Para mi gusto, la versión del madrileño supera al tema original por su enérgica melodía y pegadizo estribillo. Pero la canción viene acompañada de unas escenas muy veraniegas que forman parte de varios spots publicitarios de la marca de refrescos KAS. Esta marca de refrescos era originaria de Vitoria (País Vasco, España), pero a finales de 1992, Pepsi se haría con la marca con la intención de comercializarla por todo el mundo. De ahí que en el vídeo, que servía a su vez como videoclip para dicha canción, podamos observar escenas al más puro estilo de vida californiano. Y ahí es donde quiero llegar.

Tanto la canción como el video me han acompañado a lo largo de mi vida. Me remolcan hacia una época muy añorada, a unos días que mantengo muy vivos en el recuerdo. La canción, como tantas otras, puso música a una etapa muy importante de mi vida, haciéndola aún más inmortal en mi memoria. Y el vídeo, refleja a la perfección el estilo de vida de aquellos años. El video parece un pequeño reportaje sobre esos años y lo que llegaron a ser. Y no porque en esos días todo fuera sol, playa y chicas guapas, para nada, sino por las vibraciones que transmite, la manera en que está hecho. No pecaré de exagerado si digo que todo lo que salía en esos años (televisión, música…) llevaba impregnado una gran carga de color y buena energía. El video es sólo una muestra más de cómo era esa época, cómo se vivía y de qué manera se transmitía. Poco se encuentra algo así hoy día.

Pero sí encontraba similitudes entre ese vídeo y mis días de aquella añorada época. Como ocurre en la actualidad. Es por eso que me marcó tanto, y es por eso mismo que se me dispara la nostalgia cuando veo este u otro vídeo de esos años. No olvidemos que es un vídeo de puro marketing y que a comienzos de la década de los 90 era el boom de las series americanas en España, sobre todo esas series de instituto como Salvados por la campana, Sensación de vivir o más tarde California Dreams. Todas ellas marcaron nuestra infancia y a mí particular y especialmente. En estas series se reverberaba la forma y el estilo de vida californiana, haciendo que me sintiera muy identificado. Yo no me crié en California, y El Puerto de Santa María dista mucho de ciudades como Los Angeles o Beverly Hills. Pero he tenido la gran suerte de nacer en La Costa de la Luz, la provincia de Cádiz destaca por su turismo y sus playas poco tienen que envidiarles a las del oeste de Estados Unidos. Me crié en una casa en la playa, y la playa se transformó en el escenario de mi vida. Mi colegio estaba también frente a la playa, tanto que en invierno nuestro patio de recreo se inundaba y se cortaban las clases por unos días. Estamos en alerta roja, decían los profesores. Además, cerca de casa aún sigue estando uno de mis sitios favoritos, el Diner 24h, decorado al estilo americano de los años 50, donde ponen las mejores pizzas de la ciudad. Justo en frente, una de las mayores y más conocidas tiendas de Harley Davidson de la provincia. Y al lado, los mejores helados, los de la Baskin Robbins. Para más seña, en mi ciudad siempre ha habido mucha presencia norteamericana por la base militar que hay cercana. No, no vivía en California, pero lo parecía.

Es por eso que desde pequeño me he sentido identificado con ese estilo de vida californiana. Un estilo de vida que siempre he sabido valorar, y ahora mucho más desde que vivo en Madrid. No solo por mi infancia, pues durante mi adolescencia y toda mi vida, he estado rodeado de esa calidad de vida que ofrece el lugar de donde vengo. Como aquella tarde que cambiamos las clases por el surf, la playa ha vertebrado el estilo de vida que he llevado durante muchos años. La playa era mi jardín cuando apenas aprendí a caminar, ha sido y es el lugar preferido de reunión con amigos y familiares. La playa ha sido el marco en el que han tenido lugar muchas de las más importantes escenas de mi vida.

Para los que somos de allí, es nuestra California particular, nuestra Cadizfornia, como a muchos nos gusta llamarla. Pero a todo este rollo californiano súmale los encantos que tiene Cádiz y sus ciudades, la identidad de mi tierra, su gente, sus rincones, sus paisajes. Todo lo yankee entonces queda en una anécdota. Cádiz, tierra trimilenaria, bañada en sal y en siglos de historia. Sinceramente, no hay lugar mejor.

IMG_1291

Playa de Vistahermosa. El Puerto de Santa Maria, Cádiz.


25 años después

Verano de 1988 y verano de 2013. 25 años después, mi hermanita y yo fuimos al mismo lugar para rendir nuestro particular homenaje a esta dulce foto de nuestra infancia, de aquella tarde en la que perdí mi zapatito. La que ha sido y es mi hermana, mi amiga y mi madre, es y será por siempre, la niña de mis ojos. Te quiero, Desirèe 😉

IMG_1289


The White Raven – Headlights. Mi primera compra en iTunes


Y no descarto que hayan más. Porque si esto es lo mínimo que puedo hacer para aportar mi granito de arena al mundo de la música, a gusto me quedo. Desde hace un par de meses me hice con un iPhone 6 y desde hace unos días con un Macbook Air. Como no podía ser de otra manera, muchas han sido las horas que les he dedicado a estos cacharros para entenderme con ellos. La experiencia desde luego no puede ser más grata, y eso que años atrás renegaba de todo lo que tuviera que ver con Apple. Pero yo y ese espíritu de rebelde informático que llevaba conmigo ya quedó muy atrás. Desde luego, cuando utilizas estos tiestos del señor Jobs, no quieres nada más. Y es que no hay comparación que valga. Pero no estoy aquí para hablar de lo mucho que lo estoy gozando con estos aparatos. El caso es que, para los que nos hemos llevado toda la vida utilizando Windows y todos lo de Microsoft, todo lo que presenta Apple es un mundo por conocer. Estos días me he sentido como el típico abuelo que no sabe abrir un mensaje que le llega al móvil. He estado trasteando y sobre todo investigando cómo funcionan todas estas aplicaciones. Y lo que me vengo a referir es que, como melómano empedernido, lo que más me interesó es todo este rollo de iTunes y iMusic. De este último no hablaré mucho pero sí de iTunes. Me resultó de primeras algo pesado, pues toda la multimedia que pasas al Macbook pasa por ahí. Es el reproductor multimedia por excelencia para Apple, en el que puedes gestionar todo tu contenido y crear listas de reproducción con un excelente y sin igual diseño gráfico. Pero no sólo es eso, sino que es una enorme tienda de contenidos multimedia.  Los usuarios pueden comprar música por Internet a través de la tienda iTunes Store a un módico precio de 0,99€.

Y aquí, lo que me hace escribir esta entrada. Como millones más, soy de esas personas que desde hace muchos años me he descargado todo tipo de contenido por internet. Y a lo que respecta a la música, ni os cuento. No voy a entrar a debate de por qué descargamos tanto y de los precios, en ocasiones desorbitados, que nos encontramos por ahí fuera que no hacen más que reafirmarnos a la hora de querer descargar contenido por la Red. Ni tampoco del maldito IVA cultural. Cada uno tendrá sus numerosas razones para no comprar nada de música, ni libros, ni películas y consumirlo todo por Internet. Desde hace más de una década, soy un fiel amante del coleccionismo musical aunque venido a menos, porque Madrid es muy caro y ya tanto no puedo gastar en música como antes. Pero tengo una gran colección de discos y vinilos (aunque para colección, la de mi querido Salva, una que pagaría por ver en persona) y una tarde de aquel verano de 2012, me quedé parado contemplado mi colección. En ese momento acababa de recibir un pedido de unos once discos aproximadamente que me habían costado en total 90€. Todos los discos que recibí ya estaban en su debida estantería, apenas los abrí para recrearme unos minutos en ellos y sus libretos, pero ni tan siquiera los escuché, pues de antes de comprarlos ya los tenía o bien en el móvil o en el ordenador, es decir, en formato digital. Me entró la paranoiaTío, te acabas de gastar noventa euros en unos discos que ahora están ahí, en la estantería, y que probablemente ni los vuelvas a tocar mas, se van a quedar pa’ coger polvo. Me dije a mí mismo. Y es que me encontraba ahí, plantado en mitad de mi habitación, pensando que ya era suficiente comprar tantos y tantos discos. Parecía que ya compraba por comprar, pues ya no lo hacía con la ilusión de antes.

Por un momento me resultó absurdo comprar discos que ya tenía en formato digital, y más absurdo aún, comprar discos para luego no volverlos a tocar más. De ese último pedido de cedés, recibí los últimos que me faltaban para coleccionar la discografía de Axel Rudi Pell. Todos y cada uno de los discos de esta banda los tengo en el ordenador y en el móvil, pues es de mis bandas preferidas. Y si quiero escuchar su buena música, los escucho desde ahí. Y los discos, esos que están en la estantería, efectivamente, ni los huelo. Dejé de sentir que coleccionaba para sentir que acumulaba tiestos en mi habitación. Fue realmente toda una rayada. Así, sumándole que en breve me iba a Madrid a vivir y que tendría que estar más pendiente del dinero, fue como dejé de coleccionar tantos discos y vinilos. Llegué a alcanzar cifras de más de 500 discos y unos 233 vinilos, sin contar DVD’s. Desde que me vine a Madrid no he comprado un sólo CD de música y sí algunos vinilos. Por varias razones: los cedés están obsoletos, es un formato que ya no se consume ni de lejos como antes. Y si no es por puro y romántico coleccionismo, resulta harto incómodo. Otra razón es el precio, por poco más de lo que te cuesta el CD, si verdaderamente quieres disfrutar físicamente del artículo en cuestión, un servidor prefiere comprarse la edición en vinilo (LP), si la hay, pues por muy pocos euros más tienes el álbum del grupo que te gusta en un formato mucho más grande y atractivo, y por supuesto, con muchos más detalles y contenido. Es el revival de los vinilos que tanto se ha propagado en estos últimos años y de lo que siempre quise escribir en Anhelarium. Pero lo sigo dejando para más adelante y me centro a lo que iba.

Durante estos años que dejé de coleccionar, me pasé de lleno al formato digital mientras que puntualmente algún vinilo seguía cayendo de cuando en cuando. Hice del soulseek mi nueva adicción y de él ha ido saliendo toda la música que más me apasiona. Durante estos años me he hecho con más de 248GB de música en mi ordenador y que siga la fiesta. Pero durante todos estos años he sido un pirata de los que no pierden el sentido de la responsabilidad y la moralidad. La música es tan importante para mí, que siempre he querido aportar a la escena musical lo que pudiera como forma de gratitud y admiración. De esta forma, como antes era comprando discos y más discos, desde que dejé de hacerlo, y más viviendo en Madrid donde conciertos hay los que uno desea, he asistido a numerosos conciertos donde de igual o mejor manera, se apoya al artista que con su música tanto nos hace vibrar. Y me atrevo a decir que es yendo al concierto de tu artista o grupo favorito donde más ayudas, pues no olvidemos que por la compra de uno de sus discos, la mayor parte se lo lleva la casa discográfica. Donde realmente se gana la vida el músico, es encima de los escenarios.

Viendo el éxito que cosechan, sobre todo entre los más jóvenes (las nuevas generaciones) aplicaciones como iMusic o Spotify, totalmente legales y por supuesto de pago, si le añadimos la plataforma iTunes entre otras, nos damos cuenta el por qué ya ni existen tiendas físicas donde se puedan comprar discos, salvando las grandes superficies. Al igual que los videoclubs, las tiendas de discos, esas que habían por cada barrio, ya están extinguidas. Salvo si eres un coleccionista y te embelesa como el primer día llenar tu casa de discos y vinilos, esta es la nueva forma de consumir música. Cuando todo estaba en formato físico, o bien te grababas los casetes o cedés de tus amigos o bien los comprabas en la tienda. Ahora, y desde hace años, pues esto no es nada nuevo, sólo los bajas, legal o ilegalmente de Internet.  Tú decides. Ahora la cosa está mucho más fácil. La dicotomía ya no está en si comprarte el cedé en la tienda o bajarlo de Internet. Ahora la dicotomía es si bajarlo pagando o no.

Cuando comencé a utilizar iTunes me dije que si me enamoraba de algún tema que por lo ilegal no encontrara por Internet, no dudaría en pagar por él y así estrenarme en dicha tarea. Y así ha sido como este magnifico tema de The White Raven, Headlights lo he acabado adquiriendo por un módico precio de 0,99€. No lo voy a negar, antes lo busqué concienzudamente sin frutos. Suele ser normal cuando se trata de grupos tan nuevos, que aún no hay Dios que lo comparta por los servidores. Por otra parte, si cada tema cuesta casi un euro, eso quiere decir que los discos que compras en formato digital no rondarán los 18, 20 o 21 euros que suelen costar los de formato físico en tiendas.

Come dijera, no descarto en seguir haciéndolo. Me refiero a seguir comprando por iTunes. Los tiempos cambian. No seré hipócrita, y no diré que no volveré a descargarme música sin pagar un duro, pero me gustan estas nuevas alternativas. Mientras me complazco comprando de vez en cuando algunos vinilos, pues dicho formato me sigue enamorando, los cedés para mí van quedando más y más en el pasado y la forma de adquirirlos digitalmente gana mucho terreno, más aún con la comodidad y rapidez con la que iTunes funciona. Los tiempos cambian y todo es amoldarse.