Johnny El Gordo y el enano de mallas rosas [Relato – 3 páginas]
>>Sonó el teléfono, qué oportuno, a Johnny le irritaba que cualquier cosa le molestara en esos momentos de festín que se daba, como él los llamaba. Adoraba encargar comida, la más grasienta e insana, algunas veces un par de pizzas, otras un par de cubos repletos de pollo frito del KFC u otras encargaba dos súper hamburguesas en el Tony’s. Siempre acompañaba la digestiva comida con una buena jarra de cerveza que más que una jarra podría perfectamente ser una maceta, ya que el gordo de Johnny no bebía nada más que no fuera cerveza, aunque fuera la más barata y rancia del mercado. Él no tenía paladar para nada, tenía el mismo paladar que una cabra y su asquerosa boca sólo admitía comida basura y cerveza de cualquier calidad. Ese era el festín de Johnny el gordo, haciendo puta alusión a su mote, un mote que lo ha acompañado desde bien pequeñito, porque cuando Johnny Escobinni tenía tan sólo cinco años ya pesaba treinta y cinco kilos y parecía más una bombona de butano que un niño de parvulario. Decir que siempre el muy hijo de puta adoraba zamparse toda esa mierda mientras tenía la perversión de ver películas porno y de las más bizarras. Al puto gordo grasiento le encantaba mezclar placeres, devoraba la comida, su fiel e inseparable compañera, disfrutaba de la peor cerveza y al mismo tiempo se entregaba al onanismo. En una ocasión se llegó a correr sin querer encima de una hamburguesa y luego la siguió comiendo como si nada.
>>[Funcionario]: Está bien señor Winkle, no tiene que dar tantos detalles, sigua así y le vomitaré aquí encima joder. Vaya al grano, explique su situación y diga qué pasó tras la llamada de teléfono.
>>Disculpe. Me secuestró mientras sacaba dinero de un cajero. Cuando me desperté ya estaba en su casa, me tenía atado de pies y manos y con una mordaza. Me decía que cuando los míos pagaran lo suficiente por mí, me dejaría libre. Por lo visto el mamonazo de mi hermano les debe dinero a él y a su sucia pandilla y yo he pagado el pato. Durante toda la semana que me tuvo secuestrado no me dio de comer, tan sólo me daba de beber y una o dos veces al día. ¿Sabe que bebía? Sólo la puta cerveza que el cabrón de mierda…
>>[Funcionario] ¡Al grano cojones!
>>Sí sí, el mierda dejó sonar el teléfono cinco o seis veces, el tiempo necesario para dejar la pizza y guardarse la polla. Contestó dando voces y blasfemando, pero de seguida se le bajó los humos, se ve que al otro lado del teléfono estaba uno de los de arriba, un pez gordo. Estuvo al teléfono un rato, unos ocho o nueve minutos, durante todo ese tiempo apenas hablaba, tan sólo escuchaba y asentía como un imbécil. Estaba recibiendo órdenes claramente. Y es justo en ese instante cuando se abrió la puerta del apartamento de un golpe, entraron esas dos bestias cicladas, rapados al cero y con puños americanos, eran todo un cliché, parecían salidos de una de esas películas baratas de acción de serie B. Tras golpear a Johnny el Gordo hasta reventarle la nariz y media mandíbula, lo cosieron a puñaladas. Uno de ellos se entretuvo en meterle comida por la boca, por las orejas e incluso por los ojos mientras el otro calvo, que tenía una cicatriz enorme en la frente, rebuscaba entre los cajones. Los muy cerdos ni se inmutaron de que yo estaba semitumbado y medio en pelotas al otro lado de la habitación, paralelo al pordiosero sofá. Me daba miedo hacer el más leve ruido porque Dios sólo sabe el miedo que daban esos dos cavernícolas depilados. Intenté agazaparme lo más que pude tras la sucia cortina que tenía justo a mi lado, pero el movimiento de la cortina me delató, uno de ellos me vio y avisó al otro con un gruñido. Ambos se me quedaron mirando, el otro parecía que ya había encontrado lo que andaba buscando, un sobre grande y marrón. Yo ya me preparaba para lo peor, sabía que me dejarían igual de guapo que al puto obeso y moriría desangrado como un puto cochino.
>>[Funcionario]: Y fue en ese momento cuando dice usted que entró el enano de mallas rosas y…
>>Me salvó de morir como el peor de los perros sí. Los dos calvos dejaron la puerta del apartamento abierta de par en par, y por ahí entró el enano, un tipo de lo más extraño, de pelo corto, bigote ancho, no llevaba camiseta y tenía muchísimo bello en el pecho. Llevaba solamente unas mallas rosas y unos zapatos de tacón de aguja. Era como una mala versión de una puta drag queen pero en pequeño.
>>[Funcionario]: ¿Y qué pasó exactamente en esos instantes?
>>Lo que ya os he contado tres veces joder. El enano entró dando voces, preguntando qué carajo pasaba ahí dentro y porqué de tanto jaleo, que no le dejábamos dormir. Al ver la escenita, enloqueció, se agarró de los pocos pelos que tenía en la cabeza y mientras los otros dos paletos se reían, el enano llorando como la puta maricona que era preguntaba histéricamente qué le habían hecho a su osito y por qué, los otros seguían partiéndose de risa, parecía que iban a estar riéndose hasta el día del Juicio Final. El de la asquerosa cicatriz, mientras se partía la caja, le preguntaba quién cojones era y el enano de tacones de aguja le decía ser el vecino y amante eventual del puto Johnny el Gordo, ¡el amante eventual del puto Johnny! Encima de gordo y psicópata, maricón.
>>Cuando ya creía que no podía ser peor, que iba morir deshonradamente y encima yacer al lado de semejante personaje, éste se quitó los tacones, le tiró uno a cada calvo y como si del propio Steven Seagal se tratase, se puso a dar hostias a los dos ciclados de forma bestial. Cogió el cuchillo que había encima de la mesa y se lo clavó al de la cicatriz en los cojones. El otro calvo cogió al enano en volandas y lo tiró contra la pared donde yo estaba agazapado. Me miró a los ojos, se levantó, y tiró el cuchillo a la cara del que lo había tirado, le acertó en el ojo y mientras ambos se retorcían de dolor, el enano con un par de cojones, cogió el picahielos que había en la cocina y se ensañó como quiso. No los llegó a matar en ese momento, fue a su apartamento y regresó con una pistola y una puta rotaflex, le dio con ella un golpe tremendo al de la cicatriz, que empezaba a levantarse y posteriormente disparó a las piernas del otro gilipollas. Hizo lo mismo con el de la cicatriz, a los dos les reventó las rodillas a balazos. Enchufó tranquilamente a la corriente el aparato y para mi máximo asombro, entre gritos que bien parecían procedentes de un matadero, su puso el muy cabrón a cortar a cachitos a los dos subnormales. Empezó por las piernas y luego por los brazos. Jamás vi un espectáculo igual, ni en las mejores pelis de horror.
>> [Funcionario]: ¿Y dice usted que el enano se puso a darles por el culo?
>>Eso ya no lo sé, sólo me desató y me dijo que me largase de allí que él mientras les iba a dar por el culo. Eso sí, antes de eso, cogió el sobre grande y marrón y lo quemó en la hornilla de la cocina. Dijo que ese sobre nunca podía caer en manos de la policía.
>>[Funcionario]: Está bien señor Winkle, por hoy hemos finalizado.
Que se da por concluida esta comparecencia 34 minutos después de haberla iniciado, quedando citado el interesado para mañana a la misma hora.
>> ¿Joder mañana a contar otra vez la misma mierda? Me cago en la hostia puta.
Conste y certifico.
Miami, a 23 de marzo de 2010.
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N. del A : Toda esta pantochada la escribí 40 min antes de entrar a un exámen, en la biblioteca, mientras todos repasaban compuslivamente. Lo peor que se puede hacer antes de un exámen es repasar de esa forma, es lo puto peor y solo te hace estar más nervioso.
N. del A-2: El exámen lo bordé y saqué un 9.
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