
Imagen: Judith Estefani (Tumblr)
Esto no va de querer ser maestros de algo o de todo. Yo no me siento maestro de nada, en todo caso maestro de mí mismo, pero de nadie más. Y mucho menos esto nada tiene que ver con una línea de pensamiento concreta, tan sólo de querer conectarse consigo mismo y con lo que nos rodea. A veces sin música se aprecian mejor las cosas, y esto os lo dice un melómano empedernido como yo. Esto sólo trata de lucidez, de prestar atención con cada paso que damos. Como dice Ramiro Calle en su obra Mindfulness. La lámpara de la mente, la atención es la hermana gemela de la consciencia, pues si estás más atento de lo que haces y de lo que te rodea, eres mucho más consciente de todo ello. Quiero dejar claro que me alejo por completo de la inmensa mayoría de chaladuras que se dicen en la Nueva Era. Considero un error mezclar la meditación o el arte de contemplar con rollos de la New Age y el pensamiento perroflauta o cualquier sistema de creencias. No sólo me desmarco personalmente de todo esto sino que estoy plenamente convencido de que asociar el mindfulness con estas monsergas es un error garrafal. Hace cuatro años escribía en este blog sobre lo que es el Mindfulness y no pretendo volver a repetirme con esta nueva entrada. Pero años después simplemente sentí la necesidad de regresar de alguna forma a este tema, principalmente por dos razones fundamentales: la primera, por lo mucho que me ha marcado en la vida, y en segundo lugar, porque nada más salir a la calle, la gente demuestra día tras día lo importante y vital que es practicar esto que llaman la atención plena. Como reza el Dhammapada, los que están atentos están vivos y los que no, es como si estuvieran muertos. Y no, repito, no, practicar ciertas enseñanzas budistas no es ser budista ni parecerlo, ni atender a estas enseñanzas es caminar con una religión. Religiosos o ateos pueden practicar estas enseñanzas sin incompatibilidad alguna, pero todo depende de la persona.
| Cadizfornia. Nostalgia y otras cosas |
El arte de contemplar |
| Yo era un niño en 1994. Acababa de hacer la primera comunión […] |
Te invito a que por unos instantes sientas […] |
Apreciar la vida de cada momento, como así he he creído bien titular esta simple y humilde entrada, es lo que nos permite conectar con todo lo que es, lo que nos permite desatarnos o desconectarnos de los automatismos que nos oprimen a veces sin darnos cuenta, de esos pensamientos que acaban por enturbiarnos constantemente y que no son más que ruido mental. Hay que apagar ese ruido mental y no es fácil, es una batalla continua, de cada segundo y en ocasiones de lo más compleja. Y es que nuestra mente es esclava de muchísimas cosas: egos, traumas, frustraciones, complejos, miedos, engaños, obsesiones, presiones, inseguridades, inquietudes y distracciones tóxicas de todo tipo. Todas estas cosas encadenan nuestra mente y nos enferman. Y si enferma la mente, enferma el cuerpo y todo lo que nos rodea. Así, nuestro día a día queda contaminado. Esto no puede parecer exagerado, pues hay personas que ni tan siquiera disfrutan o valoran del placer que da sentir el agua caliente todas las mañanas, como si el hecho de poder tener acceso al agua corriente no fuera demasiado lujo. Hablaba en aquella entrada de hace años, titulada El movimiento Mindfulness y que podéis leer pinchando en este enlace, sobre la gente zombi, personas tremendamente ofuscadas que han dejado de observar la realidad inmediata, que viven sin percibir. Como si para ellos el tiempo no corriera en su contra y todo pudieran postergarlo o retomarlo a placer. El mindfulness no es más que el entrenamiento que nos permite quitarnos ese velo de encima, desatarnos de todos esos ruidos mentales o emocionales que arrastramos. Cuando otros dogmas te dicen que creas ciegamente, aquí sólo se te dice que mires y sientas, que te libres de juicios y prejuicios, que mudes esa piel pesada para percibir, sentir y vivir. Es la única manera de ser feliz. El gran sabio de la india, Nisargadatta, decía que nunca hay que infravalorar la atención, porque la atención es interés y el interés es amor. Es por eso que todo hay que hacerlo con atención, hasta el respirar. Caminemos prestando atención, escuchemos con atención, comamos con atención, acariciemos y besemos con atención. Apreciemos intensamente esos momentos que nos regala la vida, como es llevar a tu hijo de la mano, cuidar una rosa de tu jardín, atender a tu mascota o hablarle a tu mejor amigo. No hay que vivir estos momentos sumidos en abstracciones sino ateniendo, porque ateniendo es estar pendiente de esos que estás haciendo y sintiendo. No hay otra fórmula. Debemos y tenemos que conocernos a nosotros mismos, sentirnos y vivirnos. Todo está dentro de nosotros. Reza a quien quieras, cree lo que quieras, pero no te olvides de conocerte a ti mismo, como recalca el célebre aforismo griego. Ese es el gran secreto. Es por eso que cuando paseo, a veces me gusta hacerlo sin música, porque aun siendo un fanático de este arte, muchas veces prefiero concentrarme en el sonido de mis pisadas, en cada paso que doy.



































Lo último que se ha dicho